“¡Tengo miedo, joder!”
Mara, octubre de 2120
Esas noches sin ir a Omega fueron un oasis de paz para Mara. Aunque no paraba de darle vueltas a lo que le hizo a Ximo y a cómo él reaccionaría cuando la viera, podía levantarse con la luz del sol y no arrastrarse a la cama cuando el cielo clareaba. Dormía de un tirón, sin sobresaltos, sin el olor a quemado pegado a la ropa. Sabía que iba a ser breve, pero intentó disfrutarlo.
Por las tardes en la Atalaya, ella y Adric repasaban datos, rutas, drones y la actuación estelar de la actriz en la que se había convertido. Tenía que seguir fingiendo, seguir comportándose de una forma en la que jamás lo hubiera hecho por sí misma. Y entraba en un bucle de pensamientos catastrofistas en donde todo salía mal, en donde nada más ver a Ximo, la mataba de una paliza y todo acababa.
—¿Me estás escuchando? —Adric movió una mano frente a sus ojos.
Mara reaccionó.
—Sí, sí. Perdona.
—¿Qué te inquieta? Podemos volverlo a repasar. ¿Los tiempos? ¿La ruta de los drones?
—Me inquieta no saber qué hará el Bocas cuando me vea. Que no haya venido todavía a buscarme —dijo Mara suspirando.
—Ya… ¿Qué crees que puede hacer? Su hermana lo tenía controlado, ¿no?
—¿Y si no? —le dijo Mara, con los ojos húmedos.
Él la miró con dureza.
—Si intenta hacerte algo, acabas lo que empezaste. Y esta vez no dejes que nadie te pare.
Mara soltó un bufido.
—Para ti es muy fácil. Tú estarás aquí, sentadito en tu silla, mirando las imágenes. Sin mancharte, sin hacerte daño.
—Has estado entrenando para estas situaciones. Para poder defenderte. Puedes hacerlo, ya lo has visto.
Mara sostuvo la mirada y asintió.
—Vamos a la sala de entrenamientos.
—¿Ahora?
—Sí. Quiero que me enseñes qué le hiciste al Bocas. Cómo le diste.
Mara se lo mostró. Intentó rememorar, no sin dolor, los golpes que le dio, las patadas, la fuerza.
—No le dejaste ni respirar —le dijo Adric con media sonrisa.
Mara bajó la cabeza y también sonrió.
Siguieron entrenando todas las tardes. Algunos días hasta bien entrada la noche. Adric ya no la trataba como una novata. La empujaba, la tiraba al suelo, la hacía repetir hasta que se sentía mareada. Y Mara notó algo diferente en él. Seguía siendo duro y exigente, pero ya no había crueldad en sus correcciones. Era algo que se acercaba a la admiración.
Mara se preguntó cuándo había cambiado. O si había cambiado ella y ahora lo veía de otra forma.
El viernes las dos hermanas fueron a recolectar y Mara intentó disfrutar del momento, del paseo por la naturaleza, de la compañía de Dària. Sentía que se acercaba el día crítico, el peligro que podía llevarlo todo al traste. Mientras actuasen dentro del sector, ella estaba protegida por Adric, pero en Omega, en los Márgenes, él no podía actuar y ella estaba a merced de lo que el Bocas quisiera hacerle o, peor, de que los hubiera puesto a todos en contra suya.
Al mediodía, comiendo con Josep y su hermana, se forzó a bromear y a fantasear sobre el futuro que les esperaba en Viridia. El anciano la miraba con semblante satisfecho.
—Hoy estás diferente, xiqueta.
Mara se miró las manos. “Sí, estoy más cerca del peligro”.
—Bueno, es que noviembre se acerca y, aunque tengamos que dejar todo atrás, empezaremos una nueva vida que me ilusiona.
A Josep se le humedecieron los ojos.
—Y no sabes lo orgulloso que estoy —dijo, cogiéndola de las manos. Miró a Dària—, y las ganas que tengo de que te arreglen.
Dària sonrió.
—Sí, yo también tengo muchas ganas, Josep.
Esa tarde, como las demás, fue a la Atalaya. Pero era el último encuentro para prepararlo todo y Mara estaba agitada. Ojalá se alargasen esas tardes, ojalá no llegase el sábado.
Adric paró las explicaciones.
—Cada día estás más despistada, Brell. Vamos a entrenar a ver si te despejas.
—Lo siento.
En la sala de entrenamiento, la cosa no fue mucho mejor. No conseguía concentrarse, fallaba golpes, perdía el equilibrio. Su mente estaba concentrada en las represalias y en los fallos que pudieran delatarla al día siguiente.
—No estás dando ni una —le dijo Adric serio.
Mara se puso en guardia y volvió a atacar. Él la bloqueó sin esfuerzo y la empujó hacia atrás haciendo que cayese sentada. Se tapó la cara y respiró hondo.
—Llevas media hora dando golpes como si estuvieras dormida, Mara.
—¡Ya lo sé! —levantó la cabeza de golpe, con la respiración agitada y la voz temblorosa—. Estoy muy nerviosa y, y… ¡Tengo miedo, joder! Toda esta mierda puede explotar en cualquier momento.
Se limpió las lágrimas que corrían por las mejillas. Adric, desde arriba, la miró y le tendió una mano.