Lo Que Queda Cuando El Eco Se Calla

CAPITULO: 12 Un suspiro En La Penumbra.

Al observar a Marco compartir su tiempo con aquella muchacha a la que llamaba su "pequeña princesa", Damián, su gran amigo, no pudo evitar conmoverse. Era evidente que el amor entre ellos era puro y hermoso; sin embargo, una sombra de duda lo asaltaba: para Damián, los amores a la distancia eran utopías condenadas al fracaso. Pero al mirar el rostro de Marco, iluminado por una felicidad que nunca antes le había visto, decidió enterrar sus propios miedos y pesimismos. Se juró a sí mismo guardar silencio para no romper el corazón de su gran amigo. Después de todo, Marco lo era todo para él, y ver su alegría era su propia felicidad.

Así transcurrieron las horas entre risas, paseos virtuales y confidencias. A pesar de los miles de kilómetros que los separaban, Marco y Jimena se aferraban al único deseo que les importaba: ser felices aquí y ahora.

Al llegar la madrugada, con el peso del cansancio, pero el corazón lleno, Marco se dispuso a despedirse. —Gracias por estos momentos, mi vida —susurró él a la pantalla—. Contigo olvido mis preocupaciones y cualquier tristeza.

Jimena sonrió al otro lado, con los ojos brillando en la penumbra. —Me alegra tanto que olvides todo lo que te hace mal, mi príncipe. Esta noche que me regalaste fue mágica; sentí que vivía en un mundo maravilloso a través de tus ojos. No me arrepiento ni un segundo de haberte conocido desde aquella primera vez que cruzamos palabras. Eres mi todo, amor mío. Te voy a amar hasta que las estrellas dejen de amarse entre ellas y apaguen su hermoso brillo.

Las palabras de Jimena conmovieron a Marco hasta lo más profundo. —Al escucharte, me haces sentir el ser más especial del mundo. Con tu distancia y todo, me das el amor que nunca recibí cuando era niño... Eso es lo que te hace única para mí, mi pequeña.

De pronto, el ambiente místico se rompió. Una mano rápida le arrebató el teléfono a Marco. Era Damián, quien, mirando a la cámara con seriedad, interrumpió: —Señorita, ya dejé descansar a mi hermano. Mañana tiene un gran día de trabajo y me gustaría que se siga esforzando en lo suyo, en lugar de que lo siga deteniendo.

El golpe de realidad fue helado. Tanto Marco como Jimena se quedaron de piedra, invadidos por una mezcla de incomodidad y enojo. A Jimena, en particular, el corazón se le encogió en el pecho; una dolorosa inseguridad la asaltó al pensar que, tal vez, ella se estaba convirtiendo en un obstáculo para el futuro de Marco.

Marco reaccionó de inmediato y fue deprisa a quitarle el teléfono, pero Damián lo esquivó. Entonces, la seriedad de Damián se transformó en una sonrisa cálida. Miró a Jimena, que ya tenía los ojos tristes, y la calmó con una voz suave pero firme: —Le digo esto para que él se esfuerce trabajando y reúna el dinero suficiente para estar junto a usted. Porque un amor como el que se tienen... ese jamás debería terminar.

Marco se detuvo en seco, con el brazo extendido, impactado por aquellas palabras de aliento que no se esperaba. Miró a su amigo pensando que, además de ser un estúpido por el susto que les dio, era el mejor amigo que la vida le pudo dar.

Jimena, con el alma de vuelta al cuerpo y olvidando la angustia de hace un segundo, sonrió de par en par. —Gracias por decir eso —respondió ella, conmovida—. Le prometo que Marco siempre seguirá esforzándose. Por favor, cuídelo mucho... Él es una persona diferente al resto y lo amo con todo mi corazón.

Damián asintió con solemnidad, mirándola a los ojos a través del cristal. —Se lo prometo. Lo cuidaré incluso con mi propia vida. Él es mucho más que un amigo para mí.

Con una felicidad inmensa desbordándole el pecho, Jimena se despidió y colgó el teléfono. En la habitación, el silencio regresó. Marco miró recordando a Damián desde el otro lado del lugar y, con un suspiro de alivio, le dio las gracias en silencio por no haber arruinado el momento y por haber protegido, a su manera, el amor de su vida.

Al amanecer, el silencio de la habitación fue interrumpido por un festival de rasguños, mordiscos y saltos frenéticos de un lado a otro de la cama. Marco intentó ignorarlo, hundiéndose en las cobijas, hasta que un agudo maullido resonó con eco por todo el cuarto. De un brinco, el muchacho se incorporó y descubrió a la pequeña bola de pelos desbordando energía, jugueteando alegremente con sus cosas.

La tomó suavemente entre sus manos y la levantó para mirarla frente a frente, con una sonrisa de alivio. —Qué bueno que te recuperaste, pequeña —le dijo con cariño—. Supongo que debes de tener muchísima hambre. Perdona que no haya estado tan pendiente de ti anoche, pero es que ayer... ayer me divertí como nunca. Damián salió con sus estupideces de siempre y, sobre todo... ¿te cuento algo?

La gatita respondió con un maullido corto. Marco sonrió, como si hubiera entendido perfectamente un: "dime". —Llamé a la chica que me gusta. Pasé un momento increíble con ella, y eso que está lejísimos... aunque Damián casi me mata del susto al final.

Así se les fue la mañana. Marco compartía sus secretos en voz alta mientras la gatita devoraba su comida, moviendo la cola con satisfacción.

De repente, unos golpes suaves sonaron en la puerta. Era el hermano menor de Marco, que venía ansioso por ver cómo seguía la mascota. Marco le abrió y, con orgullo, le señaló a la pequeña cazadora. —Está perfecta. Hace un rato estaba saltando y jugando como nunca.

Los ojos del niño se iluminaron de alegría al verla sana. —¡Qué gran noticia! Aunque era de esperarse... ¿Cómo no va a estar feliz, si tú le diste una segunda oportunidad de vivir cuando estaba a punto de morir? —dijo el pequeño, agachándose para acariciarla—. Viéndola bien, está hermosa.

—¡Ay, no! —interrumpió Marco, mirando el reloj con horror—. ¡Se me hace tardísimo para el trabajo!

Su hermano, al verlo correr de un lado a otro, intentó calmarlo: —Apúrate y vete tranquilo. Yo me encargaré de cuidarla hoy.

Marco, mientras se abotonaba la camisa a toda prisa, lo miró con desconfianza. —¿Para qué? ¿Para qué me meta en problemas con los de la casa y me reclamen que te estoy cargando la mano con mis responsabilidades? Mejor no, yo veré qué hago.




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