Y ahí estaba yo, un lunes por la mañana, producida para ir al trabajo.
Apurada, sabiendo que siempre llego media hora antes, pero en mi cabeza insistiendo en que no iba a llegar.
En ese vagón donde subí, había mucha gente.
Todos se apretaban. No había espacio para nada. Ni siquiera para pensar.
Entre toda la gente, miré para el costado.
Ahí estaban esos ojos color cielo, con esa camisa blanca.
No sé cuánto tiempo pasó.
Fueron segundos… o quizás estaciones enteras.
No hizo falta que dijera nada.
Ni yo tampoco.
Pero había algo en esa forma de mirar…
como si me reconociera.
Como si, en medio de ese caos, alguien hubiera encontrado exactamente lo que estaba buscando.
Bajó antes que yo.
Siempre bajan antes.
Y cuando las puertas se cerraron, me quedé con esa sensación rara…
como de haber estado a punto de empezar algo que nunca iba a tener nombre.
Ese día llegué temprano, como siempre.
Pero por primera vez, sentí que había llegado tarde a algo.
Editado: 07.04.2026