~HENRY~
Escuché el ruido desde el pasillo.
Algo cayó. Vidrio, probablemente.
Cuando entré a la sala lateral, te encontré arrodillada frente a una de las mesas bajas, intentando recoger el desastre por tu cuenta.
El florero estaba roto en el suelo y una de las piezas te había cortado la mano.
—No lo toques así —dije al instante.
Levantaste la vista apenas, no parecías asustada, solo… molesta contigo misma.
—Ya casi termino.
La sangre corría lentamente por tus dedos.
Me acerqué.
—Déjalo. Llamaré a alguien.
—No hace falta.
Tomaste otro trozo de vidrio antes de que pudiera detenerte.
—Anika.
Ahí sí levantaste la mirada y vi algo en ti que ya empezaba a reconocer: esa necesidad absurda de resolverlo todo sola antes de permitir que alguien se acercara demasiado.
—Solo es un corte —dijiste.
—Y sigues tocando vidrio roto.
Suspiraste, como si yo fuera el problema real de la situación.
Me incliné para quitarte los pedazos de la mano, pero apartaste los dedos primero, no brusco, instintivo.
—Puedo hacerlo sola.
La frase quedó entre nosotros un segundo.
Luego te pusiste de pie, sujetándote la mano herida con la otra.
—No necesitas resolver cada cosa que me pase.
—No estoy intentando resolverte —respondí.
Soltaste una pequeña risa cansada.
—Eso dicen siempre.
Caminaste hacia el mueble donde guardaban el botiquín como si ya supieras exactamente dónde estaba todo.
Te seguí, no porque fuera necesario, porque quería asegurarme de que no empeoraras el corte.
Abriste el botiquín y empezaste a buscar vendas con una sola mano, torpe esta vez, más lenta.
Me acerqué otra vez.
—Déjame ayudarte.
Te quedaste quieta unos segundos... y luego dijiste algo que me hizo detenerme también.
—Ningún príncipe azul o caballero vendrá a rescatarme, Henry.
Lo dijiste tranquila, sin dramatismo, como si fuera una regla aprendida hace mucho tiempo.
Te observé intentar abrir el antiséptico sola.
—Esto no es rescatarte —dije al final.
No respondiste enseguida, solo bajaste la mirada hacia tu mano.
—La gente siempre cree que empieza ayudando —murmuraste—. Luego terminan decidiendo que ya no sabes hacer nada sola.
Silencio.
Ahí entendí que no estabas hablando del florero. Tomé el antiséptico de tus manos antes de que siguieras forcejeando con él.
Esta vez no te apartaste, solo me dejaste hacerlo.
Y eso, por alguna razón, se sintió como algo mucho más delicado que el corte en tu mano.