El reloj siempre corre, aunque parezca lento.
Las agujas avanzan en silencio,
como si no quisieran apurarme…
pero igual lo hacen.
Y yo, siempre apurada, corriéndole al tiempo.
Queriendo ganarle.
Queriendo llegar antes.
A todos lados. A todo. A todos.
Camino rápido, pienso rápido, vivo rápido.
Como si frenar fuera perder,
como si llegar tarde fuera fallar,
como si el tiempo fuera un enemigo
al que hay que vencer.
Miro la hora una y otra vez,
como si pudiera controlarla,
como si mirarla hiciera que me espere.
Pero no.
El tiempo no espera.
Nunca lo hizo.
Y en esa carrera constante,
me olvido de mirar alrededor,
me olvido de sentir,
me olvido de estar.
Porque siempre estoy llegando…
pero nunca estoy quedándome.
Hasta que un día entendí
que no era el reloj el que me corría,
ni las horas, ni los minutos, ni los segundos.
Era yo.
Corriéndome de todo lo que dolía,
de lo que importaba,
de lo que valía la pena detenerse a vivir.
Y entonces frené.
Y por primera vez,
no me importó llegar tarde.
Porque entendí algo que nunca me habían dicho:
que a veces no se trata de llegar a tiempo…
sino de no llegar vacía.
Editado: 26.04.2026