Lo que queda atrás

Tu punto débil soy yo

“Tu punto débil soy yo”

Mara, octubre de 2120

Mientras salían de la piscina, apareció Tania con dos albornoces hechos de un tejido suave y brillante. Al ponérselo, Mara sintió cómo la humedad de su piel era absorbida por el material. La sensación de confort fue reemplazada por otra desagradable al pensar en cómo esa tecnología que ella utilizó cuando era niña, había desaparecido y sido sustituida por albornoces de paño que les adjudicaba la Corporación cada mil años.

Siguió a Adric hasta una mesa, al fondo del salón. En la superficie se reflejaba la luz anaranjada de la lámpara que flotaba sobre ella sin cables ni soporte. Más allá, por donde habían entrado, quedaba la pared de cristal que daba al jardín. La luz de la piscina teñía la habitación de ese azul que Mara ya asociaba a las noches en la Atalaya, con él.

La androide volvió a aparecer con una botella de algo ámbar y dos vasos, y los dejó en la mesa.

—La cena será servida en tres minutos y cuarenta segundos —dijo saliendo de la habitación.

Mientras Adric servía las copas, Mara volvió a sumirse en pensamientos angustiosos: el sabotaje al día siguiente, el Bocas esperándola en Omega, la Marquesa, que quizás ya sabía algo, que quizás había atado cabos, que quizás ya estaba planeando cómo deshacerse de ella allí en los Márgenes, donde los drones no podrían cubrirla.

Cuando él le tendió el vaso, Mara lo cogió bruscamente y se lo bebió de un trago.

La bebida le abrasó la garganta y solo le salió toser.

—Sí que vas fuerte —le dijo Adric, con media sonrisa.

—¿Qué es?

—Un Kairos de setenta años.

Mara levantó las cejas.

—¿De antes del éxodo?

—Correcto. Quedan muy pocas botellas aquí en la Tierra.

—Joder. —Dejó el vaso en la mesa y se pasó la lengua por los labios, saboreando los restos—. ¿Cuánto cuesta una de estas?

—A mí nada —le contestó él, divertido al ver a Mara poner los ojos en blanco.

Tania entró con varios platos y los sirvió mientras ellos se sentaban. Una sopa consistente y con cuerpo, carne con salsa, verduras de diferentes colores… Cogió el tenedor y pinchó un trozo de algo morado que se le deshizo en la boca. Había comido esas exquisiteces muchas veces en su estancia en la Atalaya, pero esa noche tuvo que cerrar los ojos porque el sabor la hizo viajar a su infancia, a los guisos de su madre, a la comida de verdad.

—Qué tiempos aquellos en los que comer esto era normal —murmuró masticando despacio, intentando retener el sabor.

—Bueno, ahora tenéis algunos sobres con estos sabores.

—Sí, ahora tenemos polvos de mierda que intentan imitar esto.

A lo largo de los platos, Mara notaba cómo el alcohol del primer trago le aflojaba los músculos y disfrutaba de la sensación. Disfrutaba de no pensar en el día siguiente y de poder escupirle al Vigilante dosis de realidad sin miedo. Levantó el vaso vacío hacia Tania, que tenía la botella cerca de ella.

—Tania, ¿me pones más?

La androide miró a Adric, casi imperceptiblemente, esperando alguna reacción y luego se acercó a rellenarle el vaso. A Mara le irritó el detalle y bebió otro trago largo con rabia.

—¿Sabes lo que más me jode, señor Vigilante? —dijo, viendo cómo Adric se recostaba en la silla para escucharla, con los brazos cruzados—. Lo que más me jode no es que nos hayan abandonado, es que ni siquiera nos dejan vivir en paz. Si iban a dejarnos tirados, que lo hubieran hecho del todo y nos hubiéramos organizado como hubiéramos querido. Gobernarnos solos, buscarnos la vida sin que nadie meta las narices. Pero no, ponen a amargados como tú para atarnos en corto, ponen normas absurdas, castigos por respirar…

Adric tenía un semblante neutro mientras la escuchaba. Mara no sabía si le iba a dar la razón o a darle una hostia.

—Si la Corporación no controlara lo poco que queda aquí, nos hubiéramos matado entre nosotros —dijo finalmente él, volviendo a coger los cubiertos—. ¿Qué comerías, Mara? ¿Cómo protegerías lo tuyo?

Mara levantó la vista del plato y le miró enfadada.

—¿Por qué crees que necesitamos las migajas de la Corporación? ¿Por qué piensas que no podríamos hacerlo bien? Autogestión, se llama. Además, —Los cubiertos sonaron fuerte en el plato cuando los soltó— ¿Qué sabrás tú de lo que podemos hacer o no los que nos hemos quedado?

—Yo también estoy aquí, Brell.

—Y una mierda. —La silla sonó al arrastrarla hacia atrás de golpe—. Tú vives en una burbuja de comodidad. En una pequeña colonia de Viridia en la Tierra. No tienes ni idea de lo que es vivir cómo dicte el poder que está en otro puto planeta, sin margen para poder hacer mucho más.

Mara volvió a comer, murmurando algo inteligible. Tras un bocado, volvió a mirarlo y añadió con desprecio:

—Y no sé qué haces aquí, pudiendo estar en Viridia, sin tener que aguantar a nadie, en lugar de estar aquí jodiéndole la vida a la gente.

Adric se limpió las comisuras con la servilleta y, tras dejarla sobre la mesa, cruzó las manos frente a su boca.




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