Lo que quedó de nosotros

Capítulo diecisiete: Lo que el silencio no pudo enterrar

Claire salió de la sala de reuniones antes de que alguien pudiera detenerla. No fue algo que decidiera; solo sus pies se movieron, como ocurre cuando el cuerpo entiende algo antes que la mente y actúa por cuenta propia, sin consultar, sin esperar instrucciones. El corredor pasó a su alrededor como si fuera ella quien estuviera girando y no el mundo, y caminó deprisa, con la carpeta apretada contra el pecho como si fuera lo único que la mantenía entera.

Detrás de ella escuchó la voz de Daniel llamando a una enfermera; aun así, no se detuvo.

Empujó la puerta de su despacho, entró y el primer objeto que encontró fue su bolso. Lo tomó de la silla con un movimiento brusco y empezó a meter cosas dentro con la urgencia irreflexiva de quien actúa desde el miedo y no desde el pensamiento: el estetoscopio, la agenda, las carpetas de la mesa. Cosas que no necesitaba, cosas que no tenía ningún sentido llevarse, pero sus manos seguían moviéndose porque si se detenían tendría que pensar, y si pensaba tendría que procesar lo que acababa de ver.

Adrian estaba aquí. En este hospital. En esta ciudad.

El pensamiento aterrizó completo, sin piedad, y sus manos empezaron a temblar sobre el escritorio.

Abrió el cajón de arriba, sacó las llaves del auto y las dejó caer. Las recogió. Empezó a revisar el cajón de abajo sin saber qué buscaba. Su cabeza era ruido puro, un zumbido constante y sin forma que lo llenaba todo y no dejaba espacio para ningún pensamiento completo, hasta que recordó a Lily. El nombre llegó de golpe, con la claridad brutal de las cosas verdaderamente importantes, y con él llegó el terror en su forma más limpia: no el miedo difuso de los últimos cinco años, sino uno concreto, con nombre y dirección.

Tenía que ir por Lily... Tenía que sacarla de aquí antes de que él la viera, antes de que algo ocurriera, antes de que el mundo que había construido durante cinco años con tanto cuidado y tanto sacrificio empezara a derrumbarse en un pasillo de hospital.

—Claire... —la llamó Daniel desde el umbral de la puerta, pero ella no lo escuchó. Siguió metiendo cosas en el bolso con movimientos que ya no tenían ningún orden.

—Lily —dijo en voz alta, más para sí misma que para él—. Tengo que ir por Lily. Llevarla lejos, que no lo vea, que no...

—Claire, cálmate —intentó Daniel, acercándose despacio, sin comprender aún qué estaba ocurriendo con ella. Entró al despacho y cerró la puerta detrás de él.

Ella no se detuvo. Las manos seguían moviéndose sobre el escritorio, abriendo cajones que ya había abierto, moviendo cosas que ya había movido.

—Claire. —Esta vez la voz de Daniel fue más firme.

—No me toques —murmuró ella, aunque él todavía no la había tocado.

—No te estoy tocando. —Se detuvo a un metro de distancia, con las manos abiertas a los costados, como quien se aproxima a un animal asustado—. Mírame.

—Tengo que irme. —Su voz sonó extraña, demasiado alta para el tamaño del cuarto—. Tengo que buscar a Lily y llevarla...

—Lily está con la señorita Nora —la interrumpió Daniel, con esa calma suya que no era indiferencia, sino control—. Está bien y está a salvo —lo aseguró con firmeza, porque solo una vez en su vida había visto ese miedo específico en los ojos de Claire, el que aparecía únicamente cuando se trataba de su hija.

—No lo entiendes… —Claire soltó el bolso sobre el escritorio y se pasó las manos por el cabello, dio un paso hacia la ventana y luego otro hacia atrás, sin llegar a ningún lado—. No puedes entender lo que... —No lograba formar oraciones completas. Sentía el pecho arder y el aire entrar en sorbos cortos, insuficientes, como si alguien hubiera estrechado el conducto por el que respiraba.

—Claire. —Daniel se interpuso entre ella y el escritorio, no para bloquearle el paso, sino para obligarla a mirarlo—. Para.

—No puedo parar. —La voz se le quebró en la última sílaba—. No puedo quedarme aquí, Daniel. No puedo estar en el mismo lugar que...

—Respira, por favor —le pidió, igual que aquella vez, cinco años atrás.

Y sin embargo no era igual. Aquella noche Claire había llegado a su departamento con una idea firme, con una decisión ya tomada. Hoy no estaba pensando con claridad en absoluto. Lo único idéntico era lo que le vio en el rostro: el terror puro de perder a su hija.

—¡No me pidas que respire! —La voz le subió de golpe, con una fuerza que la sorprendió a ella misma—. ¡Llevaba cinco años sin...! —Se detuvo mientras cerraba los ojos y apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula—. Llevaba cinco años —repitió, más bajo, con la voz de quien ha perdido el control, lo sabe y no puede remediarlo—. Cinco años, Daniel.

Él no respondió de inmediato. Solo la observaba con esa atención suya de médico que registra todo sin que parezca que lo hace, y Claire vio el momento exacto en que algo cambió en su expresión: cuando dejó de intentar calmarla y empezó a evaluarla de otra manera.

—Siéntate —ordenó.

—No quiero sentarme, quiero irme…

—Y nos vamos a ir. Pero primero déjame revisarte. —Se acercó despacio, la tomó con suavidad del brazo y la guio hacia la silla.

Claire fue, porque sus piernas decidieron que ya no tenían argumentos para seguir de pie.

Se sentó. Las manos le temblaban sobre las rodillas y se quedó mirándolas como si pertenecieran a otra persona. Nada de la Claire que se había construido con los años, pieza por pieza, existía ya en esas manos. Después volteó hacia la puerta, con el corazón golpeándole las costillas, creyendo que en cualquier momento él entraría por ahí.

Daniel se arrodilló frente a ella, a su altura, con la expresión de quien ha visto a alguien al borde de algo y sabe exactamente lo que hay que hacer.

—No va a entrar. Yo estoy aquí —dijo, y le tomó las manos, que no dejaban de temblar—. Pero necesito que me digas una cosa: ¿cuándo fue la última vez que comiste algo?

Aunque Daniel no sabía nada con exactitud, la conocía desde hacía demasiado tiempo como para no intuir a quién se refería. Pero en ese momento su prioridad era otra, así que le habló con la voz tranquila y medida de su médico.




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