Su orgullo puede más.
Se aferra a él
como si fuera lo único que todavía le queda en pie.
Espera.
No dice nada,
pero espera.
Espera que alguien la mire,
que alguien note el peso en sus piernas,
el cansancio acumulado en los días,
la historia que carga sin hacer ruido.
Pero nadie la ve.
O peor…
todos eligen no verla.
Las miradas se desvían con precisión,
como si ya conocieran el mecanismo.
Uno revisa el celular,
otro cierra los ojos a destiempo,
alguien más se pierde en la ventana
como si afuera hubiera algo más importante
que lo que está pasando adentro.
Y ella sigue ahí.
Sosteniéndose.
No pide el asiento.
No lo pide porque sabe
que no es solo eso lo que está en juego.
Pedir
es exponerse.
Es admitir el cansancio,
la necesidad,
la grieta.
Y hay días
en los que una prefiere doler en silencio
antes que mostrarse frágil
frente a desconocidos.
Entonces aguanta.
Como tantas otras veces.
Aguanta el cuerpo,
aguanta el peso,
aguanta incluso la esperanza
de que alguien,
aunque sea uno,
decida mirar de frente.
Pero nadie lo hace.
Y en ese pequeño instante,
entre el movimiento del colectivo
y el ruido de lo cotidiano,
entiende algo.
Que no era el asiento.
Nunca fue el asiento.
Era la ausencia.
Porque hay indiferencias
que pesan más que el cansancio…
y silencios
que te enseñan exactamente
dónde no te van a sostener.
Editado: 07.04.2026