Lo que quedó de nosotros

Capítulo cuatro: La oficina de Lily

—Llegamos tarde —dijo Claire sin apartar los ojos del reloj en su muñeca.

—No fue mi culpa —respondió Lily desde el asiento trasero.

Claire la miró por el retrovisor mientras esperaba que el semáforo cambiara.

—¿Ah, no?

—No. —Lily cruzó los brazos sobre el pecho con una dignidad absoluta—. Mis rizos decidieron despertarse rebeldes hoy.

—Tus rizos siempre despiertan rebeldes.

Claire se mordió el labio para no reír y avanzó con cuidado cuando el semáforo se abrió. Había más tráfico del habitual y el sol de la mañana golpeaba el parabrisas con una insistencia molesta.

—Porque los dejo libres —respondió Lily, enfatizando la siguiente palabra como si defendiera una causa de importancia histórica—. Naturales y felices. —Luego señaló hacia adelante con expresión crítica—. No como tú.

La mano de Claire subió sin que lo decidiera hacia su coleta alta, perfectamente lisa, controlada. Lejos de quien había sido alguna vez.

—¿Qué tiene mi cabello?

Lily hizo una mueca de asco teatral.

—Usas esa cosa que saca humo y luego te queda como si una vaca te hubiera pasado su lengua encima. —Imitó la acción con una expresión que combinaba horror y fascinación científica.

—¡Lily!

La carcajada escapó antes de que Claire pudiera atraparla, y Lily empezó a reír también, ese sonido escandaloso y sin filtro que llenaba cualquier espacio.

—Es verdad —insistió Lily, recuperando la compostura con rapidez—. Además, mis rizos son encantadores. Tú siempre dices eso.

La sonrisa de Claire se debilitó apenas un segundo.

Sí. Ella decía eso.

Aunque hacía años que había dejado de creerlo cuando se trataba de sí misma. Antes amaba su cabello, lo llevaba suelto y sin disculpas, hasta que Adrian comenzó a hundir los dedos en él cada vez que la besaba. Hasta que le dijo que parecía fuego desordenado, y convirtió algo tan simple en un recuerdo que dolía al tocarlo. Después de que él había empezado a alisarlo, una y otra vez, como si pudiera borrar con calor y tensión a la mujer que alguna vez lo amó con esa clase de amor que no sabe protegerse a sí mismo, pero la vida tenía un humor demasiado cruel. Porque su hija había heredado exactamente los mismos rizos que él adoraba. Y cada mañana, al ver a Lily correr por la casa con el cabello salvaje rodeándole el rostro, Claire sentía al pasado respirándole en la nuca.

Apartó el pensamiento.

—Vamos, pequeña filósofa del cabello. Ya es tarde.

Lily sonrió con la satisfacción de alguien que acaba de ganar un debate importante. Y probablemente lo había ganado, porque había mañanas en que Claire olvidaba respirar, olvidaba comer, olvidaba que todavía existían cosas buenas. Y entonces estaba ella. Su pequeña tormenta. La única persona en el mundo capaz de hacerla reír incluso en los peores días.

Estacionó el auto y, apenas apagó el motor, Lily ya estaba batallando con el cinturón de seguridad con ambas manos.

—Despacio —dijo Claire, bajando del auto y rodeando el capó para abrirle la puerta—. Y recuerda. —Claire desabrochó el cinturón con un clic y la miró a los ojos—. En la clínica se camina despacio, se habla en voz baja y se respeta el tiempo de las enfermeras.

—Lo sé —respondió Lily con una seriedad impecable.

Claire conocía ese, lo sé. Era el mismo de todas las mañanas. El que no garantizaba absolutamente nada y en efecto, apenas cruzaron las puertas del edificio, las enfermeras de recepción levantaron la vista con la misma alegría de siempre.

—¡Buenos días, Lily! —saludó Nora desde detrás del mostrador, con una sonrisa que repartió entre la niña y Claire de forma equitativa, antes de extenderle la carpeta de asistencia.

—Hola, señorita Nora —respondió Lily con una dulzura que no habría desentonado en un coro de ángeles.

—¿Hoy sí te peinaste? —preguntó Nora, mirando los rizos que de todas formas hacían lo que querían.

Lily levantó el mentón con orgullo.

—Yo no quería, pero mamá dijo que parecía "electrocutada emocionalmente". —Hizo una pausa breve y luego giró hacia Claire con ojos acusadores.

Las enfermeras soltaron carcajadas. Claire cerró los ojos exactamente un segundo.

—Necesito dejar de hablar frente a ti —señaló.

—Sí —convino Lily con absoluta seriedad, cubriéndose la boca con una manita para disimular la risa—. Ya aprendí demasiadas cosas.

Esa niña iba a acabar con ella algún día. Claire lo sabía con certeza creciente.

Mientras avanzaban por los pasillos, Lily alternaba entre caminar con corrección ejemplar y darse dos pasos de carrera cuando calculaba que nadie la observaba.

—Lily… —la llamó Claire sin necesidad de añadir nada más.

—Estoy caminando —respondió Lily, deteniéndose en seco.

—Hace tres segundos estabas corriendo.

—Pero ahora no.

Claire decidió que esa lógica no merecía respuesta.

Los pacientes la saludaban al pasar. Los médicos la conocían por su nombre. Los guardias del turno de mañana le guardaban dulces en los bolsillos que Claire fingía no notar, porque Lily había crecido entre esos pasillos y el lugar la había recibido con la misma naturalidad con que ella lo había adoptado a él. Quizás por eso tenía un corazón demasiado grande para alguien tan pequeña.

Fue exactamente un minuto de distracción.

Claire se detuvo junto a una enfermera para revisar unos expedientes, y cuando volvió a mirar hacia el pasillo, Lily había desaparecido. Eso siempre significaba problemas.

—¿Dónde está Lily? —preguntó, girando sobre su propio eje.

—Fue hacia el ala nueva —respondió la enfermera, con una sonrisa que sugería que no era la primera vez.

Claire soltó un suspiro resignado y siguió el corredor que llevaba a la zona todavía en construcción.

El lugar olía a pintura fresca y madera cortada. Las paredes estaban desnudas, los suelos sin terminar, los cables todavía visibles detrás de algunos marcos. Pero Claire podía imaginarlo con una claridad que le había costado años construir: mujeres descansando sin miedo, madres sintiéndose protegidas por primera vez, niños que llegaban al mundo en un lugar que los esperaba con calidez. Era el sueño que había levantado palabra por palabra, gestión por gestión, y pronto estaría terminado.




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