Lo Que Queda Cuando El Eco Se Calla

CAPITULO: 7 El eco de las estrellas

Esa noche, bajo un manto de sombras, Marco terminó de aceptar la verdad que siempre intentó esquivar: nunca sería el hijo querido. A pesar del vacío y del desprecio, no lograba odiar a sus padres; al final, ellos le habían entregado el regalo de la vida, y con ella, la fortuna de conocer a Jimena. Ella era la única que lo amaba con sus grietas, la que lo abrazaba incluso en sus silencios más oscuros.
Refugiado en el brillo de las estrellas para no ahogarse en sus propios pensamientos, el brillo de su teléfono rompió la penumbra. Era un mensaje de ella, un refugio de palabras dulces:
“Marco, te he llamado todo el día y me tienes preocupada. Por favor, dime que estás bien… no quiero pensar que tu familia te hizo algo de nuevo.”
Marco leyó el mensaje con el corazón dividido entre la alegría de ser buscado y la tristeza de su realidad. Al ver que ella seguía conectada, respondió de inmediato, buscando un rastro de paz. Ella no tardó en contestar: “Amor, aquí estoy. No estás solo en tus problemas, siempre estaré contigo”.
Él, con los ojos nublados, le escribió: —Mira las estrellas, Jimena… dime qué ves.
—Solo veo luces iluminando la oscuridad de la noche —respondió ella.
—Sí —escribió Marco con los dedos temblorosos—. Y tú eres esa estrella para mí; la que ilumina mis tormentos cuando todo es negativo. Si el universo tuviera voz, las estrellas formarían tu nombre, el cielo recordaría tus ojos y cada galaxia susurraría lo mucho que te amo.
Al otro lado de la pantalla, el corazón de Jimena se aceleró con una mezcla de amor y frustración. Deseaba con toda el alma tenerlo cerca, tocar su rostro y decirle que él también era su estrella elegida. Pero, contenida por la distancia, solo pudo responder: —Te elegí a ti, pero como a las estrellas, hoy solo puedo verte de lejos.
Marco, dejando que las lágrimas cayeran libremente, cerró el ciclo con una última verdad:
—Lo sé… es triste. Es como si fuera la historia del Sol y la Luna. El Sol amaba tanto a la Luna que moría cada noche solo para dejarla respirar. Sabían que no podían estar juntos, que su destino era perseguirse sin alcanzarse nunca, pero también sabían que ese amor, a pesar de la distancia y del tiempo, sería eterno.
La noche se extendía infinita, pero por primera vez en mucho tiempo, Marco no quería que terminara. El peso de los problemas familiares se había esfumado; Jimena, con su voz suave al otro lado del teléfono, había logrado rescatarlo del mal momento. Ella le contaba, entre risas y suspiros, lo difícil que le resultaba presentar sus proyectos de electricidad.
—Me cuesta, no te voy a mentir —decía ella con esa determinación que a él tanto le gustaba—, pero nunca me rindo. Al final, lo que cuenta es el amor que le pones a lo que haces... ¡y por fin saqué un ocho!
Marco soltó una carcajada que llenó el silencio de su habitación.
—¡Vaya, un ocho! —bromeó él—. Deberías aprender de mí, que en mis tiempos de estudiante era un experto en sacar dieces en todo.
Jimena soltó una risita incrédula.
—No te creo nada, Marco.
—Y haces bien —admitió él con una sonrisa que ella podía sentir a través de la línea—. La verdad es que me movía entre el uno y el siete, el diez no sabía ni que existía.
Siguieron compartiendo confidencias, disfrutando de esa complicidad que solo ellos tenían, hasta que Jimena recordó algo que la había incomodado:
—Amor, hoy cuando salí de la facultad, había un viejo morboso que no dejaba de mirarme. No sé ni qué tanto veía, ¡si ni cuerpo tengo! —comentó ella, tratando de restarle importancia con una broma.
El tono de Marco cambió de inmediato. La risa desapareció, dando paso a una voz profunda, cargada de una protección posesiva y dulce a la vez:
—Si yo hubiera estado ahí, ese tipo no habría tenido tiempo ni de parpadear. Te habría levantado en mis brazos ahora mismo para sacarte de ese lugar y traerte conmigo a casa, donde nadie pueda molestarte y yo pueda protegerte siempre




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