Barada en Arata.
Pasto. Aire libre.
Y, de golpe, la vida.
A veces la vida te pone un parate,
te frena sin aviso y te dice: hasta acá.
No pregunta si podés,
no avisa si querés.
Simplemente pasa.
Y entonces quedé ahí,
barada en Arata.
En un lugar tranquilo,
rodeada de pasto, flores, juegos…
como si todo estuviera esperándome
sin que yo lo supiera.
Quizás era ahí donde tenía que estar.
Frenar.
Respirar.
Bajar el ruido.
Lejos de todo.
Lejos de todos.
Cerca.
Cerca mío.
Cerca de eso que a veces olvido
cuando corro sin mirar.
Porque hay pausas que no son castigo…
son destino.
Y ahí entendí
que no era el camino el que se había detenido…
era yo
la que nunca sabía parar.
Editado: 07.04.2026