Al caer la noche, la voz de su amigo rompió el silencio desde la calle, llamándolo con entusiasmo. Marco se asomó por la ventana: «¡Ya salgo, espérame un rato!», gritó mientras se apresuraba a acomodar a la gatita en un rincón cálido, asegurándose de dejarle suficiente alimento. Antes de salir, revisó el teléfono con el corazón en un hilo, buscando un mensaje de su pequeña amada, pero no encontró respuesta. «Seguro está ocupada con la universidad», se dijo a sí mismo, intentando silenciar esa voz interna que repetía las advertencias de su amigo. Decidió no pensar más y salió al encuentro de la noche.
Mientras caminaban, la nostalgia lo golpeó.
—Me acuerdo de aquellas noches de hace años, cuando solía pasarla bien con mi familia —confesó Marco con un rastro de amargura—, pero con el tiempo todo cambió. Su amigo, poniéndole una mano en el hombro, le respondió con firmeza:
—Todo cambiará esta noche, hermano. Me aseguraré de que te diviertas.
A lo lejos, la rueda moscovita brillaba como un faro. Sin darle tiempo a dudar, su amigo lo empujó hacia la fila antes de que se agotaran los puestos. Al subir, se sintieron como dos niños emocionados, dejando que el viento rozara sus rostros mientras las aves cruzaban el cielo cerca de ellos. En la cima, bajo el manto estelar, Marco rompió el silencio:
—Hoy me pasó algo increíble. Encontré a una gatita hermosa pero destrozada... pensé que moriría, pero luchó con todas sus fuerzas. Me vi reflejado en ella; sé lo que es ser menospreciado y sentir que nadie te cuida.
—Te conozco, hermano —respondió su amigo con una sonrisa—, sé que la salvaste y la llevaste a casa para darle una oportunidad. Deberíamos ponerle un nombre, ¿no crees?
Marco sonrió, sintiéndose por un instante como una de esas estrellas que brillan de pura alegría.
—Pero por favor, Marco, nada de nombres raros —bromeó su amigo—. Todavía me acuerdo de cuando le pusiste "Zanahoria" a aquel conejo.
Entre carcajadas, Marco finalmente tomó una decisión. El nombre vino de uno de sus personajes de anime favoritos: Asta.
—Se llamará Asta. Al igual que él, ella luchó para que la tomaran en cuenta y para ser querida. Luchó para que yo la salvara, y ese es el nombre que se merece.
—¡Entonces así se llamará! —exclamó su amigo con una carcajada que fue cortada de
tajo por la oscuridad.
De pronto, el mundo se apagó. Todas las luces de la feria desaparecieron, dejando a Marco y a su amigo suspendidos en la cima de la rueda moscovita, envueltos en una negrura total. El silencio inicial fue devorado por los gritos de pánico de la gente a su alrededor. Marco sintió un nudo en el estómago, pero justo cuando el miedo amenazaba con desbordarse, una cuenta regresiva estalló desde abajo: «¡Diez... nueve... ocho...!».
Al llegar al uno, el universo volvió a encenderse. No solo regresó la feria, sino que todas las luces de la ribera del río despertaron a la vez, revelando un paisaje deslumbrante que parecía sacado de un sueño. La gente pasó del terror a la euforia, sacando sus teléfonos para capturar la belleza de aquel instante donde todo parecía cobrar vida propia.
—Mira qué hermoso es todo, y tú ahí asustado como un niño —se burló su amigo, tratando de recuperar el aliento.
—Hablas tú, que casi te tiras de la canasta del miedo, ¡hasta te pusiste pálido! —le devolvió Marco entre risas.
En ese momento, el teléfono de Marco vibró. Su corazón dio un vuelco al leer el mensaje de Jimena: «Mi pequeño protector, ¿cómo te ha ido? Perdón por no escribirte antes, estaba en la universidad con mi mamá para inscribir a mi hermana. No sabes la falta que me haces, te amo...».
Marco sintió un calor dulce recorriéndole el cuerpo, un rubor tan intenso que su amigo no tardó en burlarse:
—¡Uy, te pusiste rojo! Pareces mis nalgas cuando mi mamá me daba con la sandalia —soltó entre risas.
—¡Deja de ser patán! —respondió Marco, aunque su sonrisa era pura felicidad.
Al bajar de la rueda, su amigo lo jaló del brazo: «¡Vamos a la casa del terror!». Pero Marco se plantó firme, negando con la cabeza mientras buscaba el lugar con mejor señal.
—Espérame un segundo... necesito mostrarle esto.
Inició la videollamada y, cuando el rostro de Jimena apareció en la pantalla, el ruido de la feria desapareció para él.
—Mi pequeña, yo también te amo —susurró Marco, con una voz cargada de una ternura que solo ella conocía—. Me haces falta en cada paso que doy. En este momento, daría lo que fuera por no ser solo una voz en tu oído. Cierra los ojos un segundo... imagíname ahí, justo detrás de ti, rodeando tu cintura con mis brazos y apoyando mi mentón en tu hombro mientras respiramos este mismo aire frío. Mira lo que ven mis ojos...
Marco giró la cámara del teléfono hacia el río. A través de la pantalla pixelada, las luces de la costanera danzaban sobre las olas suaves, creando un puente de luz virtual. Del otro lado del mundo, en la penumbra de su cuarto, Jimena sintió que el aire se le escapaba. No era solo el paisaje; era ver el mundo a través de los ojos del hombre que amaba, saber que él quería compartir ese rincón del planeta con ella. El rubor invadió sus mejillas y sus ojos se humedecieron, atrapados entre la alegría de verlo y la impotencia de no poder tocarlo. En ese instante, el frío invierno de su habitación pareció disiparse, reemplazado por la calidez imaginaria de los brazos de Marco que tanta falta le hacían. Afuera, la misma luna que él miraba iluminaba el cielo de ella. Jimena cerró los ojos, contuvo el aliento y deseó con toda su alma que el viento le llevara un beso directamente hasta sus labios. Fue un pacto silencioso con el destino: se juró que, sin importar los miles de kilómetros que los separaban, sus corazones ya caminaban de la mano por esa orilla iluminada, desafiando a la distancia.
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es un libro diferente espero te guste, es un libro que te atrapa al deseo
Editado: 16.06.2026