Lo Que Queda Cuando El Eco Se Calla

CAPITULO: 9 Fuerza para un Nuevo Día

El despertador sonó y Marco sintió que apenas había cerrado los ojos. Se levantó con el cuerpo pesado, arrastrando ese cansancio que no se quita solo con dormir. Bajó a desayunar y se sentó a la mesa con su familia. El olor del café estaba ahí, como todas las mañanas, pero él se sentía en otro lugar.
Su padre lo quedó mirando fijamente. Notó sus ojos rojos y esas ojeras que ya no podía ocultar.
—Hijo, ¿vas a ir a trabajar así? Te ves agotado, parece que no hubieras descansado nada —le dijo con tono de preocupación.
Marco iba a inventar una excusa, pero en ese momento su teléfono vibró. Era un mensaje de ella: “Que tengas un hermoso día, mi protector. Te amo mucho”.
Fue como si le inyectaran energía de repente. Se quedó mirando la pantalla con una sonrisa boba, recordando la noche anterior, esas horas hablando frente a la cámara que lo hacían sentir que la distancia no existía.
—Estoy bien, papá, no te preocupes —respondió Marco, levantándose con más ánimo—. Sí iré a trabajar, prefiero estar ocupado.
Se despidió y salió de casa, pero al llegar al trabajo, la realidad le dio un golpe. Su mejor amigo lo invitó a tomar un café y, entre risas y charlas, soltó el comentario que Marco siempre temía escuchar:
—Y dime, Marco... ¿cómo vas con esa chica de lejos? Ya te puso los cuernos, ¿verdad? —dijo su amigo riendo—. Hazme caso, búscate a alguien de por aquí para salir y pasarla bien. No seas tonto, Marco, que una mujer necesita a alguien presente.
Marco dejó de sonreír. Miró a su amigo a los ojos y le contestó con toda la sinceridad
del mundo:
—No es así, hermano. A mí me gustan las mujeres, pero no busco a cualquiera. Busco a alguien que me dé ganas de levantarme cada día, alguien con quien pueda hablar de todo, como hablo contigo. Esa chica es la que quiero. Y voy a trabajar duro y a ahorrar cada centavo para que un día podamos vivir juntos y no tengamos que decirnos adiós por una pantalla.
Su amigo suspiró y le puso una mano en el hombro, esta vez sin bromas.
—Es peligroso, Marco. Te estás enamorando de alguien que no puedes tocar. Ni siquiera sabes qué está haciendo ella ahorita mientras nosotros tomamos este café. ¿No te da miedo estar perdiendo el tiempo mientras ella quizás hace su vida allá?
Esa frase se le clavó en el pecho. Marco se quedó callado, mirando el fondo de su taza. Los pensamientos negativos que siempre intentaba espantar regresaron con fuerza.
—Puede que tengas razón —admitió Marco en voz baja—. Puede que me engañe mañana o en un mes. Pero si ella es feliz, aunque no sea conmigo, yo estaré bien. Ella me enseñó lo que es amar de verdad y, si esto no funciona, creo que no querría conocer a nadie más.
El silencio se volvió incómodo hasta que su amigo lo llamó para sacarlo de sus pensamientos.
—¡Ey Marco! ¿Te quedaste dormido?
Marco reaccionó y forzó una risa.
—Perdona... solo pensaba que es difícil saber quién es bueno y quién es malo en este mundo. Si pudiéramos leer mentes, todo sería más fácil, ¿no crees?
Se rieron juntos de la tontería, pero por dentro, Marco sentía un nudo en el estómago. Sabía que no podía seguir con esa duda. Esa misma tarde, tenía que hablar con ella y contarle el miedo tan grande que tenía de perderla.




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