Lo que queda atrás

Lo que queda atrás

La casa estaba en calma cuando Mara abrió los ojos. Se quedó mirando el techo de la habitación en donde se reflejaban las luces del amanecer. Tres horas más, se dijo. En tres horas ya estarían en Ílice y su mente podría descansar por un año, sin tener que pensar en Nela, Josep, Adric, el sector… en todo lo que la había preocupado durante los últimos tiempos.

Se levantó y acarició a Dària para que fuera despertándose. Se fijó en lo vacía y ordenada que estaba la habitación, en las dos bolsitas que se llevarían, apoyadas en la pared. Tan pequeñas, con tan poco en su interior… Solo habían metido algún pequeño recuerdo, sus dispositivos y unos chips con vídeos, fotos y audios de sus padres y ellas cuando eran pequeñas. No les quedaba nada más de ellos, pero hacía años que no lo habían podido volver a ver por falta de reproductores funcionales de ese formato.

Encontró a Josep en el salón, tomando una infusión.

—Bon dia, xiqueta.

—Buenos días, Josep.

—¿Has dormido?

—Poco o nada.

—Bueno, no te preocupes. En unas horas vas a dormir durante casi un año, quieras tú o no.

Mara rio nerviosa. Sí, en unas horas las criogenizaban. En unas horas saltarían un año de su vida viajando a otro planeta, a otra vida completamente en blanco.

Dària apareció con cara de no haber dormido tampoco justo cuando llamaban a la puerta. Era Paula, con una cesta llena de delicias que había preparado para el desayuno de despedida. Lo repartió todo por la mesa e hizo infusiones. Mara quería darle el gusto de probar cada dulce, pero tenía el estómago completamente cerrado.

Estuvieron hablando de tonterías, parecía que ninguno quería mentar lo que venía en unas horas, para no desperdiciar los últimos momentos juntos.

—¡Qué rico está todo, Paula! Muchas gracias —dijo Dària limpiándose las migas de las comisuras.

—Me alegra que os guste.

Pusieron otra ronda de infusiones. Mara estaba cada vez más nerviosa y disociada porque nadie rompía el hielo con lo inevitable. Dària jugaba con las migas, haciendo montoncitos en la mesa y Josep las miraba sin hablar. En un momento, este dejó la taza, se limpió la barbilla con la servilleta y les dijo:

—Disfrutad mucho de la comida allá, xiquetes. Estas delicias de Paula las tendréis al alcance todos los días.

Mara agachó la cabeza, temiendo lo que venía. Dària sonrió un poco.

—Lo intentaremos, Josep.

—Y no os olvidéis de mandar saludos para mí en las pantallas. Así sabré que estáis bien.

A Mara se le revolvió el estómago y se le llenaron los ojos sin previo aviso. Se quedó mirando al hombre que tanto las había querido, con sus orejas grandes, sus arrugas, sus ojos llenos de bondad, y sintió de nuevo dolor por la pérdida de un ser querido.

Dària se levantó, rodeó la mesa y abrazó a Josep por detrás. Mara también se levantó, le cogió las dos manos por encima de la mesa y se las apretó. Josep se dejaba hacer, sin poder evitar las lágrimas que le bajaban hasta la barbilla. Paula se limpiaba los ojos con un pañuelo.

—¿Vais a disfrutar mucho de la vida, verdad? —dijo Josep casi sin voz.

—Sí, claro.

—Allí van a ganar a dos maravillas. Qué bien les vais a venir…

Las hermanas rieron entre lágrimas.

—Yo me voy a vivir como un rey al palacio de la montaña, ¿verdad, Paula?

—Vaya que sí, el Rey de Sierra —contestó Paula sonriendo—. Ya verás cuando empiece a darte la lata para que cuides el huerto.

Durante un rato disfrutaron de sus visiones, de sus olores y de sus caricias, hasta que un aviso saltó en el dispositivo de Mara: el movipod estaba fuera.

Mara se incorporó y se pasó las manos por la cara.

—Nos vamos.

Josep se levantó despacio con la ayuda de Paula. Mara y Dària cogieron las bolsas. Los cuatro miraban al suelo, con miedo al contacto visual y a ver el dolor en los ojos del otro.

Salieron juntos a la calle y vieron el vehículo en medio de la calzada, esperando para separarles. Y al lado de la puerta trasera estaba Adric de pie, con las manos detrás de la espalda.

Los saludó con una pequeña inclinación de cabeza.

—Buenos días.

—Vigilante —dijo Josep, acercándose a él y estrechándole la mano.

Se miraron durante un par de segundos compartiendo el sentimiento de ambos por el bienestar de las hermanas. Josep asintió, agradecido.

Cuando se volvió hacia las chicas, abrió los brazos y Dària se metió dentro como si fuera una niña pequeña. Estuvieron así un rato en el que Mara, a pesar de las lágrimas, pudo ver cómo Adric evitaba mirar la escena, dirigiendo su atención a cualquier cosa al final de la calle.

Cuando Dària se separó, Josep le pasó la mano por la mejilla.

—Disfruta mucho de la nueva vida, Dària.

—Sí, lo haré —respondió ella, limpiándose la cara.

Josep se acercó a Mara y le puso las manos en los hombros.




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