Lo que quedó de nosotros

Capítulo quince: Lo que el destino no avisa

El sábado Claire no fue a la clínica. Eso, por sí solo, ya era suficiente para que Lily supiera que algo no estaba bien. Su mamá siempre iba a trabajar. Los sábados, los domingos, los días festivos, los días en que llovía tanto que el paraguas no servía de nada. La clínica era una extensión de Claire de la misma manera en que la mochila de Scooby-Doo era una extensión de Lily: simplemente estaba ahí, siempre, sin que nadie lo cuestionara. Sin embargo, ese día Claire se quedó en cama.

Lily lo descubrió cuando bajó a buscarla para el desayuno y encontró la cocina vacía, en silencio, con esa quietud rara de las mañanas en que falta algo, y el café sin hacer, que era la señal más grave posible. Subió las escaleras con los calcetines resbalando en cada peldaño, empujó la puerta del cuarto con las dos manos y encontró a su mamá acostada de lado, con el edredón hasta la barbilla y una palidez que Lily no le había visto antes. Se acercó despacio y puso la mano en su frente, imitando exactamente lo que había visto hacer a Claire miles de veces con ella.

—Mami, estás caliente —diagnosticó, con la seriedad de quien acaba de confirmar algo importante.

Claire abrió los ojos apenas y la miró con esa expresión de cansancio que no era el cansancio de haber dormido poco, sino otro más profundo, uno que se le notaba hasta en la forma en que le costaba sostener los párpados abiertos.

—Estoy bien, cariño —murmuró.

—No es cierto —refutó Lily, sin moverse—. Tienes la frente caliente y no hiciste el café —hizo una pausa, mirándola con la misma seriedad que había aprendido observando a su madre—. Eso es muy grave.

Claire intentó sonreír y no le salió del todo; realmente no se sentía bien, así que se dejó hacer todo lo que su hija pedía. Lily pasó el día entero a su lado. Le llevó agua en el vaso con la tapa azul que era el favorito de su mamá. Le buscó la cobija del sillón porque dijo que tenía frío. Le puso la televisión en el canal que a Claire le gustaba, aunque a Lily le parecía aburrido. Y cada dos horas, con la puntualidad rigurosa de quien ha visto hacer esto muchas veces, volvía a poner la mano en su frente para verificar la temperatura.

—¿Cómo sabes hacer todo eso? —preguntó Claire en algún momento de la tarde, mirándola desde la almohada.

Lily se encogió de hombros con la naturalidad de quien responde algo evidente.

—Lo aprendí de ti.

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El domingo amaneció con la luz filtrándose en franjas suaves por las cortinas del cuarto de Claire, y con Lily ya despierta, sentada en el borde de la cama, observando a su mamá dormir con la concentración seria de un médico de guardia.

Claire abrió los ojos y la encontró ahí.

—¿Llevas mucho tiempo mirándome? —preguntó, con la voz todavía ronca.

—Un rato —admitió Lily—. Para ver si respirabas bien.

Claire se incorporó despacio, apoyándose en el cabecero. Todavía no estaba del todo bien, lo sabía, pero algo había cedido durante la noche y el peso en el pecho era menos de lo que había sido el día anterior.

—¿Y? —preguntó, con una pequeña sonrisa que apenas llegó a sus ojos.

—Respirabas bien —confirmó Lily—. Pero te vi muy mala ayer, mami.

—Ya estoy mejor.

—¿Segura? —Lily inclinó la cabeza hacia un lado, con los ojos entrecerrados de una manera que recordaba inquietantemente a Daniel cuando dudaba de algo que alguien le decía.

—Segura —respondió Claire.

Lily no se movió de inmediato. Se quedó en el borde de la cama con las manos sobre las rodillas, mirando a su mamá con esa expresión suya de cuando estaba procesando algo que todavía no sabía cómo decir.

—¿Te vas a morir? —preguntó al fin, con una voz más pequeña que de costumbre.

Claire sintió el golpe limpio de esa pregunta en algún lugar donde había guardado la misma pregunta que ella se hizo tiempo atrás. Se incorporó un poco más y le hizo un gesto a Lily para que se acercara. La pequeña trepó a la cama y se acomodó a su lado, con los rizos todavía revueltos del sueño y los calcetines de dos colores distintos, porque eso era Lily, siempre.

—No me voy a morir —dijo Claire, con una voz que salió más entera de lo que esperaba.

—¿Cómo sabes?

—Porque estoy aquí contigo.

Lily consideró esto.

—Pero ayer estabas muy mal —insistió, sin apartar los ojos de su mamá—. Y yo no sé qué haría si te fueras —lo dijo con una sencillez que era peor que el llanto, porque no pedía nada, solo enunciaba una verdad que llevaba tiempo cargando en algún lugar—. No quiero quedarme solita.

Claire le rodeó los hombros con un brazo y la acercó, hundiendo la nariz un instante en su cabello despeinado.

—No vas a quedarte sola —murmuró contra su cabello—. Nunca.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Lily se quedó quieta un momento dentro de ese abrazo. Luego levantó la cara hacia su mamá.

—Nadie debe estar solo —dijo, con esa convicción suya de las cosas que ha decidido que son verdades absolutas—. Tú siempre dices eso.

—Sí —concordó Claire—. Siempre lo digo.

Lily se incorporó de golpe, con los ojos repentinamente brillantes; algo se le había ocurrido. Claire lo supo enseguida, apenas le vio esa cara.

—Mami, ¿puedo regalar a Teddy?

Claire parpadeó ante el cambio de rumbo.

—¿Regalarlo?

—A alguien que está solo. —Lily lo dijo con la seriedad de quien ha tomado una decisión después de mucho pensarlo—. Y nadie debe estar solo...

Claire la miró sin entender del todo, pero tampoco tenía la cabeza suficientemente despejada para seguir el hilo completo de la lógica de Lily a esta hora de la mañana.

—¿Y quién es esa persona? —preguntó.

Lily abrió la boca.

—Es mi emple... —comenzó.

El teléfono de Claire vibró sobre la mesita de noche con una insistencia que no admitía ignorarse. Ella lo miró, vio el nombre en pantalla y supo de inmediato que era la emergencia que llevaba toda la mañana temiendo.




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