Lily seguía cerca de él con el caramelo de fresa en la mano y los ojos fijos en los suyos con una atención que a Adrian le resultaba difícil de sostener.
—Escucha, pequeña… —murmuró, mientras se pasaba una mano por la nuca. No sabía por qué le estaba costando tanto decirlo. Era una palabra simple, de dos sílabas. Millones de personas la pronunciaban todos los días sin que les pesara nada, pero para él seguía siendo una herida con bordes vivos—. Yo no puedo ayudarte a encontrar a… —Se detuvo. Lily esperó sin moverse, sin apurarlo, con esa paciencia particular que tienen los niños cuando saben que la respuesta que viene importa—. A tu… papá. —Terminó con la voz más baja de lo que pretendía.
Lily inclinó la cabeza hacia un lado.
—Mi mamá tampoco puede —dijo, sin tristeza, solo como un hecho.
—¿Por qué dices eso?
—Porque siempre está trabajando. —Se encogió de hombros y guardó el caramelo en el bolsillo del suéter con cuidado, como si lo estuviera archivando para después—. Pero yo sé que él está perdido.
Adrian frunció el ceño.
—¿Perdido?
—Sí. —Lily asintió con la certeza tranquila de quien ha pensado mucho en algo y llegado a una conclusión sólida—. No sabe cómo llegar a mí.
Aquello le apretó algo en el pecho de una manera que no esperaba.
Había algo en la forma en que ella lo decía, sin dramatismo, sin rencor, con la naturalidad de quien ha aprendido a vivir con un espacio vacío y ha decidido llenarlo a su manera, y eso lo golpeó de un modo distinto a como solían golpearlo las cosas. Adrian imaginó a una madre sola. A una mujer que cargaba, sin ayuda, a una hija brillante, ruidosa y llena de vida. A una de tantas mujeres para las que precisamente existía aquel proyecto: el mismo para el que él había diseñado cada pasillo, cada ventana, cada sala.
Y sin quererlo, sin poder evitarlo, pensó en Claire.
En la enfermera de aquella noche, pronunciando las palabras: una mujer sola, sin familiares, sin visitas. En lo que esas palabras habían significado. En lo que él había hecho, o dejado de hacer, para que fueran verdad.
Abrió la boca para terminar la conversación, para decirle a Lily que debía volver con su madre, que él no era la persona adecuada para nada de esto, hasta que un sonido electrónico interrumpió el momento.
Un reloj infantil en la muñeca de Lily comenzó a emitir una melodía alegre y persistente. Ella bajó la vista, abrió los ojos con una expresión de quien acaba de recordar algo urgente y levantó la cabeza de golpe.
—¡Oh! Tengo que irme. Mamá me espera.
Empezó a caminar hacia la puerta con paso decidido.
—Lily… —dijo Adrian.
—Mañana nos vemos. —No se detuvo.
—Espera.
—Oh, lo olvidaba. —Se paró en seco y empezó a buscar algo en el bolsillo del suéter, mordiéndose el labio inferior, la mirada hacia arriba mientras sus dedos exploraban el interior con concentración—. Aquí está. —Sacó el caramelo y caminó de vuelta hacia él con paso firme, extendiéndolo—. Esto es tuyo.
Adrian lo tomó por instinto, antes de pensar, y Lily sonrió.
—Sé puntual mañana. —Señaló el escritorio con un gesto serio—. Y no dejes tus cosas tiradas, que luego tengo que acomodarlas yo.
—Lily, todavía no he aceptado nada.
—Tomaste el dulce —dijo ella.
Y desapareció.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave, y el silencio que dejó fue de esos que tienen forma, que ocupan el espacio de algo que estuvo ahí y ya no está. Adrian permaneció inmóvil varios segundos, mirando la puerta y luego bajó la vista hacia su mano.
El caramelo reposaba en el centro de su palma, pequeño y brillante con su envoltura de papel plateado. Lo miró durante más tiempo del que habría sabido justificar. Había algo en ese objeto ridículo y sin importancia que le pesaba de una manera que no tenía explicación razonable. Lo cerró suavemente en el puño, respiró hondo y apartó los ojos.
Los rizos de Lily llegaron sin aviso. Ese cabello castaño y rebelde enmarcándole la cara, moviéndose cuando ella hablaba, cuando reía, cuando arrugaba la nariz para imitar su expresión de pensar. Adrian intentó apartar la imagen, pero no fue suficientemente rápido, porque detrás de ella vino otra.
Unos rizos distintos, más oscuros y más largos. Unos rizos que él había hundido entre los dedos una vez y había llamado fuego desordenado, creyendo que aquello era un cumplido y sin saber que estaba nombrando lo que lo consumiría.
Cerró los ojos un segundo y respiró. Acomodó sus cosas sobre el escritorio tal como Lily le había indicado, con una obediencia automática que lo habría avergonzado si alguien lo hubiera visto. Apagó la computadora mientras tomaba las carpetas y salió del despacho.
El estacionamiento estaba casi vacío a esa hora. Adrian caminaba sin prisa hacia la salida, con las manos en los bolsillos y la cabeza todavía en algún lugar entre el presente y los bordes de todo lo que no quería recordar.
Entonces la vio. A lo lejos, cerca de la salida lateral, Lily caminaba tomada de la mano de una mujer. La distancia era demasiada para distinguir un rostro, solo los contornos: una figura femenina, cabello recogido, la postura de alguien acostumbrado a moverse deprisa. La mujer abrió la puerta trasera del auto y Lily subió con un salto. El motor arrancó y el vehículo se alejó por el carril de salida hasta perderse en la calle.
Adrian se quedó quieto, mirando el punto donde el auto había estado. Sin saber exactamente por qué había dejado de caminar.
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Aquella noche intentó trabajar; no funcionó. Intentó leer; tampoco lo logró. Luego intentó dormir, que era lo que más necesitaba y lo que menos conseguía desde hacía años. Terminó acostado sobre la cama del hotel con los brazos cruzados debajo de la cabeza, mirando el techo blanco con la atención inútil de quien espera que el techo le diga algo. Y como siempre ocurría cuando bajaba la guardia, cuando el cansancio aflojaba las murallas que había construido con tanto cuidado…
Editado: 09.09.2026