Lo que queda atrás

Voy a Omega

“Voy a Omega” Mara, octubre de 2120 Mara tardó unos segundos en saber dónde estaba cuando abrió los ojos al día siguiente. Se incorporó, alerta, y pronto recordó todo al ver el sol de media mañana calentando el jardín de la Atalaya. Había dormido demasiado pero no le pesó demasiado. Las emociones del día anterior le habían arañado el alma. Fue a la cocina siguiendo el olor a café. Allí se encontró a Tania que le sirvió una taza sin pedirla siquiera. —Buenos días, Mara. —Buenos días, Tania. Dio un sorbo que le supo a gloria. —Espero que hayas pasado una buena noche. Configuré el salón para que estuvieses a una buena temperatura y con la insonorización correcta para que descansases. —Muchas gracias, Tania. La verdad es que he dormido como un bebé. Tania le caía realmente bien. Aun habiendo pasado poco tiempo con ella, sabía que en Viridia se acordaría de ella cuando interactuara con otros androides. —Tania, a mí no me tienes el café listo tan pronto… Adric apareció en la puerta, vestido de Vigilante. —Tengo que cuidarla para que vuelva más veces —contestó la androide. Mara sonrió, pero sintió cómo una tristeza pequeñita le perforaba poquito a poco el estómago con la certeza de que no volvería jamás. Miró a Adric, impecablemente vestido, con su barba perfecta y ese porte de superioridad que tanto había aborrecido de él. —¿Qué tal has dormido? —le dijo acercándose a ella. —Bien, la verdad. Ese sofá tiene un imán. —¿Y cómo te encuentras…? ¿Estás más… tranquila? Mara se miró dentro de su taza. Seguía sin saber cómo gestionar los titubeos de todo un Vigilante, ni cómo afrontar esas atenciones por parte de él. —Sí. Ahora que todo ha terminado, puedo centrarme en nuestra partida. Ahora fue él el que arrugó las cejas y miró el interior de su taza. —Bien. La semana que viene prepararemos tu identidad en Viridia y los accesos al cuerpo de Sombras. Sombras… Mara pensó que no había otro nombre más apropiado. La sombra de lo que fue, la oscuridad de su persona. El dispositivo sonó en su bolsillo y cuando leyó el mensaje que le había llegado, todo el calor del café se desvaneció. Era Dària. “Mara, hay un hombre aquí, preguntando por ti”. Un hombre. Preguntando por ella. Eso no podía ser nada bueno. Le contestó con dedos torpes y muerta de miedo: “Dària, échalo y cierra la puerta. Voy ya”. —¿Qué pasa? —Adric se había acercado. —Alguien está en mi casa, preguntando por mí. Dejó la taza y salió corriendo. —¡Mara, espera! —le gritó Adric. Cruzó el jardín de la Atalaya casi sin tocar los pies en el suelo. Corrió tan deprisa que las piernas amenazaban con fallarle. Por el camino, todas las posibilidades fatales pasaron por su mente. Al entrar a la calle, vio la puerta de casa Josep abierta. Entró sin aliento y el pánico dibujando su cara. Ya en el recibidor encontró el espejo roto y quiso gritar y llorar. —¿Dària? Al entrar al salón vio una silla y la mesa volcadas. Josep estaba en el suelo, recostado en la pared, con sangre en la cara, los ojos cerrados. En el centro de la habitación estaba el Bocas. Tenía a Dària arrodillada y agarrada del pelo con una mano. Con la otra sostenía una barra de metal. Su hermana tenía un ojo cerrado por la hinchazón en ese lado de la cara. —¡Dària! —gritó Mara al verla. —Por fin llegas, Marita… Empezaba a aburrirme —le dijo Ximo, sonriendo. —¡Suéltala, hijo de perra! —gritó Mara con un gallo de desesperación, mientras se acercaba a ellos. —¿O qué? —Levantó la barra—. Acércate más y le abro la cabeza. Mara se quedó quieta. Estaba aterrada, pero la ira empezó a abrirse paso en su pecho. —Esto no va con ellos, Ximo. Va conmigo, déjalos. —¿Sabes qué, zorra? —Tiró del pelo de Dària, haciéndola gemir—. Yo solo venía a por ti. Solo a por ti. Pero la Marquesa tiene otros planes, quiere que sufras mucho antes de morir. Lo desea muy fuerte. Y como ahora soy casi el único que le queda, por tu puta culpa, sus deseos son órdenes para mí. —Ximo… —Quiso suplicar, pero le salió amenazante. —Así que voy a acabar lo que estaba haciendo, —Levantó la barra sobre Dària—, antes de matarte. —¡No! El Bocas soltó la barra con todas sus