Habían pasado varios días desde que Adrian se instaló en aquella oficina y algo raro estaba ocurriendo. Al principio lo atribuyó al estrés, después al cansancio. Luego empezó a sospechar, con una incomodidad creciente, que simplemente estaba perdiendo la cordura.
—Te digo que desapareció —insistió, revisando el escritorio por tercera vez mientras Alexis observaba los planos desde el otro lado de la mesa.
Alexis levantó la vista con la paciencia de alguien que lleva un rato esperando que la conversación tenga sentido.
—¿Qué desapareció ahora?
—Un borrador. —Adrian señaló el punto exacto sobre el escritorio—. Tenía un borrador azul aquí.
—Ajá…
—Y ahora no está.
Alexis observó el escritorio. Después observó a Adrian.
—¿Y por eso me interrumpiste?
—Había un dulce en su lugar.
—¿Qué? —Alexis parpadeó mientras Adrian tomó el envoltorio y se lo mostró sin decir nada más.
—¿Me estás diciendo que un fantasma te roba útiles y te paga con caramelos? —Alexis soltó una carcajada que no intentó contener.
—No estoy bromeando, Alexis.
—Yo sí. —Volvió a reír, recostándose en la silla.
Y lo peor, pensó Adrian, era que lo entendía perfectamente. Si alguien le hubiera contado aquello, habría reaccionado igual, pero no era la primera vez.
Dos días antes había dejado una regla metálica sobre los planos antes de salir a una reunión. Al volver, la regla no estaba. En su lugar había una pegatina con una estrella sonriente pegada en el borde del escritorio, colocada con una precisión que sugería que alguien se había tomado su tiempo.
Después desapareció una libreta pequeña. Reapareció al día siguiente, perfectamente colocada, con una flor dibujada en la primera página con crayón morado.
Y esa misma mañana había encontrado una galleta envuelta con un lazo de papel donde normalmente dejaba las llaves.
—Esto ya parece un intercambio comercial —murmuró Alexis, mirando el envoltorio.
—Algo está entrando aquí —dijo Adrian.
—O alguien.
—Exactamente.
—¿Y qué clase de ladrón deja regalos?
Adrian frunció el ceño, porque esa era precisamente la pregunta que no sabía responder. Nada faltaba realmente. Todo volvía. Solo cambiaba de lugar, como si quien lo hacía estuviera absolutamente convencido de que aquello era un intercambio perfectamente razonable.
Alexis terminó de reír y volvió a los planos, aunque la sonrisa no desapareció del todo.
—Estás viejo.
—Tengo treinta y cinco.
—Y hablas como mi abuelo.
—Mi borrador desapareció.
—Sí, abuelo… esta Navidad consideraré sustituir los calcetines por una caja de borradores.
Adrian tomó una bola de papel del escritorio y se la lanzó. Alexis la atrapó sin siquiera levantar la vista de los planos.
El silencio regresó durante varios minutos. Ambos trabajaron sin hablar, con el ruido lejano de la construcción llegando desde el corredor como fondo constante, hasta que Adrian notó que Alexis lo estaba mirando otra vez.
—¿Qué?
—Nada.
—Alexis.
Alexis dejó el bolígrafo sobre la mesa con una lentitud deliberada.
—Solo creo que llevas demasiado tiempo solo.
La mandíbula de Adrian se tensó de inmediato.
—No.
—Sí.
—No empecemos, por favor…
—Alguien tiene que hacerlo.
Adrian apartó la mirada hacia la ventana porque ya conocía esa conversación. Marco la intentaba tener con él cada dos semanas y siempre terminaba igual.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—Estoy trabajando.
—El trabajo no lo es todo y eso no responde a nada, Adrian —contratacó con la calma de quien ya no espera ganar, sino simplemente ser escuchado.
La molestia creció despacio en el pecho de Adrian. No porque Alexis estuviera equivocado, sino porque estaba demasiado cerca de la verdad y las dos cosas no siempre eran lo mismo, pero en ese momento se sentían idénticas.
—No necesito rehacer mi vida.
—¿Y qué necesitas?
No respondió porque ni él mismo lo sabía con certeza.
Alexis soltó el aire por la nariz.
—Han pasado cinco años, Adrian…
Aquello golpeó de una manera que Alexis probablemente no había calculado. O quizás sí.
Cinco años… cinco años desde aquella llamada. Desde aquel hospital. Desde que su vida se partió en dos con la limpieza silenciosa de algo que no avisa.
Recordaba perfectamente el olor a desinfectante, café frío… y miedo. Mucho miedo.
Cinco años atrás…
El nombre estaba escrito a mano en una hoja blanca, con la tinta ligeramente corrida en la letra C, como si el investigador hubiera dudado un segundo antes de terminar de escribirlo.
Claire Bennett.
Adrian la había leído tres veces en el trayecto. Tres veces, como si las palabras pudieran cambiar de significado si las miraba lo suficiente. Alexis conducía en silencio a su lado, sin música, sin conversación, con esa clase de quietud que los amigos aprenden a sostener cuando saben que cualquier palabra sería demasiado o demasiado poco.
Adrian apenas podía respirar.
Durante semanas se había aferrado a la idea de encontrarla. De sentarse frente a ella y hablar, de explicarse aunque no supiera exactamente qué iba a decir, aunque las palabras correctas no existieran todavía. Solo necesitaba verla. Solo necesitaba que ella supiera que lo entendía, que se había equivocado, que… algo. Lo que fuera porque todavía había tiempo, eso se repetía cada mañana como si fuera una verdad sólida en la que apoyarse.
Todavía había tiempo.
La enfermera que los recibió en recepción tenía la expresión de alguien que lleva demasiados años siendo el puente entre la vida y la noticia que la destruye. Adrian lo notó antes de que ella abriera la boca: esa manera particular de bajar la mirada un segundo, de acomodar las manos sobre el mostrador, de prepararse para decir algo que ningún entrenamiento hace más fácil.
Editado: 21.08.2026