Ahí va ella,
con la lluvia pegada al rostro,
como si el cielo hubiera decidido decir por ella todo lo que se calla.
Baja esas escaleras despacio,
no por cansancio…
sino porque hay días que pesan más que otros,
aunque nadie lo note.
El cielo está nublado, gris,
de ese gris que no asusta
pero que se mete adentro,
que se instala en el pecho sin pedir permiso.
Y sin embargo,
ahí va.
Con los hombros un poco más cargados,
con pensamientos que no terminan de ordenarse,
con recuerdos que aparecen justo cuando no deberían.
Pero va.
Se abraza a su rutina
como quien se aferra a lo único que no falla,
a lo único que no se va,
a lo único que no hace preguntas.
Porque hay días en los que seguir
es lo más parecido a ser fuerte.
Y aunque nadie la mire,
aunque nadie le pregunte si está bien,
aunque por dentro todo haga ruido…
ella sigue.
Porque aprendió
que hay tormentas que no se esquivan,
se atraviesan.
Y ahí va,
con la lluvia cayendo,
con el mundo girando como si nada,
con el corazón haciendo lo que puede.
Sin hacer ruido.
Sin pedir ayuda.
Sin detenerse.
Porque hay algo que nadie ve,
algo que no se nota desde afuera…
que no es la lluvia la que le moja la cara,
ni es el cielo el que se le vino abajo.
Es ella
la que ya aprendió a caerse sin que nadie la vea…
y a levantarse
como si nunca hubiera pasado nada. ✨
Editado: 07.04.2026