Lo que queda atrás

Buenas noches, Mara Brell

“Buenas noches, Mara Brell”

Adric, octubre de 2120

Caminó por las calles del sector arrastrando el peso de la rabia. Pensó en el patinete, abandonado en la entrada de Omega, pero fue incapaz de volver a por él.

Le temblaban las manos y, cuando cerraba los dedos, notaba el escozor de las heridas abriéndose. Cada paso era una punzada bajo el pecho derecho, por alguna costilla rota o fisurada. Y en la cabeza le retumbaban las palabras de Nela "Es un secreto a voces. Vuestro dolor. Todos los privilegios a cambio de callar" que le hacían apretar los dientes hasta hacerse daño.

Pasó por la calle en la que había vivido con su familia. La fachada del bajo, que alguna vez fue blanca, ahora lucía gris y apagada. Se paró frente al portal y, como salidos de allí, los recuerdos inundaron su mente: su madre en el patio interior, cuidando de sus plantas; su padre, enseñándoles a reparar cualquier cachivache; Dària, durmiéndose en su regazo casi todas las noches después de que ellos desaparecieran.

Se acercó a la puerta y dejó resbalar su espalda hasta quedar sentada allí, con los ojos cerrados. ¿A qué olía su madre? ¿Cómo era la voz de su padre? Intentó rescatar sensaciones y momentos que se le escapaban cada vez más rápido.

Unos minutos después, su dispositivo vibró.

“La rata madre encerrada. Ven a curarte”

Se quedó mirando la pantalla. Para él se había acabado el mayor problema, pero Mara se acababa de encontrar con un abismo que sortear antes de poder descansar.

Se puso de pie de un salto y volvió a encaminarse.

El jardín de la Atalaya estaba iluminado con luces bajas e indirectas. Un dron la reconoció antes siquiera de que ella pusiera la mano en el sensor. La puerta se deslizó a un lateral, dándole paso. Cruzó cada vez más deprisa por el sendero y, al llegar frente al ventanal del salón, vio a Adric.

Estaba de espaldas, con una copa de agua en la mano. A Mara le costó un segundo reconocerlo, incluso cuando se giró hacia ella. Tenía el pelo mojado e iba vestido de blanco, con una camisa y pantalón anchos. No lo había visto nunca vestido así, tan puro, tan en paz.

—Mara. —La estaba mirando entera: la sangre seca, las manos—. ¿Cómo te enc…

Calló al verla correr hacia él. Antes de que lo pudiera procesar, Mara ya le había soltado el puño en la cara.

La copa rebotó en el suelo. Adric, retrocediendo un paso, había abierto las manos instintivamente. Se llevó los dedos al labio y miró la sangre. Una gota pequeña cayó en el lienzo blanco de su camisa. Se quedó inmóvil.

—¡Defiéndete, hijo de puta!

—No.

Mara le lanzó otro puño, pero Adric lo paró y dio otro paso atrás.

—¿Qué ha pasado, Mara?

—¿Qué ha pasado? ¡Que eres un puto cerdo! Que todo esto que tienes, las salas, los robots, las putas piscinas, todo, ¡todo!, es porque dejaste que los asesinos de mis padres no fueran ni señalados. A cambio, te callaste.

—Eso no es así, Mara —Adric habló calmado, intentando tranquilizarla.

—¡Y una mierda no es así!

—Siéntate, por favor.

—¡No me voy a sentar!

—Siéntate, Mara. Voy a explicártelo todo.

Mara abrió la boca para mandarlo a la mierda, pero se le había acabado el aire. Notó cómo le temblaban las piernas y retrocedió hasta apoyarse en la parte trasera del sofá, abatida.

Adric cogió una silla y se sentó frente a ella, con los codos en los muslos y las manos cruzadas en la boca.

—Yo conocí a tus padres.

Mara levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Tu madre, Elena, era muy amiga de mi madre.

Mara entrecerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás.

—Estuve en muchas ocasiones en tu casa, antes de que nacieseis. Y después, cuando tú y Dària estabais por allí jugando, yo ya iba poco porque tenía otros intereses en las calles. Pero os recuerdo. Recuerdo las charlas de tu madre y la mía. Me llamaba la atención cómo Elena la escuchaba, cómo le acariciaba las manos, el hombro o la espalda, mientras mi madre le contaba sus problemas. Siempre tuve presente que era una de las personas más importantes en la vida de mi madre. —Se frotó la frente y el pelo, soltando el aire. Parecía que abrirse de esa manera lo agotaba—. Tu padre, por otro lado, también fue un referente para mí en muchas cosas. Le recuerdo explicándome por qué la gente se iba cada vez más de la Tierra, por qué algunos no podían marcharse, por qué las calles del sector se irían vaciando.

Mara sintió un nudo en la tripa, pero era incapaz de decir nada. Se sentía levemente mareada, como si estuviera soñando. Adric suspiró.

—Después, mi madre desapareció cuando yo tenía unos quince años. Por lo que pude entender de aquí y de allá, mi madre y tus padres estaban metidos en algún tipo de resistencia que estaba muy activa en esa época. Asumí que era muy probable que la hubieran hecho desaparecer y, a partir de entonces, mi vida se rompió en pedazos. No quise la ayuda de tus padres, ni la de mis vecinos. Solo sentía rabia y soledad. Tuve la oportunidad de entrar en el entrenamiento de Vigilancia y no lo pensé demasiado. Quería saber dónde estaba mi madre, quería saber si me había abandonado o me la habían arrebatado como sugirieron algunas personas. Así es que me marché a Valentia durante diez años.




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