Lo que quedó entre líneas: Inevitablemente Tú

13. El pañuelo

~HENRY~

Habían pasado pocas semanas desde nuestra boda. Todavía éramos dos desconocidos viviendo bajo el mismo techo.

‎Tú estudiabas., yo trabajaba y ambos hacíamos un esfuerzo razonable por no invadir demasiado la vida del otro.

‎Fue entonces cuando empecé a notarlo.

‎El pañuelo.

‎Siempre el mismo lugar.

‎Siempre la muñeca izquierda.

‎Incluso en nuestra boda, blanco.

‎Al principio pensé que era un accesorio, una costumbre, algo que simplemente te gustaba usar, pero los días siguieron pasando y el pañuelo seguía ahí.

‎Cambió de color muchas veces, blanco, azul, negro, beige, pero nunca desapareció.

‎Entonces te observé, cómo lo acomodabas distraídamente mientras estudiabas cómo verificabas el nudo cuando creías que nadie te estaba mirando, cómo lo ajustabas después de ducharte, cómo te asegurabas de cubrir completamente la muñeca antes de salir de casa, ni siquiera te lo quitabas para dormir.

‎Y comprendí que no era una cuestión de moda, estabas escondiendo algo, no sabía qué, pero sí sabía que era importante para ti.

‎Nunca pregunté.

‎Aún no.

‎Nuestro matrimonio no estaba en ese punto.

‎Recuerdo una tarde en particular, estabas dormida en el sofá, con el ceño fruncido, un libro abierto sobre el pecho, los apuntes universitarios esparcidos por toda la mesa y el pañuelo ligeramente desplazado.

‎Solo unos centímetros. Nada más. Pero fue suficiente.

‎Vi una cicatriz, pequeña, antigua, entendí inmediatamente por qué nunca te quitabas aquella tela.

‎No me acerqué, no intenté verla mejor, no pregunté, simplemente me quedé observándote unos segundos, porque había algo extraño en ti, siempre parecías fuerte, demasiado fuerte para alguien tan joven, demasiado segura, demasiado capaz, como si nunca necesitaras ayuda como si siempre supieras exactamente qué hacer.

‎Y, sin embargo... aquella cicatriz me recordó algo.

‎También eras humana.

‎También tenías heridas.

‎Historias.

‎Secretos.

‎Cosas que no compartías con nadie.

‎Tú te moviste ligeramente, abriste los ojos y lo primero que hiciste no fue cerrar el libro, ni acomodarte el cabello, ni siquiera preguntarme qué hacía allí. Lo primero que hiciste fue recolocar el pañuelo, instintivamente, como si llevarlo fuera tan natural como respirar.

‎Recuerdo haber apartado la mirada, no porque no tuviera curiosidad, la tenía, mucha, pero porque comprendí algo.

‎Si algún día querías contarme la historia detrás de esa cicatriz... tenía que ser decisión tuya.

‎No mía.

‎Así que esperé, durante semanas, durante meses, mientras tanto seguí observando, cómo escondías, cómo cubrías, cómo protegías aquella parte de ti.

‎Sin imaginar que, con el tiempo, terminarías confiándome cosas mucho más importantes que esa cicatriz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.