Ahí estaba ella.
Una señora.
El sol caía pesado sobre el andén, como si también estuviera esperando algo.
Hacía calor. De ese calor que no apura, pero incomoda.
Sostenía el cigarrillo con una calma que no combinaba con el movimiento alrededor.
La gente iba y venía, miraba el reloj, se acomodaba la ropa, suspiraba.
Ella no.
Ella fumaba.
Como si ese cigarro fuera lo único que le pertenecía en ese momento.
Como si terminarlo fuera más importante que cualquier tren.
El humo subía lento, dibujando formas que nadie miraba.
Salvo yo.
Y pensé…
que tal vez no estaba esperando el tren.
Tal vez estaba esperando otra cosa.
Un recuerdo.
Una decisión.
O el valor para subirse a algo más que un vagón.
El altavoz anunció la llegada.
La gente se acercó al borde.
El ruido del tren rompió el aire quieto.
Ella dio la última pitada.
Lenta. Profunda.
Y recién entonces lo tiró.
Lo apagó contra el suelo
como quien termina una historia
que ya no quiere seguir contando.
Cuando levanté la vista,
ya no estaba.
Y no supe si había subido al tren…
o si, por fin, había decidido quedarse.
Editado: 07.04.2026