“Un poco más, Brell”
Adric, agosto de 2120
La primera vez que salió con la banda al sector, Mara quiso morirse.
Fue una calurosa noche de principios de agosto en la que la ropa quedaba pegada a la piel a causa del sudor bochornoso. Acompañaba al Bocas y a otro chico grandote a hacer “un recado”. La noche anterior, cuando lo hablaban aquellos dos, Mara estaba delante y Ximo le dijo que ella también iba. No pudo negarse. No había forma de negarse a nada si quería seguir dentro.
Caminaron por calles que conocía de memoria, las mismas por las que iba al mercado con Dària, las mismas que había vivido de niña, con la gente del barrio. Pero ahora era diferente. Ahora iba con ellos, con gente señalada que si no habían hecho daño a sus vecinos directamente, se lo habían hecho a gente que conocían. Iba con la cabeza gacha y el estómago revuelto, pidiendo al universo no cruzarse con nadie conocido.
Pero el universo no la escuchó o, si lo hizo, la ignoró. Al doblar una esquina, vio a Guillem arrastrando su carrito en dirección contraria. Él la miró, miró al grupo, y algo se apagó en su expresión. Mara apartó la vista, avergonzada, sin darle opción a saludarla o a preguntarle con la mirada.
A partir de aquel día, las salidas al sector se volvieron frecuentes. Unas veces era para seguir haciendo “recados” y otras, en las que le pedían que se quedara vigilando en una esquina, para observar algo que ella no entendía del todo. Mara obedecía sin preguntar, atenta a su cometido y contando los días que faltaban para que todo aquello acabara.
Una noche, llevaron a un hombre y a un chaval a los márgenes. La banda fue todo el trayecto detrás de ellos, empujándolos, insultándolos y agrediéndolos. El chico lloraba y su padre lo haría más adelante.
Mara no sabía quién era ni qué había hecho. Solo le escuchaba pedir perdón y que necesitaba más tiempo, pero nadie lo escuchaba.
Lo llevaron al descampado que a Mara todavía se le aparecía en sueños. La luz de Omega apenas llegaba hasta allí, pero era suficiente para ver las caras de todos, especialmente el terror en el rostro del hombre. Al muchacho lo apartaron a un lado y rodearon al que debía ser su padre.
—Quítate la ropa —ordenó el Bocas.
El hombre lo miró sin entender.
—¿Qué?
—¡Que te quites la ropa! Toda.
—Por favor, no hagáis esto delante de…
Ximo se acercó y le cogió del cuello de la camisa.
—¿Quieres que se la quitemos al niño?
El hombre negó y empezó a quitarse la ropa. Mara miró hacia el chaval, de catorce o quince años, sin poder controlar el llanto y con el cuerpo agarrotado.
Cuando el padre quedó totalmente desnudo, alguien soltó una carcajada a la que se unieron los demás.
—Ahora camina como el perro que eres.
El hombre obedeció y ese fue su desencadenante. Lloraba en silencio, con la dignidad hecha pedazos, dando vueltas como un animal de circo mientras el grupo se reía y el chaval miraba con una expresión que Mara no iba a olvidar nunca.
Se quedó allí de pie, con la bilis en la garganta y los puños cerrados dentro de los bolsillos del pantalón, mirando sin ver, sintiendo cómo se rompía una vez más, cómo perdía a la Mara que una vez fue.
Después de vejarlo y humillarlo, lo dejaron tirado en el suelo, sin la ropa. Ella siguió a la banda sin poder mirar más al pobre hombre. Buscó al chaval con la mirada, pero no lo encontró. Se había ido en algún momento sin que nadie lo notara.
Antes de entrar en la planta, Mara vomitó tras un árbol. No podía continuar. No podía entrar a compartir tiempo con esa panda de malnacidos ni un minuto más. Se excusó con algo estúpido y se marchó a casa.
El Bocas se había vuelto una presencia constante a su lado, siempre demasiado cerca, siempre con algún comentario que la hacía odiarlo más.
—Me encanta cómo te queda esa camiseta. Pero me gustaría más verte sin ella —le decía acariciándole el brazo.
—¿Cuándo vas a dejar de hacerte la estrecha y vas a pasarlo bien conmigo?
Mara aprendió a no contestar, a desviar la mirada. Pero él siempre volvía, como una mosca zumbando alrededor de la misma herida. Alguna vez le contestó sin poder controlarse.
—Joder, Ximo, déjame en paz ¡por favor!
Y él se acercaba más, casi jadeando, cerraba el puño entre su cabello y le decía al oído.
—No sabes cómo me pones cuando te enfadas.
Ter lo observaba todo sin decir nada, pero cuando su hermano estaba a punto de traspasar la línea roja, ella aparecía con alguna excusa para llevarse a Mara a otro lado. Aunque no le decía nada, solo evitaba la situación. Se la llevaba y la miraba con esa expresión que Mara no sabía leer. ¿Estaría enfadada con ella? ¿Con su hermano?
Volvió a ver a Dalmau un par de noches, siempre con la misma dinámica. Entraba escoltado por los esbirros y se encerraba en la guarida. Hubiera querido hacerse invisible y entrar tras él, escuchar qué mierdas se llevaban entre manos él y la Marquesa, contárselo a Adric e irse a casa para no volver más a ese infierno. Pero, por supuesto, eso era imposible. Y justo una de esas noches, recibió lo que quería sin necesidad de recurrir a la magia de los cuentos.