Hubo muchas versiones de mí que parecían invencibles.
La que sonreía cuando algo dolía.
La que decía “está todo bien” con una facilidad que asustaba.
La que sabía sostener conversaciones mientras por dentro se le caían las ganas.
Nadie sospechaba demasiado.
Ser fuerte tiene esa trampa: te vuelve creíble.
Me hice la fuerte cuando entendí cosas que no quería entender.
Cuando noté silencios que ya no eran casualidad.
Cuando las miradas cambiaron de lugar… y yo seguí en el mismo.
Me hice la fuerte cuando elegí quedarme.
No porque no doliera irme,
sino porque dolía más aceptar que ya no era lo mismo.
Sostuve situaciones como si fueran mías,
como si el amor también fuera cargar con lo que el otro no dice,
con lo que evita,
con lo que ya decidió en silencio.
Y ahí estaba yo, firme.
O eso parecía.
Porque ser fuerte, muchas veces,
no es no romperse…
es romperse despacio, sin hacer ruido.
Aprendí a tragar palabras,
a acomodar emociones en lugares donde no entraban,
a convencerme de que aguantar también era una forma de amar.
Pero no.
Hay una diferencia enorme entre ser fuerte
y dejar de elegirse.
Y esa parte no me la enseñó nadie.
La aprendí sola,
en cada vez que me abracé después de soltar lo que no me abrazaba.
Hoy entiendo que no era fortaleza.
Era miedo.
Era costumbre.
Era no querer ver el final escrito en gestos que ya no me nombraban.
Las veces que me hice la fuerte
no fueron victorias.
Fueron pausas largas
antes de animarme a ser honesta conmigo.
Editado: 06.05.2026