Lo que quedó de nosotros

Capítulo catorce: Las pistas de Lily

El martes llegó con nubes bajas y el olor a tierra mojada colándose por las ventanas abiertas de la obra. Adrian llegó a la oficina antes que Lily. Eso ya era una costumbre sin que nadie la hubiera establecido, y era la primera vez en mucho tiempo que algo funcionaba así, con esa normalidad silenciosa de las cosas que simplemente ocurren sin que uno las planifique.

Dejó el maletín sobre el escritorio, encendió la computadora y se quedó mirando la pantalla durante un momento que se extendió más de lo previsto. Había una carpeta nueva en el escritorio del ordenador. La había creado la noche anterior en el hotel, tarde, con el café ya frío y la certeza incómoda de que no iba a dormir en un rato. La había llamado simplemente música, y dentro tenía canciones que no había escuchado en años, canciones que pertenecían a otra época de su vida, a otra versión de él mismo que todavía sabía disfrutar de cosas. La cerró sin abrirla, la volvió a abrir y la cerró de nuevo, hasta que escuchó los pasos en el corredor. Ya no los confundía con nada. Tenían un ritmo propio, decidido y ligeramente irregular, como alguien que camina deprisa pero se distrae en el camino.

La puerta se abrió y Lily entró con su mochila de siempre, el cabello más revuelto que de costumbre y algo adicional que Adrian tardó un segundo en identificar: una pecera pequeña, redonda, sostenida con las dos manos y la concentración absoluta de quien transporta algo de valor incalculable. El agua se movía con cada paso y, dentro, un pez naranja y blanco navegaba con la indiferencia elegante de quien no ha sido consultado sobre el traslado.

Lily llegó hasta el escritorio, depositó la pecera con un cuidado que habría enternecido a cualquiera y se limpió las manos en la falda.

—Te presento a Teddy —anunció, señalándolo con sus dos manitas abiertas, con esa solemnidad de las presentadoras de circo que Adrian no esperaba y que lo hizo parpadear. Miró la pecera. Nunca había tenido una mascota, y aunque la hubiera tenido, no se le habría ocurrido un pez: solo los miras, ni siquiera puedes tocarlos.

—¿Trajiste un pez a la oficina? —soltó, sin disimular del todo el desagrado.

—A nuestra oficina —corrigió ella, sin perder la formalidad, enderezando la espalda—. Y sí. Teddy necesita conocer su nuevo lugar de trabajo.

—¿Y qué hará Teddy?

—Teddy es el asistente. —Lily se subió a su silla y acomodó la pecera en el extremo del escritorio que consideraba suyo, ajustando su posición con pequeñas correcciones hasta quedar satisfecha—. Todos los detectives importantes tienen asistentes.

—No creo que un pez pueda ser asistente —refutó Adrian, cruzando los brazos.

Lily lo miró con una paciencia que empezaba a tener bordes.

—Scooby-Doo era un perro y era el mejor detective del mundo —decretó.

—Scooby-Doo tenía miedo de todo —contraatacó él.

—Pero siempre aparecía cuando importaba. —Levantó un dedo con autoridad—. Eso es lo que hace un buen asistente.

Adrian, sin más argumentos, miró a Teddy, que en ese momento nadaba en círculos con una expresión que, de tener expresión, habría sido de completa indiferencia ante el debate.

—¿Y por qué se llama Teddy? —preguntó después de observarlo unos segundos. Seguía convencido de que un pez era la peor mascota posible.

Lily consideró la pregunta como si evaluara cuánta información compartir, girando levemente en su silla.

—Porque en mi último cumpleaños quería un oso de peluche, pero mi mamá dijo que era alérgica al relleno —explicó, y sus ojos se fueron un momento hacia algún punto lejano, recordando—. Así que me dieron un pez y le puse el nombre que le iba a poner al oso. Aunque después me dijo que los peces son más fáciles de cuidar que los osos, pero los osos no necesitan agua, así que no entendí muy bien.

—Tiene cierta lógica —reconoció Adrian.

—Eso mismo dije yo. —Lily abrió su libreta de golpe—. Bueno, hoy empezamos con las pistas.

—Espera, siéntate primero —indicó Adrian, levantando una mano.

Lily frunció el ceño, pero obedeció, subiéndose a su silla con el impulso habitual y acomodando la mochila a sus pies con un pequeño golpe.

—¿Qué pasa?

—Antes de las pistas —dijo Adrian, y notó que sus propias palabras salieron con una incomodidad que no había planeado mostrar—, yo también traje algo.

—¿Qué trajiste? —preguntó Lily, inclinando la cabeza con esa expresión suya de cuando algo la tomaba completamente por sorpresa, pero no quería que se notara demasiado.

Adrian giró la pantalla de la computadora hacia ella.

—Música —respondió.

El silencio que siguió duró exactamente un segundo antes de que Lily se iluminara de una manera que no tenía nada de pequeño.

—¡Yo también traigo música! —exclamó, señalando la mochila con entusiasmo.

—Lo sé —respondió Adrian, mirando la pantalla—. Pero hoy quería traer yo.

No supo explicar por qué lo había hecho. La noche anterior, mientras creaba la carpeta y buscaba canciones con la misma concentración con que revisaba especificaciones técnicas, se había dicho a sí mismo que era simplemente una manera de contribuir al intercambio, que Lily siempre traía cosas y que era razonable corresponder, pero la verdad era más simple y más difícil al mismo tiempo: la última persona con quien había compartido música ya no estaba y, aunque le dolía, algo en el tiempo con Lily lo había llevado hacia eso de manera tan gradual y tan natural que ya no dolía de la misma manera y, sin percatarse, estaba creando la carpeta a las once de la noche con el café frío.

—Empecemos por algo para ti —murmuró, abriendo la carpeta.

Lily se bajó de la silla de un salto y se acercó al escritorio, poniéndose de puntillas para ver mejor la pantalla, con los dedos aferrados al borde de la mesa.

—¿Para mí? —preguntó, con los ojos enormes brillando de emoción.

—Para tu edad, sí —confirmó Adrian, y le dio al play.




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