“Lo nuestro fue verdad”
Mara, noviembre de 2120
—¿Pero qué pruebas son? —preguntó Dària de camino a la Atalaya.
—No sé, Dària. Supongo que registros biométricos, identificaciones digitales y todas esas cosas que, si no tienes en Viridia, no existes.
Hacía dos días que habían vuelto a casa con Dària y Josep recuperados y Adric las había citado esa mañana para ultimar todos los pasos burocráticos necesarios para ser ciudadanas de Viridia.
Tan solo les quedaban cinco días en la Tierra y Mara notaba el nerviosismo en su hermana y en ella misma. La pasada noche ya no había dormido apenas.
Cuando entraron en la plaza, Mara no pudo evitar mirar hacia las cristaleras de las celdas de escarnio. No tenía la confirmación de encontrarla allí, pero se lo imaginaba. Y, en efecto, en una de las celdas vio una silueta acurrucada al fondo, contra la pared. La Marquesa, despojada de todo su poder y castigada a la humillación y el maltrato.
Apartó la vista enseguida. Sentía satisfacción y culpa a partes iguales.
El escáner de la entrada les dio paso tras identificarlas y cotejar su cita. La sala organizativa estaba casi vacía excepto por dos personas esperando en las bancadas. Las pantallas mostraban imágenes de Viridia que las dos hermanas habían visto cientos de veces, pero ahora tenían otro significado. Ahora eran una realidad que se podía tocar con la punta de los dedos.
Una voz las llamó a pasar al despacho dos y fueron tras un dron que flotaba guiándolas.
La gran puerta con el número dos desapareció por un lateral y entraron. Allí estaba Adric, con el uniforme oscuro de Vigilante. A Mara no le sorprendió verlo allí a pesar de que todo el procedimiento podía ser llevado por robots como pasaba con cualquier ciudadano.
—Buenos días.
—Vigilante.
Dària le hizo un pequeño saludo con la cabeza. Mara la miró con extrañeza y después le dedicó un levantamiento de cabeza a él.
—Venid conmigo.
Las guio por un pasillo lateral que Mara no había visto nunca. Las luces de la base de las paredes iban encendiéndose a su paso. Entraron, al llegar al fondo, a una sala blanca sin ventanas. Había una camilla, una cabina cilíndrica y un robot.
—Empezaremos por ti, Dària. Lo primero será la actualización del chip identificativo, que lo hará este robot. Después, un registro neuronal de fondo, aquí en la camilla y, finalmente, un mapeo somático completo para que las fuentes de reconocimiento de Viridia os tengan en la base de datos.
El robot se acercó a Dària tras una orden de Adric y pasó un lector lumínico por la cara interior de la muñeca varias veces. La luz que bailaba por su antebrazo dejó ver un pequeño puntito bajo la piel.
Después, Dària se tumbó en la camilla y Adric le colocó una banda fina sobre la frente. La hizo pensar en cualquier cosa durante tres minutos mientras la luz de la base de la camilla la rodeó con una línea blanca que recorría su cuerpo de la cabeza a los pies. Mara se quedó al lado mirándola, con una mano apoyada en el borde de la camilla.
Cuando Dària entró en la cabina y se quedó a solas con Adric, Mara sintió que el ambiente se enrarecía un poco, así es que intentó normalizar la situación.
—He visto a la Marquesa.
—Sí, está en la misma posición desde hace dos días. No come ni bebe apenas. No sé cuánto va a durar.
Mara agachó la cabeza.
—Que no te pese, Mara. Esa tía iba a joder un sector entero, por no hablar de todas las mierdas que ha cocido allá en los Márgenes.
Mara asintió.
—Dalmau ha caído —prosiguió Adric—. Casualmente salió a la luz el trapicheo que se llevaba con los recursos del sector cinco. Ahora está en la Atalaya central de Valentia.
—¿Casualmente?
—Sí. Justo ahora.
Mara entendió. Adric o alguien de su cuerda habría soltado información que tendría guardada para soltarla en el momento ideal. La rata entregada en bandeja.
—¿Y el Bocas? —se interesó Mara.
—El Bocas está en una celda interior. Dos delitos de tentativa de asesinato.
Mara asintió. Estaba frente a la cabina, perdida entre las luces del escáner, en los destellos de esa tecnología que las aguardaba.
—Mara.
—Dime.
—Lo de la otra noche... —Dio unos pasos nerviosos—. Quería que supieras que me removió algo que creía muerto.
Mara giró la cara despacio y lo miró. Conociéndolo como ya lo conocía, entendió que aquello le había costado la vida decirlo. Joder, con el Vigilante. Le subió por dentro una mezcla de ternura, lástima y una rabia que no veía venir.
—Adric.
—¿Sí?
—Si se te ha removido algo muerto por dentro, no lo gastes conmigo. Yo me voy.
Adric apretó un poco los labios.
—No te entiendo.
—Sí me entiendes. Usa eso que ha resucitado en la gente a la que jodes la vida por gilipolleces en la mayoría de los casos. Esas personas no tienen la culpa de lo que le pasó a tu madre, Adric. No tienen la culpa de nada. Si has podido sentir algo otra vez, úsalo para algo mejor que para ablandarte con alguien a quien vas a perder en unos días.