fuerzas sobre el brazo de Dària y Mara escuchó crujir el hueso casi más alto que el grito que lanzó su hermana antes de caer al suelo, sujetándoselo y con los ojos en blanco del dolor. La furia empujó a Mara hacia él, pero la esquivó, la agarró del cuello y la estampó contra la pared. —Quieta —dijo, apretando—. Ahora te toca mirar, ya vendrá tu turno después. Mara intentaba respirar, pero le era imposible. Braceó, pero no llegaba hasta él. Parecía otro, con una fuerza sobrehumana. La puerta se abrió de golpe y Adric entró rodeado de drones y con tres robots humanoides. El Bocas soltó a Mara y echó a correr hacia la cocina. —¡Alto, deténgase! —gritaron los drones siguiéndolo y disparando. Adric se acercó a Mara, pero ella echó a correr tras el Bocas sin pensar. Lo vio saltando por la ventana y cojear por el callejón, intentando escapar. Ella saltó a la calle siguiéndolo. No le dolió la caída, ni el golpe que le dio en la espalda, haciéndolo caer al suelo, bajo su cuerpo. Antes de que pudiera reaccionar, Mara ya estaba encima, rodeada de drones que daban órdenes. Le agarró el pelo y le estampó la cara contra el asfalto. Después le clavó la rodilla en los riñones y le retorció el brazo detrás de la espalda. —¡Para, por favor! —gimió él. Mara gruñó y se inclinó sobre su oído. —Tranquilo, Ximo. No voy a matarte —susurró ronca—. Vas a vivir muchos años, pero encerrado, pensando en todo lo que has hecho. Volvió a agarrarlo del pelo y le volvió a estampar la cara en el suelo. Una, dos y tres veces. —¡Mara, para! —oyó a Adric a su espalda— ¡Apártate! No podía parar, quería matarlo. —¡Mara! No supo cuánto más le pegó, esperaba que hubiera sido hasta quitarle la vida, pero no podía recordarlo. Algo le picó en el cuello y se desvaneció. Despertó minutos después en brazos de un robot que la estaba dejando acostada en el suelo del salón, al lado de Dària. Vio a un androide médico escaneándole un brazo a su hermana. Intentó levantarse, pero trastabilló, mareada. Dària lloraba de miedo. Josep, que había recuperado el conocimiento y miraba todo con ojos muy abiertos, estaba siendo atendido por otro robot. Mara respiró hondo y no pudo aguantar más las lágrimas. Ver así a su hermana, tan vulnerable y deshecha, era demasiado. Gateando, se colocó frente a ella y le acarició la mejilla. —Shhh, shhh. Ya está. Dària la miró con los ojos más tristes que jamás le había visto, pero su semblante se tornó en una mueca de terror absoluto cuando dirigió la vista detrás de Mara. Adric se acercaba a ellas. —Eh, Dària, mírame. Está conmigo, no va a hacernos daño. La hermana asintió, aterrorizada. Adric, que al verle esa expresión no quiso acercarse más, le informó a Mara: —El Bocas ya está detenido. Mara asintió, avergonzada por haber estado a punto de matarlo, de nuevo. —¿Qué pasa con ellos? —le dijo, señalando a su hermana y a Josep— Dària tiene un brazo roto. —Los robots los estabilizarán aquí. Después los llevarán a la Atalaya. Allí pueden reconstruir el hueso. —Vale —le dijo Mara, secándose las lágrimas. —Voy delante para prepararlo todo. Adric salió con los robots y los drones de seguridad. Mara se levantó torpemente y se acercó a Josep, que parecía disociado. —Josep… —Xiqueta… —Lo siento mucho —y volvió a desbordarse muerta de vergüenza y rabia. Media hora después, un movipod los llevaba a la Atalaya. Dària y Josep, a pesar de estar groguis por los calmantes, no paraban de hacer preguntas, pero Mara solo podía repetir lo mismo: “Confiad en mí. Todo va a salir bien”, más para sí misma que para ellos. Al llegar a la Atalaya, el movipod entró por una enorme puerta que se deslizó desapareciendo por un lateral. Accedieron a una bahía llena de movipods alineados y robots de carga en un ambiente blanco y aséptico. Al bajar, vieron llegar a un robot de seguridad. —Síganme. Los guió por pasillos que Mara no había visto nunca. Pensaba que conocía la Atalaya, pero ahora se daba cuenta de que solo había visto la parte que Adric había querido mostrarle, la parte íntima, privada. Acomodaron a Dària y a Josep en la sala de curas en la que había estado Mara durante su coma. Desde que habían entrado