Lo que queda atrás

¿Por qué te quedaste?

“¿Por qué te quedaste?”

Mara, julio de 2120

—Se está hablando de algo que van a hacer los de la Marquesa.

Adric, que estaba estirando en el centro de la sala, se detuvo a medio movimiento y la miró. Mara se sintió incómoda, quería darle algo útil, pero todo eran piezas sueltas.

—No sé exactamente qué es, pero la gente habla de que algo va a pasar, algo gordo. Y, cuando lo hacen, mencionan a Dalmau.

Él se incorporó despacio y se acercó, procesando lo que acababa de oír.

—¿Qué frases exactas has oído?

—“Cuando llegue el momento”, “lo tiene todo calculado”, “va a ser la hostia” … No son conversaciones enteras, son cosas sueltas que he ido pillando, pero el ambiente se vuelve raro cuando se habla de eso.

Adric caminó hasta el panel holográfico de la sala de entrenamiento. Hizo algunos gestos con la mano y, en un momento dado, se quedó inmóvil, mirando la pantalla. La luz de la tarde le daba en un lado de la cara y Mara se fijó en cómo le marcaba la línea de la mandíbula, tensa, calculando, encajando piezas.

—No hace falta que te diga que necesito más, ¿no?

Mara resopló, fastidiada.

—No, no hace falta.

Adric se quedó inmóvil unos segundos antes de reaccionar y mirarla. Mara sintió que la observaba con cierta compasión. Le dio rabia. Si no quieres que sufra, no me hagas ir.

—Tienes mala cara —le espetó Adric.

Mara soltó una risa seca.

—No es broma. Pareces agotada.

Se encogió de hombros y estuvo a punto de decirle que la noche anterior le había reventado los dientes a un tío cualquiera que quizás se lo merecía o quizás no. Que todavía podía escuchar el crujido y que la mancha en su bota no se había ido del todo. Pero prefirió callar. No iba a recibir ningún abrazo por su parte.

—Es que lo estoy. Estoy agotada de todo esto.

Él asintió despacio, sin apartar los ojos de ella. Por un momento pareció que también él iba a decirle algo más, pero no lo hizo. Se giró de nuevo hacia la pantalla y le indicó con un gesto que se sentara a su lado.

—Hoy no entrenaremos cuerpo. Vamos con la teoría.

Mara se sentó y observó cómo en la pantalla aparecían planos de edificios, calles, esquemas con flechas y zonas marcadas en colores.

—¿Qué es eso?

—Estructura básica de los principales sectores de Viridia. Cómo funcionan, dónde están los dispositivos de vigilancia, cómo se mueven los recursos. —La miró de reojo—. Si quieres ser buena allí, tendrás que conocer bien el terreno antes de pisarlo.

Observó todo con curiosidad. Nunca había pensado en la colonia a ese nivel tan concreto. Aquella era la Viridia real, sus edificios, parques, calles. Estaba hipnotizada. Aquello era lo que las esperaba.

Pasaron la siguiente hora repasando mapas, planos y protocolos. Estaban sentados tan cerca el uno del otro que Mara podía oler el jabón que usaba Adric y el calor que desprendía su cuerpo. Le explicó cómo funcionaba la economía, las diferencias entre las zonas residenciales y las industriales, los centros de ocio o los rincones más descuidados. Le habló de la Zona Hostil, aquella que quedaba fuera de los muros de la ciudad y que no había sido explorada por los humanos, lo que hizo que Mara sintiera unas ganas absurdas de saber más.

Mientras hablaba, se transformaba en un hombre diferente: gesticulaba, se inclinaba hacia la pantalla para mostrarle detalles… Estaba completamente volcado en lo que explicaba. Mara lo escuchaba haciendo preguntas de vez en cuando, pero sobre todo lo miraba, fijándose en cómo le brillaban los ojos explicando, en la forma en que movía las manos, en lo distinto que parecía cuando bajaba la guardia. En lo interesante que le hubiese resultado esa persona si lo hubiese conocido como uno más del sector y no como el imbécil que era.

Y entonces, le vino un pensamiento que la hizo perder el hilo de lo que él le contaba: ¿por qué estaba él aquí? Era evidente que Viridia le entusiasmaba, que la conocía como si hubiera vivido allí, que la había estudiado a fondo en sus ratos libres. Sería bueno allí. Muy bueno. Tendría lo que quisiera, tecnología infinita, poder real.

—¿Por qué te quedaste?

Adric dejó de hablar en mitad de frase. La miró sin entender.

—¿Cómo?

—Que por qué te quedaste aquí. —Mara estaba ansiosa por saber—. Podrías estar allí, con todos tus conocimientos, rodeado de riqueza y tecnología. Serías muy bueno en lo tuyo. No me trago que sea porque aquí eres el rey y allí no serías nadie. ¿Por qué te quedaste?

Abrió la boca… y la cerró de nuevo. Mara vio cómo tragó saliva, cómo desviaba la mirada hacia el holograma sin fijarse en nada en concreto.

—Me quedan cosas por resolver aquí —dijo al fin, con la voz más baja de lo habitual.

—¿Qué cosas?

Él volvió a mirar los mapas. Mara lo vio vulnerable. Había tocado algo que no debía.

—Sigamos —dijo él, señalando un punto en la pantalla.

La tensión cambió de forma. Mara lo notó en cómo él evitaba mirarla directamente, en cómo su voz y sus ojos habían perdido el entusiasmo de antes.




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