Lo que quedó de nosotros

Capítulo doce: La música entiende

Cuando Adrian abrió la puerta de su oficina aquella mañana, el lugar estaba vacío y en silencio, como esperaba que estuviera y, para su sorpresa, eso le produjo dos sensaciones completamente opuestas que no supo cómo reconciliar.

La primera fue un alivio. Alivio porque significaba que no tendría que volver a explicar por qué una oficina en construcción no era el lugar adecuado para una niña. Ni verse frente a un caramelo de fresa extendido como si fuera un contrato vinculante.

La segunda sensación tardó más en nombrarse, pero estaba ahí, debajo del alivio, quieta y un poco incómoda: algo parecido a la decepción, y eso era irracional, así que dejó el maletín sobre el escritorio y negó con la cabeza; necesitaba trabajar.

☪︎ ִ ֶ֢࣪⋆

La mañana transcurrió con una eficiencia que agradeció. Pasó varias horas recorriendo la obra, verificando avances, revisando materiales, corrigiendo detalles menores que en otro proyecto habrían pasado desapercibidos, pero que en este, en un hospital donde cada espacio tenía que funcionar y también tenía que sentirse seguro, no podía permitirse ignorar.

—La cimentación estará terminada antes del viernes —comentó Alexis, inclinado sobre los planos con el bolígrafo en la mano.

—Eso nos adelanta casi una semana —dijo Adrian.

—Y nos ahorra un dolor de cabeza considerable.

—Milagrosamente.

Alexis levantó una mano en señal de advertencia.

—No digas eso muy fuerte. Vas a asustar a los trabajadores.

Ambos sonrieron. Siguieron hablando de presupuestos y fechas de entrega durante algunos minutos más, con esa concentración tranquila que tenían cuando el trabajo fluía bien y nadie necesitaba fingir que todo estaba bajo control porque de hecho lo estaba.

Hasta que Alexis empezó a guardar sus cosas.

—Por cierto —dijo, sin levantar la vista de la carpeta que cerraba—. ¿Qué pasó con tu fantasma?

Adrian levantó los ojos.

—¿Qué fantasma?

—El ladrón de lápices. —Alexis lo miró con una sonrisa de costado—. ¿Lo atrapaste?

—Ah. —La sonrisa apareció antes de que Adrian pudiera decidir si quería que apareciera—. Sí.

Alexis abrió los ojos con un interés genuino.

—¿En serio? ¿Y?

—Era una…

—¡Alexis! —Un encargado apareció por el corredor a paso rápido, señalando hacia el fondo de la obra—. Necesito que vea algo en el área norte; hay un problema con la viga.

Alexis soltó un suspiro largo y recogió el casco del escritorio.

—Luego me cuentas —le dijo a Adrian, y desapareció por el corredor antes de que pudiera añadir nada más.

☪︎ ִ ֶ֢࣪⋆

Adrian regresó a la oficina cerca del mediodía, con una carpeta de documentos bajo el brazo y la cabeza todavía en los números del presupuesto. Caminaba revisando una página mientras avanzaba por el pasillo, lo cual explicó perfectamente por qué no vio venir lo que tenía delante.

El golpe resonó en toda la entrada, mientras se llevaba una mano a la frente con un sonido que no fue elegante y parpadeó, intentando entender qué acababa de golpearle la cabeza.

Colgando atravesado en el marco de la puerta había una construcción elaborada hecha con cartulinas de varios colores, listones, una cantidad generosa de brillantina y estrellas dibujadas a mano con una energía que compensaba con creces la falta de precisión geométrica.

Adrian entrecerró los ojos y leyó.

AGENCIA DE BÚSQUEDA DE PAPÁS
PRIMER EMPLEADO: (preguntar su nombre)

Esta última parte estaba escrita con lápiz, en una letra más pequeña, como una nota añadida después.

Cerró los ojos, contó hasta tres esperando que no fuera real, pero al abrirlos, el cartel seguía ahí.

—Claro —murmuró, para nadie en particular.

Entró al despacho y miró a Lily, que estaba de espaldas a él, instalada en una diminuta silla que Adrian no recordaba haber visto antes y que probablemente había llegado de algún lugar del hospital por medios que prefería no investigar. Llevaba falda amarilla, calcetas de colores distintos en cada pie y una camiseta rosa con dibujos de planetas. Absolutamente nada combinaba entre sí y, de alguna manera que Adrian no supo explicarse, el conjunto funcionaba con una coherencia propia.

Tenía puestos unos audífonos que eran prácticamente del tamaño de su cabeza, y no se había dado cuenta de que él había entrado porque estaba completamente absorta en algo más urgente.

Estaba cantando.

Wish you were here…

Su voz llenó la habitación con la despreocupación absoluta de quien cree que está sola. Algunas palabras las pronunciaba perfectamente. Otras las aproximaba con buena voluntad. Algunas simplemente las reemplazaba por sonidos que tenían la melodía correcta, pero ninguna relación con la letra original.

We're just two lost souls swimmin' in a fish bowl… year after year…

La melodía era inconfundible; Pink Floyd y el corazón de Adrian dio un vuelco seco y sin aviso.

Aquella canción. Esa canción en particular, entre todas las que existían en el mundo. La había escuchado durante años como quien escucha algo que le pertenece, pero el recuerdo específico que guardaba de ella era uno solo: una noche en que se la había puesto a Claire por primera vez, esperando que ella dijera que no le gustaba ese tipo de música, y viéndola fingir durante veinte minutos que en efecto no le gustaba hasta que terminó aprendiéndose la letra completa sin admitir que lo había hecho.

Aquella canción hablaba exactamente de lo que se siente cuando algo que debería estar presente no está y ahora una niña con calcetines de colores la cantaba en medio de su oficina con una convicción que no necesitaba afinación para ser real.

La ironía era casi perfecta, pero cruel y hermosa al mismo tiempo, y Adrian todavía no sabía cuál de las dos cosas pesaba más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.