“No te voy a perder de vista”
La Marquesa, junio de 2120
Las dos siguientes semanas giraron en torno a las noches en Omega.
Al principio, Mara iba con Nela. Se juntaban con los de siempre. Bailaban, tomaban algo, charlaban… Pero la cuarta noche Ter, se acercó al grupo. Fue un momento incómodo y Mara percibió cómo alguno dio la espalda sutilmente y otro dijo que iba a buscar algo de beber. Nela se quedó al lado de Mara, exageradamente pegada. Ter las saludó y Mara le dio bola consciente de que tenía que jugar cada partida. Nela miraba a un costado y a otro, sin prestar demasiada atención a lo que hablaban, pero tensa y alerta.
—Ahora va a pelear mi primo. Es una bestia, no te lo pierdas —le dijo Ter, antes de irse.
Nela bajó los hombros cuando vio que se alejaba.
—¿Vamos a buscar a estos? —le dijo a Mara, tirándole de la mano.
Esta se quedó estacada y Nela paró en seco.
—Me voy a ver la pelea, me ha picado la curiosidad.
Nela le soltó la mano.
—¿Qué?
—Que me voy con Ter, a ver a su primo.
—Mara, no te reconozco.
Mara intentó suavizar la situación acercándose a ella. La abrazó dándole un beso en la mejilla. Sintió la rigidez y la desconexión.
—Estaré con estos —dijo Nela mientras se apartaba de ella.
En la garganta de Mara se formó una bola de piedra. Ella no quería ir a ver ninguna pelea, no quería estar con Ter. Su mayor deseo era estar con Nela. Mirarla, escucharla, olerla, tocarla.
Esa fue la primera de unas cuantas noches que Mara dejó a Nela tirada en Omega. Ese día fue ver una pelea. El siguiente fue probar una bebida que tenía el Bocas. La otra, que iba a buscar a Ter porque quería preguntarle una cosa. Y se iba. Cada vez más lejos de Nela y los otros. Cada vez más tiempo con Ter y compañía.
Nela solo la juzgó la primera vez, pero en cada una de las siguientes, se apagaba un poco más el brillo en sus ojos al mirar a Mara. El sentimiento de estar perdiéndola a pasos de gigante, la hundía.
Una noche, mientras Ter y Mara salían de Omega, se cruzaron con la Marquesa que entraba a la nave con Roco tras ella. Mara agachó la cabeza pero no pudo evitar el encuentro. La Marquesa se paró frente a ella, con los brazos cruzados y su sonrisa sibilina.
—¿Te gusta venir, eh, lobita?
—Sí, esto está muy bien.
La Marquesa soltó una carcajada. Miró a Ter.
—Veo que vas bien acompañada, con una de los seniors… ¿Hasta dónde quieres entrar, niña?
Mara se envaró y el corazón empezó a aporrearle el pecho.
—Solo quiero pasarlo bien. La gente que viene aquí me gusta.
—¿Te gusta? —Se acercó más a Mara— ¿Sesi también?
—Sí. Sesi es la mejor luchadora.
La risa de la Marquesa la humilló. No podría restregarse más por el fango.
—Sí, desde luego, la mejor que tengo por ahora.
Su semblante cambió de repente. Ahora la miraba extrañada. Le levantó la barbilla para mirarla directamente a los ojos.
—¿Qué será lo que buscas? Nunca había conocido a nadie a quien le fuese tanto la marcha…
Mara intentó aguantar la mirada, pero sabía que tenía que mostrar sumisión y enseguida miró a un lado. La Marquesa suspiró y la soltó.
—En fin… Pasadlo bien, chicas.
Antes de irse, le dedicó una mirada a Ter. Era una mirada que pedía respuestas.
—Vaya… sí que le interesas… —le dijo Ter a Mara cuando quedaron solas.
—Y eso ¿es bueno o malo?
—Pues según cómo la pilles. Tiene días malos y días de mierda.
Mara soltó una carcajada, pero Ter no la siguió.
—La Marquesa no es objeto de burla.
Se lo dijo tan seria, que Mara pensó que lo siguiente sería un puñetazo.
—No me burlaría jamás de ella. Solo me ha hecho gracia cómo lo has dicho.
—Más te vale.
En aquellas noches en Omega también vio a Dalmau un par de veces más, siempre acompañado de alguno de los esbirros, siempre entrando en las zonas restringidas con la Marquesa y los suyos. Su pelo blanco recogido en esa coleta perfecta, su porte de quien se sabe por encima de todo aquello, tenía a Mara fascinada. Había algo entre esos dos que iba más allá de lo evidente, aunque todavía no sabía qué era.
Pero cuando amanecía y Mara volvía a su vida de siempre, todo lo de Omega parecía un mal sueño del que podía despertar. Recolectar, vender, fingir que no pasaba nada. Lo único que la mantenía en pie era ver a Dària cada vez con más energía e ilusión. Eso hacía que todo lo demás mereciera la pena, o al menos eso se repetía Mara cada vez que el asco amenazaba con ahogarla.
Llevaban días dándole vueltas a la idea de que Josep conociera la casa de Paula antes de que llegara el momento de la despedida, así que una tarde llamaron a un movipod para que pasara el día en Sierra y pudiera hacerse una idea de lo que sería su nuevo hogar cuando ellas se marcharan.