“¿Ha valido la pena?”
Nela, octubre de 2120
Dejó el patinete apoyado en uno de los árboles retorcidos que había a los lados de la nave de Omega. El sol ya se había puesto y el cielo mezclaba morados y naranjas. Entró caminando, sin prisa.
En la nave no había mucha gente, solo los desesperados por una dosis de Somnex o Bruma y algunos acudiendo para apostar los pocos créditos que les quedaban en las peleas de la noche.
Ella cruzó sin mirar a nadie, con la cabeza alta, directa a la Guarida.
Subió las escaleras con los pasos firmes que jamás había dado allí. En la puerta no había ningún guarda, así es que la empujó con las dos manos y abrió.
La Marquesa estaba sentada en su trono, parecía más deslucida, más seca, más gris. Ter, Iago y un tipo que no reconoció estaban frente a ella. Cuando vio entrar a Mara, levantó una ceja.
—Uy, mira… la lobita ha venido a casa. No me puede venir mejor.
Mara se plantó frente a ella.
—He venido a por ti.
La Marquesa soltó una carcajada.
—¿A por mí? Qué ilusa eres… —Se levantó del trono y se acercó a Mara— ¿Todavía no te ha quedado claro quién soy y por qué lo soy? ¿Crees que puedes entrar aquí y amenazarme, a mí, después de todo lo que nos has hecho?
Mara acortó la distancia entre ellas, hasta quedar cara a cara.
—Claro que sí. Ya lo estoy haciendo.
Esta vez la Marquesa no rio. Vio una determinación en Mara que la obligó a ser cautelosa. Ella sabía demasiado bien que esa frialdad desprovista de miedo era lo más peligroso. Se habían girado las tornas. Miró a Mara de arriba abajo y, despacio, empezó a sonreír.
—Esta mañana hubiera ido yo misma a sacarle las entrañas a la hermanita esa que tienes, pero ya sabes que no soy bienvenida al sector. ¿Te lo habrá contado tu amiguito Adric, verdad?
Mara seguía mirándola fijamente, sin dudar, sin bajar la vista. La Marquesa, sin respuesta por parte de ella, siguió hablando.
—¿Sabes qué, lobita? Vamos a solucionar esto como toca —Se quitó los anillos y se los dio a Iago—. Hace tiempo que no me divierto.
Señaló a la escalera.
—Pero vamos abajo, le debo a mi público la caída de la puta rata que nos ha jodido.
—Donde sea, Marquesa. Vas a caer igual.
La Marquesa, de camino a la puerta, paró y apretó los puños. Se giró para mirar a Mara.
—No creí nunca tu papel de niña buena. Ojalá Sesi te hubiera rematado aquel día.
Bajaron todos en procesión. Mara miró a la nave y no pudo evitar fijarse en Nela, que había llegado sin resuello. Se miraron y Nela negó con la cabeza lentamente.
La Marquesa mandó hacer un círculo y, mientras se organizaba, gritó a los presentes.
—¿Teníais ganas de verme pelear? Pues ya me tenéis aquí. Además, vengo con la más zorra de todas, la que me ha traicionado vendiendo a los míos al Vigilante.
Mara no miró a nadie, se concentró solo en la Marquesa y en colocarse bien en el círculo.
—¿Alguna última voluntad, lobita?
Mara levantó los puños.
La Marquesa pasó a la acción directamente y atacó primero. Era rápida, más de lo que Mara esperaba. Era un nervio puro. Primero le lanzó un golpe en la cara que Mara esquivó por poco y después otro al estómago que le dio de lleno. Mara retrocedió con las manos en el vientre.
—¿Eso es todo, perra? —La Marquesa sonreía—. ¿No venías a por mí?
Volvió a atacar, pero esta vez una patada alta que le dio en toda la sien. Mara cayó de lado mareada y alcanzó a oír la voz de Nela llamándola.
—Joder, lobita, esto no es nada en comparación con lo que voy a disfrutar con… ¿Dària se llama?
Mara sintió una corriente recorriéndola de abajo arriba, que la hizo levantarse como un resorte. Le lanzó un gancho, pero esta vez Mara estaba preparada. Bloqueó el golpe, le agarró el brazo y tiró, desequilibrándola. Después le cruzó la cara con el puño.
La Marquesa trastabilló hacia atrás.
—Hija de…
No terminó la frase porque Mara ya estaba encima. Sus puños eran borrones sobre el cuerpo de la Marquesa, sin pausa. La mujer no tenía tiempo de reaccionar. Mara le estampó la cara contra su rodilla y sintió crujir algo.
Siguió golpeando, aunque el cuerpo le pedía una pausa. En cada golpe veía a Dària en el suelo, con el ojo hinchado y el brazo roto. Veía a Josep, con la brecha en la cabeza. Veía todas las noches de humillación, su coma, Aura y su familia.
En el momento en que paró de pegar, vio la cara de confusión de la Marquesa y, antes de que pudiera reaccionar, se tiró encima de ella, llevándola al suelo. Le dio uno, dos, tres puñetazos en el estómago. La Marquesa se dobló, tosiendo sangre.
Mara quería que le pegase, quería esquivarla y demostrarle que no tenía nada que hacer con ella, pero estaba ocupada abrazándose el vientre.
Lejos de parar, Mara se subió encima de ella y siguió golpeando. La cara, el cuello, lo que pillara. La Marquesa solo acertaba a intentar protegerse la cabeza con los brazos.