~ANIKA~
No lloré.
Creo que todos esperaban eso de mí.
Una pequeña crisis.
Dudas de último momento.
Algún tipo de escena emocional antes de caminar hacia un matrimonio que jamás pedí.
Pero las heredera Katsar no hacía escenas.
Así que me quedé sentada frente al espejo mientras acomodaban el velo sobre mi cabello y fingí que mi vida no estaba cambiando completamente esa mañana.
—Te ves hermosa.
Mi madre lo dijo suave detrás de mí.
Sonreí apenas por educación mirando mi reflejo.
Hermosa.
Sí.
Perfectamente presentada para una boda privada que nadie conocería todavía.
Porque aquello también formaba parte del acuerdo.
El matrimonio existiría legalmente…
pero no públicamente.
No todavía.
Las familias necesitaban tiempo para controlar cómo y cuándo anunciarlo.
Conveniencia.
Estrategia.
Imagen.
Siempre lo mismo.
Bajé la mirada hacia mis manos descansando sobre mi vestido.
Vacías.
Sin anillo.
Porque Henry y yo estuvimos de acuerdo en algo incluso antes de conocernos realmente:
no queríamos fingir algo que todavía no existía.
Un anillo parecía demasiado íntimo.
Demasiado personal.
Como si implicara una promesa emocional que ninguno estaba preparado para dar.
Así que habría matrimonio.
Documentos.
Apellidos compartidos.
Pero no símbolos.
Eso me tranquilizaba un poco.
Porque significaba que él tampoco quería convertir aquello en una mentira romántica.
Respiré lento cuando finalmente me quedé sola en la habitación.
Silencio.
Solo yo.
Y el peso absurdo de todo encima del pecho.
Me pregunté cómo serías realmente.
La prensa te describía como frío.
Difícil.
Intimidante.
Perfecto.
Porque honestamente lo último que necesitaba era un hombre intentando enamorarme.
Solo quería sobrevivir aquello con dignidad.
Caminar dentro de ese matrimonio sin romperme más de lo que ya estaba.
Cuando finalmente llegó el momento de salir hacia la pequeña capilla privada... tuve miedo.
No del matrimonio exactamente, sino de desaparecer dentro de él, de convertirme únicamente en “la esposa de Henry Caldwell”.
Dios.
Las puertas se abrieron lentamente.
Y entonces te vi esperándome al frente.
Alto.
Impecable.
Serio.
Pero no cruel.
Eso fue lo primero que noté realmente de ti.
No parecías feliz de estar ahí.
Pero tampoco parecías disfrutar mi incomodidad.
Extrañamente… eso hizo todo más fácil.
Caminé hacia ti intentando mantener la calma mientras el silencio llenaba la capilla.
Cuando finalmente quedé frente a frente contigo… levantaste apenas la vista hacia mí.
Y por un segundo absurdamente pequeño… sentí que ambos estábamos pensando exactamente lo mismo.
No queremos esto... pero tampoco vamos a destruirnos mutuamente.