~HENRY~
—No voy a casarme solo porque ustedes lo decidieron.
Mi voz sonó más fría de lo normal dentro del despacho de mi padre.
Pero honestamente ya estaba cansado.
Cansado de reuniones disfrazadas de “conversaciones familiares”.
Cansado de que trataran mi vida como otra expansión empresarial.
Mi padre ni siquiera levantó la vista del documento que estaba leyendo.
—Sí vas a hacerlo.
Dios.
Mi madre suspiró apenas desde el sofá.
—Henry, no estamos hablando de un capricho. Tu apellido necesita estabilidad pública.
—Mi empresa ya tiene estabilidad pública.
—No hablamos de la empresa.
Claro que hablaban de la empresa.
Siempre era sobre eso.
Imagen.
Poder.
Influencia.
Me serví whisky lentamente intentando no perder la paciencia mientras mi padre finalmente cerraba la carpeta sobre el escritorio.
—Tu reputación no ayuda.
Solté una risa seca.
—¿Mi reputación?
—Eres demasiado frío. Demasiado inaccesible. La prensa lleva años preguntándose si eres siquiera capaz de establecer relaciones humanas normales.
—Qué tragedia.
Mi madre me sostuvo la mirada unos segundos antes de hablar con más calma.
—Necesitas una esposa adecuada.
Adecuada.
Otra palabra horrible.
—¿Y ya eligieron también a esa “esposa adecuada”?
Silencio.
Eso fue suficiente respuesta.
Increíble.
Mi padre deslizó finalmente una carpeta hacia mí sobre el escritorio.
—Hay varias opciones razonables.
No quería abrirla.
Y aun así lo hice.
Apellidos importantes.
Familias influyentes.
Fotografías perfectamente cuidadas.
Mujeres elegantes preparadas básicamente para convertirse en alianzas corporativas con tacones caros.
Nada nuevo.
Pasé varias páginas sin verdadero interés hasta que vi un apellido conocido.
Katsar.
Fruncí apenas el ceño.
—¿La heredera Katsar?
Mi madre asintió lentamente.
—Anika Katsar es probablemente la opción más conveniente.
Conveniente.
Dios.
Miré la fotografía unos segundos más.
Elegante.
Perfectamente compuesta.
Demasiado tranquila para alguien de su edad.
Y... demasiado joven.
Levanté inmediatamente la vista hacia mis padres.
—¿Cuántos años tiene?
—Los suficientes.
—No pregunté eso.
Mi padre me sostuvo la mirada con absoluta calma.
—Es adulta, Henry.
Apreté apenas la mandíbula, porque sí, era adulta, pero aun así… se veía demasiado joven dentro de aquella fotografía, demasiado pequeña para toda esa negociación absurda disfrazada de matrimonio.
—Esto es ridículo.
Mi madre dejó lentamente su taza sobre la mesa.
—Anika no es una niña frágil.
—Nunca dije eso.
—Entonces deja de actuar como si la estuvieran obligando a algo que no entiende.
Silencio.
Bajé la mirada otra vez hacia la carpeta.
Excelente formación académica.
Participación temprana en la empresa familiar.
Reputación impecable.
Y entonces algo llamó mi atención.
“No se le conocen relaciones públicas importantes.”
Interesante.
—¿Ella quiere esto? —pregunté finalmente cerrando la carpeta.
Mis padres intercambiaron una mirada breve.
Respuesta suficiente otra vez.
Claro.
Probablemente la estaban obligando igual que a mí.
Solté una respiración lenta apoyándome contra el sillón.
—Entonces básicamente quieren que dos personas emocionalmente indisponibles formen un matrimonio corporativo funcional.
—Queremos un acuerdo estable —corrigió mi padre.
Lo miré unos segundos sin responder.
Después volví la vista lentamente hacia la fotografía dentro de la carpeta.
Anika Katsar seguía viéndose demasiado tranquila para alguien cuya vida estaba siendo discutida en una oficina ajena.
Y honestamente… entendí algo incómodo casi de inmediato.
Esa expresión no era tranquilidad real.
Era control.
El mismo tipo de control que yo llevaba años perfeccionando.
Cerré la carpeta lentamente.
—Esto va a ser un desastre.
Mi madre soltó una pequeña exhalación cansada.
—O va a funcionar precisamente porque ninguno de los dos espera amor.
Silencio.
No respondí inmediatamente.
Porque esa era probablemente la primera cosa honesta que escuchaba en toda la noche.
Ninguno esperaba amor.
Ni cuentos románticos.
Ni felicidad absurda.
Solo un acuerdo limpio.
Ordenado.
Profesional.
Y por alguna razón… la idea de que Anika Katsar tampoco quisiera pertenecer emocionalmente a alguien me resultó extrañamente tranquilizadora.
Apoyé finalmente la espalda contra el sillón mirando el techo unos segundos.
—Bien.
Mis padres guardaron silencio inmediatamente.
—La conoceré.
Mi madre me observó con atención.
—¿Eso es un sí?
Tomé otra vez la carpeta antes de responder.
—Eso es un “quiero ver quién demonios acepta casarse conmigo sin salir corriendo”.