Lo que queda atrás

¡Por fin te encuentro!

“¡Por fin te encuentro!”

Ter, mayo de 2120

El mercado se le hacía pesado aquella mañana. Mara no había podido pegar ojo la noche anterior, dándole vueltas a cómo el camino que, hasta hacía nada, parecía despejarse, se había vuelto a enredar de golpe.

La única luz en esos momentos era Paula, que había viajado a Turia para visitarlas. Parecía leerla con demasiada facilidad porque, con esa sonrisa cálida que siempre la desarmaba, volvió a preguntarle:

—¿Cómo estás, cariño?

—Bien, bien —respondió Mara, sin lograr que la sonrisa le llegara a los ojos.

—Es increíble que podáis marcharos a Viridia. Cuando Dària me lo contó, no

pude evitar emocionarme hasta las lágrimas. Os lo merecéis tanto…

—Sí… —Mara apartó la mirada—. La verdad es que sí.

Si pudiera, te contaría tanto… La batalla interior entre buscar consuelo y ocultar era un gran ruido en su cabeza. Le dolía no poder abrazarla y llorar todo su miedo, todo su dolor.

Disimuló colocando el género al lado contrario del puesto. Cuanto menos hablase con ella, menos tendría que contenerse.

Pero entonces vio a Nela acercarse a ellas y saludar a Paula y se puso más nerviosa todavía. Si Paula había notado su malestar, su amiga no tardaría en dar con la razón. Aprovechó que las dos mujeres hablaban para apartarse del puesto y salir a tomar el aire.

Allí, en la plaza, observó al gentío. ¿También ellos cargarían con decisiones que no habían elegido?

Las voces pasaron a ser murmullos y el ambiente se enrareció. Por una de las calles que llevaban allí, apareció Adric, seguido de Raúl.

Ahí estaba el Vigilante al que ella había empezado a conocer en cierto modo. Caminaba regio, acompasado. Su cuerpo, sus brazos balanceándose, ocupaban el espacio más allá de lo físico. Mara ya no podía verlo como antes. Ahora veía un disfraz, un uniforme de trabajo lleno de soberbia y tiranía. Pero, pensó recordando lo que él le había pedido, debajo seguía habiendo un gilipollas.

Cuando ya lo tenía cerca, dio media vuelta y volvió a entrar al mercado.

—¿Estabas huyendo de mí? —preguntó Nela, con una media sonrisa.

—No me daría tiempo —Mara también sonrió.

Su amiga miró hacia la entrada.

—Bueno, pues ya estamos todos.

Antes de darse la vuelta, Mara percibió en su nuca el ambiente tenso. Cuando se giró, lo vio parado en el vestíbulo, observando. El cruce de miradas fue fugaz, ya que ninguno de los dos quería contar de más.

Sintió rabia. Le vino a la mente, con una claridad hiriente, la certeza de que todo aquello a lo que debía enfrentarse no era en absoluto una elección suya. Y pensó que nunca le perdonaría haberla puesto en ese lugar.

Nela, poniéndole una mano en el hombro, la sacó del bucle de furia en el que se encontraba.
—Me iba a comer algo a lo de Gero. ¿Te vienes?

—Sí —dijo bruscamente, con prisas—, vamos, tengo hambre.

El puesto de Gero estaba al final del pasillo principal y casi siempre se encontraba repleto de gente. Sus tortitas se habían convertido en una de las atracciones del mercado. Usaba una especie de cereal procesado que enviaba la Corporación y que casi nadie compraba por ser uno de los alimentos más insípidos que llegaban desde Viridia.

Gero compraba los sobrantes al economato por muy pocos créditos y hacía magia con ellos. Los hidrataba y trabajaba la masa hasta convertirla en tortas finas que cocinaba sobre una plancha sostenida por una estructura metálica, calentada con leña ardiendo. Los toppings —desde hierbas y raíces machacadas hasta un jarabe espeso hecho con frutas pasadas— les daban ese toque inesperado de calidad.

Se sentaron en unos taburetes de madera improvisados, con las infusiones amargas y las tortitas de romero todavía humeantes entre las manos.

—¡Qué ganas tenía de comerme una de estas, Gero! —dijo Nela, sonriéndole antes de morder—. Cada día te salen mejor…

—Las de hoy tienen un ingrediente especial que no te voy a contar —respondió Gero, con una sonrisa pícara.

—¡Uy! Espero que no sea nada tóxico.

Mara escuchaba la conversación distraída, pensando que, si aquella noche quería acercarse al núcleo duro de Omega, tenía que ir sola. Nela no podía estar allí.

—Hoy no voy a ir a Omega —dijo Nela, sacándola de sus pensamientos—. Iré a cenar a casa de mi hermana y ya me quedaré allí.

Mara levantó la vista, sorprendida por el alivio inmediato que sintió.

—Yo tampoco creo que vaya —mintió, procurando sonar natural—. Estoy cansada.

Nela le rozó el brazo con los dedos.

—Sí, te lo he notado.

Mara le sonrió a medio gas y puso su mano encima de la de ella.

Qué diferente sería todo con Nela si la vida le hubiera venido con otras. Habría exprimido cada segundo a su lado, perdiéndose en esos ojos afilados y sintiendo la calidez de su piel, sin huir.

Se quedaron unos minutos más sentadas, charlando de banalidades y apurando los últimos sorbos de las infusiones. El murmullo del mercado las envolvía con un manto de tranquilidad.




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