Lo que quedó entre líneas: Inevitablemente Tú

3. La candidata elegida

~‎HENRY~

—No voy a casarme solo porque ustedes lo decidieron.

‎Mi voz sonó más fría de lo normal dentro del despacho de mi padre.

‎Pero honestamente ya estaba cansado.

‎Cansado de reuniones disfrazadas de “conversaciones familiares”.

‎Cansado de que trataran mi vida como otra expansión empresarial.

‎Mi padre ni siquiera levantó la vista del documento que estaba leyendo.

‎—Sí vas a hacerlo.

‎Dios.

‎Mi madre suspiró apenas desde el sofá.

‎—Henry, no estamos hablando de un capricho. Tu apellido necesita estabilidad pública.

‎—Mi empresa ya tiene estabilidad pública.

‎—No hablamos de la empresa.

‎Claro que hablaban de la empresa.

‎Siempre era sobre eso.

‎Imagen.

‎Poder.

‎Influencia.

‎Me serví whisky lentamente intentando no perder la paciencia mientras mi padre finalmente cerraba la carpeta sobre el escritorio.

‎—Tu reputación no ayuda.

‎Solté una risa seca.

‎—¿Mi reputación?

‎—Eres demasiado frío. Demasiado inaccesible. La prensa lleva años preguntándose si eres siquiera capaz de establecer relaciones humanas normales.

‎—Qué tragedia.

‎Mi madre me sostuvo la mirada unos segundos antes de hablar con más calma.

‎—Necesitas una esposa adecuada.

‎Adecuada.

‎Otra palabra horrible.

‎—¿Y ya eligieron también a esa “esposa adecuada”?

‎Silencio.

‎Eso fue suficiente respuesta.

‎Increíble.

‎Mi padre deslizó finalmente una carpeta hacia mí sobre el escritorio.

‎—Hay varias opciones razonables.

‎No quería abrirla.

‎Y aun así lo hice.

‎Apellidos importantes.

‎Familias influyentes.

‎Fotografías perfectamente cuidadas.

‎Mujeres elegantes preparadas básicamente para convertirse en alianzas corporativas con tacones caros.

‎Nada nuevo.

‎Pasé varias páginas sin verdadero interés hasta que vi un apellido conocido.

‎Katsar.

‎Fruncí apenas el ceño.

‎—¿La heredera Katsar?

‎Mi madre asintió lentamente.

‎—Anika Katsar es probablemente la opción más conveniente.

‎Conveniente.

‎Dios.

‎Miré la fotografía unos segundos más.

‎Elegante.

‎Perfectamente compuesta.

‎Demasiado tranquila para alguien de su edad.

‎Y... demasiado joven.

‎Levanté inmediatamente la vista hacia mis padres.

‎—¿Cuántos años tiene?

‎—Los suficientes.

‎—No pregunté eso.

‎Mi padre me sostuvo la mirada con absoluta calma.

‎—Es adulta, Henry.

‎Apreté apenas la mandíbula, porque sí, era adulta, pero aun así… se veía demasiado joven dentro de aquella fotografía, demasiado pequeña para toda esa negociación absurda disfrazada de matrimonio.

‎—Esto es ridículo.

‎Mi madre dejó lentamente su taza sobre la mesa.

‎—Anika no es una niña frágil.

‎—Nunca dije eso.

‎—Entonces deja de actuar como si la estuvieran obligando a algo que no entiende.

‎Silencio.

‎Bajé la mirada otra vez hacia la carpeta.

‎Excelente formación académica.

‎Participación temprana en la empresa familiar.

‎Reputación impecable.

‎Y entonces algo llamó mi atención.

‎“No se le conocen relaciones públicas importantes.”

‎Interesante.

‎—¿Ella quiere esto? —pregunté finalmente cerrando la carpeta.

‎Mis padres intercambiaron una mirada breve.

‎Respuesta suficiente otra vez.

‎Claro.

‎Probablemente la estaban obligando igual que a mí.

‎Solté una respiración lenta apoyándome contra el sillón.

‎—Entonces básicamente quieren que dos personas emocionalmente indisponibles formen un matrimonio corporativo funcional.

‎—Queremos un acuerdo estable —corrigió mi padre.

‎Lo miré unos segundos sin responder.

‎Después volví la vista lentamente hacia la fotografía dentro de la carpeta.

‎Anika Katsar seguía viéndose demasiado tranquila para alguien cuya vida estaba siendo discutida en una oficina ajena.

‎Y honestamente… entendí algo incómodo casi de inmediato.

‎Esa expresión no era tranquilidad real.

‎Era control.

‎El mismo tipo de control que yo llevaba años perfeccionando.

‎Cerré la carpeta lentamente.

‎—Esto va a ser un desastre.

‎Mi madre soltó una pequeña exhalación cansada.

‎—O va a funcionar precisamente porque ninguno de los dos espera amor.

‎Silencio.

‎No respondí inmediatamente.

‎Porque esa era probablemente la primera cosa honesta que escuchaba en toda la noche.

‎Ninguno esperaba amor.

‎Ni cuentos románticos.

‎Ni felicidad absurda.

‎Solo un acuerdo limpio.

‎Ordenado.

‎Profesional.

‎Y por alguna razón… la idea de que Anika Katsar tampoco quisiera pertenecer emocionalmente a alguien me resultó extrañamente tranquilizadora.

‎Apoyé finalmente la espalda contra el sillón mirando el techo unos segundos.

‎—Bien.

‎Mis padres guardaron silencio inmediatamente.

‎—La conoceré.

‎Mi madre me observó con atención.

‎—¿Eso es un sí?

‎Tomé otra vez la carpeta antes de responder.

‎—Eso es un “quiero ver quién demonios acepta casarse conmigo sin salir corriendo”.




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