La mañana llegó con el sol entrando oblicuo por la ventana de la oficina, y Adrian ya estaba en su escritorio cuando escuchó el sonido inconfundible de pasos pequeños y decididos acercándose por el corredor. Los reconoció antes de verla, y eso lo inquietó más de lo que esperaba.
Lily empujó la puerta con las dos manos y entró con la energía de quien lleva horas esperando este momento y finalmente ha llegado. Llevaba una mochila con estampado de Scooby-Doo colgada de los hombros, una libreta verde apretada bajo el brazo y una expresión de absoluta determinación en el rostro.
—Llegaste temprano —anunció, plantándose frente al escritorio como si eso fuera un dato importante que debía registrarse.
—Es mi oficina —respondió Adrian, sin levantar los ojos del plano.
—También es la mía —dijo Lily, con la naturalidad de quien recita un hecho geográfico—. Pero hoy no vine a discutir eso.
Adrian levantó la vista y contuvo una risa. Ella ya había dejado la mochila sobre la silla pequeña y abría la libreta sobre el escritorio con una solemnidad que habría resultado imponente en alguien tres veces su tamaño. Dentro había algo escrito con letras grandes, irregulares y absolutamente convencidas de sí mismas.
—Vine a hacer el contrato —anunció, plantando una mano sobre la libreta como quien presenta un documento oficial.
Adrian dejó el bolígrafo.
—¿El contrato?
—Sí. —Lily asintió con energía—. Los negocios importantes necesitan contratos. Lo vi en una película.
—¿En cuál película? —preguntó él, porque, aunque fuera extraño, quería conocer más de esa pequeña que le había cambiado la vida en tan pocos días.
Ella frunció el ceño, pensando.
—Una donde había un señor con maletín y decía muchas palabras difíciles. —Hizo una pausa—. No entendí casi nada, pero los papeles se veían importantes.
Adrian miró la libreta y después a Lily. Ella tenía una habilidad para hacerlo sonreír que a veces él dudaba poder cumplir su parte del trato. Aun así, tomó aire y asintió.
—Está bien —dijo—. Veamos el contrato.
Lily giró la libreta hacia él con cuidado, casi con ceremonia, y Adrian la leyó. La letra era grande y algunos números estaban al revés, pero el contenido era perfectamente claro:
CONTRATO MUY IMPORTANTE
Parte 1: Yo, Lily (jefa)
Parte 2: El señor de la oficina (empleado)
Lo que hay que hacer: Él me ayuda a encontrar a mi papá
Yo le enseño a sonreír
Pago: dulces de fresa (los mejores)
Si no hay fresa hay de naranja
FIRMAS AQUÍ
Debajo había dos líneas dibujadas con regla, con una pequeña estrella al lado de cada una. Adrian no dijo nada durante un momento, y Lily lo observaba con la paciencia tensa de quien ha trabajado mucho en algo y espera el veredicto.
—Están bien los dulces de naranja, aunque sí quisiera que traigas de fresa porque son los mejores —dijo, tratando de darle seriedad al asunto, porque Lily lo miraba con los ojos más brillantes que le había visto nunca. Ella asintió con solemne alegría, pero su rostro cambió de inmediato cuando él añadió—. Sin embargo, hay un problema.
—¿Cuál?
—Dice "el señor de la oficina" —Señaló la línea con el dedo—. Eso no es un nombre.
Lily parpadeó. Luego una sonrisa enorme le iluminó la cara.
—¡Por eso vine! —Sacó un lápiz rojo de la mochila y lo dejó caer sobre el escritorio con un golpecito triunfal—. Dime tu nombre.
Adrian la miró y, por un segundo extraño, sintió el peso de esa pregunta de una manera que no anticipó: su nombre. El que había cambiado, el que llevaba cinco años siendo una construcción nueva sobre los escombros de lo que era antes, así que decidió decirlo sin apellidos.
—Adrian… —murmuró.
Lily asintió con seriedad y se puso a escribir, con la punta de la lengua entre los dientes y el lápiz moviéndose con una concentración absoluta.
A-D-R-I-A-N
Levantó la vista para verificar.
—¿Con i o con y griega?
—Con i latina.
—Ah, latina —repitió, satisfecha, como si acabara de tomar la decisión correcta—. La griega es difícil de hacer. —Al terminar, guardó el lápiz, tomó la libreta y la giró de nuevo hacia él—. Ahora firma.
Adrian tomó el bolígrafo, miró la línea con la estrella y firmó con su firma completa, la misma que usaba en contratos de millones, en documentos que cambiaban ciudades y estructuras y futuros.
Lily tomó la libreta, revisó la firma con ojo crítico y asintió.
—Ahora yo.
Firmó con una elaboración que le tomó casi un minuto, con florituras que no guardaban relación alguna con las letras de su nombre, pero que tenían una energía indiscutible.
—Listo. —Cerró la libreta de un golpe y la guardó en la mochila con el cuidado de quien archiva algo valioso—. Ahora eres oficial.
—Gracias —dijo Adrian, con una seriedad que era completamente genuina.
—De nada. —Lily se subió a la silla pequeña de un salto—. Ah, y el letrero necesita tu nombre.
Adrian miró hacia la puerta, donde el cartel de cartulina y brillantina seguía colgado con la línea en blanco.
—¿Tienes el lápiz?
Lily lo sacó de la mochila y se lo extendió. Cuando Adrian lo tomó, se quedó mirándolo un instante: ese lápiz era suyo. Levantó la vista hacia ella, que no entendía el motivo de su expresión, hasta que él se lo mostró y a Lily se le abrieron los ojos como platos: la había atrapado con las manos en la masa.
—Mmm... ese pinta bonito —dijo con una inocencia teñida de culpa, pero enseguida su expresión cambió a una de astucia—. Ah, pero ahora que trabajamos juntos, lo tuyo es mío y lo mío también puede ser tuyo.
Editado: 09.09.2026