Lo que queda atrás

Epílogo

Habían pasado más de quince días desde que llegaron a Viridia y Mara todavía no se acostumbraba al color del aire.

Estaba de pie frente al ventanal de la sala de espera del hospital con una taza fría en las manos. Lo que tomaba se había enfriado mientras miraba hacia fuera, incapaz de retirar la vista.

Viridia era, en efecto, verde. Verde en las azoteas cubiertas de huertos, verde en las paredes de los edificios donde las plantas crecían por dentro y por fuera integradas en la propia estructura, verde en las plazas colgantes que conectaban unas torres con otras, verde en la línea del horizonte donde el océano brillaba con esa tonalidad fluorescente que Mara todavía no había asimilado porque ninguna palabra que le hubiesen dicho en el sector la habría preparado para aquel mar.

La luz tampoco era la de la Tierra. Los dos soles de Viridia estaban a distintas alturas y creaban una iluminación doble que lanzaba sombras difusas.

Tampoco se acostumbraba a la longitud de los días o al peso de su cuerpo. Allí pesaba menos y todavía le sorprendía la ligereza al levantarse de una silla, la altura ridícula que alcanzaba con un pequeño salto o la forma en la que la gente caminaba, que parecían medio flotar.

Los edificios eran más altos de lo que en la Tierra habría sido posible. Todo allí era un poco más alto, un poco más largo, un poco menos pesado.

Abajo, en las calles, la ciudad hervía. Miles de personas se movían por todos los niveles, plazas, comercios, puentes suspendidos… En el sector nunca había visto tanta gente junta. Y aun así, no era algo que abrumase. Todo era limpio, ordenado y con ritmo.

Miró más allá de los edificios. Sabía que a miles de kilómetros de allí, más allá de la última ciudad de aquel lado colonizado del planeta, se levantaban las murallas que había podido ver de lejos cuando llegaron. Se levantaban como paredes de piedra clara, imposiblemente altas, y se perdían en las dos direcciones hasta más allá de lo que la vista alcanzaba. Tras ellas, territorio inexplorado con selvas, fauna y flora sin catalogar y, según algunos, secretos que la Corporación callaba.

Los primeros días habían pasado rápido entre el asombro y la novedad. Nada más despertar, pasaron un día en una sala de reanimación del puerto y, cuando estaban listas, las recibió un equipo entero que las trasladó a su residencia. Las hermanas estaban abrumadas por las atenciones y los lujos.

A Dària le hicieron un primer reconocimiento médico y a Mara le dijeron que empezaría cuando pasara lo de su hermana.

Y ese momento había llegado. Ya habían intervenido a Dària. Había sido rápido con nanotecnología dirigida que había desmontado el tumor a nivel celular en cuarenta minutos.

Mara estaba feliz por las noticias y, a la vez, sentía algo agrio por dentro pensando en la gente de la Tierra que podría beneficiarse de estos avances pero acababan muriendo.

Detrás de ella se abrió una puerta.

—¿Mara Brell?

Era la doctora que las había recibido una hora antes.

—Sí.

—Su hermana ha completado la fase de estabilización. Está despierta, limpia y consciente. Puede pasar a estar con ella.

Mara la miró sin saber qué decir, saboreando la frase. Está limpia.

—Gracias —dijo, con la voz contenida.

La doctora le sonrió con la cabeza un poco ladeada y le indicó el pasillo con un gesto.

El pasillo estaba en calma, bañado con la luz extraña de aquel planeta. Llegó a la puerta y respiró hondo. Su hermana ya estaba curada, iba a vivir. Y hubiera repetido lo mismo que había hecho las veces que hicieran falta.

Iba a vivir.




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