Minutos antes del capítulo 0.
~ANIKA~
Nunca había sentido tan pesado el picaporte de una puerta.
Ridículo.
Era solo una oficina.
Solo una reunión.
Solo el hombre con quien probablemente terminaría casándome.
Respiré lento intentando ignorar el sonido amortiguado de voces al otro lado de la sala ejecutiva.
Henry Caldwell ya estaba ahí.
Esperándome.
Dios.
Mis dedos se cerraron un poco más alrededor de la carpeta que sostenía contra el pecho mientras una asistente terminaba de acomodar algo cerca de mí.
—¿Se encuentra bien, señorita Katsar?
Asentí inmediatamente.
Por reflejo.
Porque claro que debía verme bien.
Era Anika Katsar.
Las herederas como yo no temblaban antes de reuniones importantes.
No dudaban.
No parecían nerviosas.
Aunque por dentro estuvieran completamente agotadas.
Miré apenas mi reflejo en el cristal lateral del pasillo.
Perfecta.
Cabello impecable. Casi. Ese mechón molesto y su rebeldía, siempre fuera de lugar.
Postura recta.
Expresión tranquila.
La versión de mí que el mundo esperaba ver.
Y honestamente eso hacía todo peor.
Porque no quería estar ahí.
No quería conocer al hombre elegido estratégicamente para convertirse en mi esposo.
Pero tampoco tenía demasiadas opciones.
Mi familia necesitaba estabilidad.
La empresa necesitaba alianzas.
Y yo… yo solo estaba cansada de pelear contra decisiones ya tomadas.
Había leído sobre ti demasiadas veces durante las últimas semanas.
Frío.
Inteligente.
Difícil de leer.
Algunos artículos incluso te llamaban despiadado.
Perfecto.
Porque honestamente lo último que necesitaba era un hombre intentando enamorarme.
No quería romance.
No quería falsas promesas.
No quería volver a depender emocionalmente de alguien.
Solo quería un acuerdo claro.
Y tú parecías exactamente el tipo de hombre capaz de mantenerlo así.
Profesional.
Distante.
Ordenado.
Casi tranquilizador.
La asistente abrió finalmente la puerta de la oficina.
Y por un segundo absurdamente pequeño… quise irme.
Solo girar.
Salir del edificio.
Desaparecer antes de que mi vida cambiara, otra vez.
Pero no lo hice.
Porque la heredera Katsar no huía, aunque tuvieran miedo.
Respiré una vez más.
Y entonces entré, a conocerte.