Lo que quedó de nosotros

Capítulo diez: Sonreír a cambio de unos dulces

La pequeña lo estudió con los ojos entrecerrados, con esa seriedad particular de los niños que están tomando una decisión importante y no tienen ninguna prisa en tomarla. Adrian tuvo la extraña sensación de estar siendo evaluado.

El silencio se extendió entre los dos con una calidad que él no supo explicar. La niña seguía ahí, detrás de la estantería, sin moverse, sin aparentar la menor incomodidad por haber sido descubierta, como si esconderse en oficinas ajenas fuera una actividad completamente razonable para una mañana de martes. Adrian abrió la boca para decir algo, para preguntar quién era o llamar al guardia o hacer cualquier cosa que tuviera sentido, y entonces se dio cuenta de que no podía. Porque la estaba mirando, sus ojos, su cabello... La forma en que ella no dejaba de verlo, sin miedo ni recelo, con esa confianza tranquila de los niños que aún no han aprendido que el mundo puede decepcionarlos. Y algo en esa mirada le produjo una presión en el pecho que no tenía nombre, algo breve y confuso que apareció y desapareció antes de que pudiera examinarlo.

—Planeaba regresarlo —dijo ella al fin, levantando el lápiz entre los dedos con la seriedad de quien presenta una prueba. Luego sonrió, una sonrisa enorme y completamente despreocupada que iluminó toda su cara de golpe.

Adrian dio un paso hacia atrás casi sin darse cuenta, como si necesitara distancia. Parpadeó, intentando recuperar el hilo de algo que se le había escapado.

—En serio lo iba a regresar —añadió ella rápidamente, observando su reacción con atención—. Hoy no traje dulces. —Hizo una pausa y se mordió el labio inferior—. Bueno… sí traje… —Otra pausa—, pero me los comí porque me dio hambre.

Adrian la seguía mirando sin hablar.

—Y en mi defensa —continuó, levantando un dedo con absoluta convicción—, fue tu culpa.

—¿Mi culpa? —La pregunta salió sola, antes de que su mente terminara de procesar que estaba teniendo una conversación con una niña que acababa de robarle un lápiz y culparlo por ello.

—Sí. —Asintió, como si fuera lo más obvio del mundo—. Te tardaste mucho en salir y los dulces son como dice mi mamá... —dijo y se llevó una mano a la barbilla, frunciendo el ceño con la concentración de quien busca una palabra importante en un cajón desordenado. Sus labios se movían en silencio, murmurando, hasta que sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Una tanción!

Adrian la miró y entonces ocurrió. Una sonrisa apareció en sus labios, pequeña al principio, casi involuntaria, como algo que empuja desde adentro sin pedir permiso. Después, más evidente y real. Tan natural que no se dio cuenta de que estaba sonriendo hasta que vio la reacción de ella. La niña lo miraba con los ojos enormes, completamente abiertos, con la expresión exacta de quien acaba de presenciar algo que no esperaba ver.

—¡Sí sabes sonreír! —exclamó y salió de detrás de la estantería con el entusiasmo contenido de quien lleva tiempo esperando confirmar una teoría.

La sonrisa de Adrian desapareció de golpe. Dio un paso lateral, aumentando la distancia entre los dos de una manera que esperaba que pareciera casual.

—Claro que sé sonreír —respondió, mirándola de reojo—. Y la palabra que buscabas es ‘tentación’.

—No parecía —dijo, ignorando completamente la corrección con una fluidez que sugería práctica.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué no parecía qué?

—Que supieras sonreír. —Se encogió de hombros, con la naturalidad de quien comenta algo evidente—. Porque siempre te ves triste.

Adrian se quedó quieto porque ella lo miraba con una honestidad directa y sin ornamentos, el tipo de sinceridad que solo existe antes de que uno aprenda a suavizar las cosas.

—O enojado —añadió, pensativa—. O pensando.

—¿Y cómo se ve alguien pensando? —preguntó Adrian, y no supo por qué lo hizo, solo que algo dentro de él quería seguir escuchándola.

—Así —respondió, y frunció la nariz y contrajo el ceño con una intensidad tan exagerada que parecía que intentaba doblar una cuchara con la mente.

Adrian soltó una carcajada, una de verdad. Más fuerte que la anterior, que llegó desde un lugar que llevaba mucho tiempo sin usarse y que por un segundo lo sorprendió a él mismo. Se pasó una mano por la boca, intentando recuperar la compostura, y desvió la mirada hacia la ventana porque no sabía qué hacer con lo que acababa de sentir.

—Está bien —dijo, cuando pudo controlar la voz—. Quizás tengas razón.

—Obvio que tengo razón —respondió con una convicción absoluta. Adrian negó con la cabeza, despacio.

—Pequeña ladrona —dijo.

—¡Oye! —exclamó mientras cruzaba los brazos de inmediato, con una indignación completamente genuina—. Ya te dije que iba a devolver todo.

—Ajá…

—Además, nunca robé nada.

—Tomaste mis cosas.

—Las tomé prestadas.

—Sin permiso.

—Pero las devolví. —Lo miró con una ceja levantada, como si ese detalle cerrara el argumento definitivamente.

Adrian arqueó la suya.

—Eso no ayuda mucho a tu defensa.

Ella soltó un resoplido y desvió la mirada con la dignidad ofendida de alguien que considera que la conversación ha tomado un rumbo injusto.

—Tú te comiste todos los dulces que dejé.

Adrian abrió la boca, pero no dijo nada porque era completamente cierto y no tenía ninguna respuesta razonable para eso.

—Fue un intercambio justo —concluyó la niña, con la satisfacción tranquila de quien acaba de ganar un caso difícil.

Adrian volvió a reír, y esta vez no intentó detenerlo. Era una risa pequeña y contenida, pero real, y tuvo la misma sensación extraña de antes, como cuando uno usa un músculo que lleva meses sin moverse y nota que todavía existe.

¿Cómo podía una niña hablar tanto? ¿Y por qué, en lugar de llevarla de vuelta con quien fuera que la estuviera cuidando, seguía aquí, respondiendo sus argumentos sobre dulces y lápices prestados como si fuera lo más normal del mundo?




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