en la Atalaya ninguno de los dos había dicho ni una palabra de tan impresionados que estaban. En una hora y media, los robots ya habían intervenido el brazo de Dària, dejándole apenas un pequeño corte en el codo y en el hombro. A Josep que tenía una costilla fisurada y un corte profundo en la cabeza, le habían cerrado la herida sin dejar apenas marca. —¿Cómo…? —Dària se miraba el brazo sin poder creerlo. —Tecnología de Viridia —le dijo Mara, encogiéndose de hombros. Josep, que se había pasado casi todo el tiempo dormitando, digiriendo el disgusto, estiró el brazo para tocar el de Mara, que estaba entre las dos camillas. —Creo que nos debes una explicación, xiqueta. Mara agachó la cabeza, mientras asentía. —Lo sé. Y llegó el momento de destapar la mayor parte de la Gran mentira. Les contó el trato con Adric, la infiltración en Omega, la Marquesa y la banda, las noches fingiendo ser una de ellos. El Bocas, Ter, el sabotaje…Toda la doble vida que había llevado durante meses. Cuando llegó al final, cogió a su hermana de las manos. —Era el precio de poder ir a Viridia este año. Dària la abrazó llorando. —Gracias, Mara. Josep sonrió. —Digna hija de su padre. Dària se apartó del abrazo y la miró. —¿Todo este tiempo…? ¿Todas esas noches que salías…? —Sí, todas. Todas en Omega o aquí entrenando. —Joder, Mara —Dària se pasó la mano sana por la cara—. Pensaba que estabas echándote a perder, que lo mío te había desquiciado… Que te estabas perdiendo. —No, hermanita. Ahora más que nunca, no me puedo perder. Dària volvió a abrazarla. Josep carraspeó. —Has sido tan valiente como temeraria, xiqueta —le dijo, apretándole su mano. La puerta se abrió y Adric entró unos pasos a la habitación. Miró a Josep y a Dària que se habían quedado petrificados al verlo y bajó la vista al suelo. —Solo quería… siento lo que ha pasado. La parte que me toca. Ninguno de los dos le dijo nada. No podían. —Gracias —dijo al fin Mara—. Por la oportunidad que nos has dado. Adric asintió, sosteniéndole la mirada a Mara. Después volvió a mirar a las camillas y bajó la vista de nuevo. —Ojalá hubiera podido hacer más en su momento. Silencio. —Si necesitáis algo, los robots están a vuestra disposición —dijo antes de salir. Dària esperó a que la puerta se cerrara para hablar. —¿Es él, seguro? Mara soltó un bufido de risa. Al final de la tarde, Dària y Josep se durmieron y Mara se fue al salón. Se quedó, allí, frente a la cristalera, viendo cómo el sol bajaba y se teñía de naranja y después de azul mágico. Agradecía que todo hubiera salido bien, que su hermana y Jose estuvieran a salvo. Pero también pensó en todo lo que hubiera podido ser. En cuánto odio y maldad habían vertido sobre su familia desde un trono fuera de la ley en la distancia. Cuando las primeras estrellas aparecieron, sintió una calma fría y extraña. Se levantó sin hacer ruido y salió de la Atalaya. Se dirigía a casa, dispuesta a por su patinete. Al llegar a la calle, vio una figura sentada en el portal. Era Nela, que se levantó al verla. —¿Qué ha pasado, Mara? Me han dicho que ha habido movida en tu casa. Que ha venido hasta el Vigilante. —El Bocas ha venido a matarme por orden de la Marquesa —le explicó de forma autómata mientras entraba a coger el patinete. Nela palideció. —¿Y Dària y Josep? ¿Qué ha pasado con ellos? —Están bien, están a salvo. Cerró la puerta y se dispuso a marcharse. Nela reparó en la frialdad de su trato, de sus palabras. —¿Y tú? ¿Cómo estás? ¿A dónde vas? —A acabar con esto. —Mara, ¿qué vas a hacer? —Voy a Omega, a saludar. —Mara… —Su voz sonó más a un gemido. Ignoró a Nela, ahora no podía atenderla, no podía quererla. En esos momentos solo tenía una cosa en mente. Antes de arrancar, miró el dispositivo que había sonado. Era un mensaje de Adric. — “¿Dónde estás? ¿Por qué te has ido?” —“Voy a Omega” —“¿A Omega a qué?” —“A matarla.” —“Brell, no.” —“No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer.” —“Si la matas, te conviertes en ella. Tráemela viva y yo me encargo. Te espero en el margen”. Guardó el dispositivo y se fue ignorando las preguntas de Nela.




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