Jamás pensé que un simple curso iba a despertarme algo.
Que entre apuntes, horarios y rutinas, me iba a encontrar con emociones cruzadas.
Al principio fueron algunas amistades, conversaciones sueltas… nada fuera de lo común.
Hasta que aparecieron esos ojos.
Esos que me miraban sin que yo me diera cuenta.
Y de a ratos, yo también devolvía la mirada… cuando él no me veía.
Y así quedamos.
En eso.
En miradas que no se animaban a ser más.
En silencios compartidos sin saberlo.
Jamás imaginé que, meses después, esa misma mirada iba a animarse a buscarme.
A aparecer en una notificación.
A romper, por fin, la distancia.
Y empezamos a hablar.
Pero la verdad…
el motivo de ir todos los días a cursar nunca fue el curso.
Era su mirada.
Siempre fue esa mirada tímida, casi escondida,
pero tan llena de algo que no sabía cómo decir.
Porque a veces…
hay ojos que hablan todo lo que la boca calla.
Y aunque al final no pasó nada,
aunque nunca se dijo en voz alta,
aunque todo quedó en lo que pudo haber sido…
hay miradas que no se olvidan.
Porque no duelen por lo que fueron,
sino por todo lo que prometían
sin haber dicho nunca una sola palabra.
Editado: 26.04.2026