Amara
—¡Por favor!— supliqué. Necesitaba que me escuchara —. No es lo que crees, te están mintiendo.
— ¿¡Que me están mintiendo!?— Su voz era un látigo de hielo. No había ningún rastro del hombre que me amaba, solo una rabia ciega que lo consumía todo—. Sé lo que vi, Amara. No me trates como a un idiota.
El mundo se volvió una mancha borrosa y salada mientras las lágrimas me nublaban la vista. Sentía su indiferencia como un golpe físico.
— Quiero que te larges hoy de mi casa, no quiero volverte a ver— susurró. El tono grave de su voz vibró en mis huesos.
—Mi amor, por favor, no hagas esto…
—No me llames así. Esto se acabó aquí. Mi padre tenía razón contigo.
Me levanté empapada de sudor. Ese recuerdo no era un sueño, era una herida que se abría cada vez que bajaba un poco la guardia. Ese día me atormentaba cada cierto tiempo y siempre me dejaba con una sensación extraña. Habían pasado casi 6 años y aún recordaba cada detalle de ese puto día. Me di media vuelta para ver la hora en mi celular, aún eran las 4:50 am y me quedaba 1 hora antes de que sonara la alarma, intenté volver a dormir pero no pude. Luego de varios minutos decidí levantarme, como aún era temprano me preparé un poco de café y salí a mi pequeño patio. Mi casa no era lujosa, tenía lo básico, 2 habitaciones, una pequeña cocina con una encimera que ocupaba para comer y un sofá negro comodo con una pequeña mesa de centro y un televisor, habia decoracion en colores pasteles, no era lo que habia soñado cuando era adolescente pero era suficiente y todo lo que tenía lo habia comprado con mucho esfuerzo.
Los últimos 6 años no han sido fáciles, me costó mucho volver a empezar pero ahora sentía que todo estaba un poco en orden.
Siempre me decía que los fantasmas no regresaban.
Que se quedaban donde pertenecen: en los recuerdos que aprendí a callar, en las noches en que el sueño no llegaba y en aquel nombre que me prohibía volver a pronunciar.
Quiero que te larges hoy de mi casa, no quiero volverte a ver
Quiero que te larges hoy de mi casa, no quiero volverte a ver
Estaba sumida en esas palabras cuando unos pasitos se escucharon al interior de mi casa.
—Mami, mami— dijo Emily en un sollozo.
—Estoy aquí hija, fuera— dije en voz un poco más alta.
Unos segundos después apareció frente a mí la niña de mis ojos, con un pijama rosa con dibujos de princesas y su cabello todo alborotado como todas las mañanas, se subió a mi regazo y me abrazó.
—Fui a tu habitación y no estabas, pensé que te habías olvidado de mí— me miró fijamente con esos hermosos ojos que me recordaban aquello que tanto quería olvidar.
—Jamás me olvidaré de ti cariño, sabes que no me iría a trabajar sin despedirme de ti- le susurre mientras besaba su frente.
Emily era mi ancla, mi fuerza y fortaleza. Por ella no me pude rendir ni echarme a morir luego de aquella noche. El embarazo había sido difícil, me sentía completamente sola y lloraba casi todas las noches, pero cuando nació supe que nunca más sentiría esa sensación de soledad.
Luego de unos minutos sentadas en el patio de mi casa, nos levantamos y comenzamos a prepararnos para el día. Vivíamos en Sunnyreach, un precioso pueblo en la costa de Florida que tenía unas hermosas playas, su clima era exquisito, durante el día se sentía un calor agradable y las noches eran frescas, eso era una de las cosas que más me encantaban, además de ser un pueblo pequeño, su gente era amable y yo había vivido toda mi vida aquí, en algún momento de mi vida mi sueño era instalarme en Nueva York e ir a la NYU, quería estudiar medicina y hacer mi residencia en el NewYork-Presbyterian Hospital, pero luego de todo lo que sucedió no tuve opción y tuve que quedarme aquí, cuando me enteré que estaba embarazada compre esta casa.
Emily iba a la escuela a 5 minutos de nuestra casa, así que era parte de nuestra rutina ir andando mientras Emily me contaba alguna historia de su escuela, al llegar me agache para quedar a su altura y le recordé lo mismo de todos los días.
—Emy, si te sientes mal, recuerda avisarle a la Profesora Jones, ella me llamara inmediatamente, también recuerda que no puedes comer dulces, ni helados, solo la colación que ya va en tu mochila.
Un poco molesta, como todos los días, me miró con esos ojos verdes y me frunció el ceño.
—Yo quiero helado mami, todos mis amigos comen pero yo no puedo— contuvo las lágrimas que ya se acumulaban en sus ojitos.
Emily fue diagnosticada con diabetes infantil cuando apenas había cumplido 4 años, fue muy difícil cambiar toda su alimentación, lo peor fue quitarle todo aquello que ella amaba, los pasteles y helados. Al comienzo no lo noto mucho, había una pequeña tienda en el centro turístico que vendía cosas aptas para diabéticos, pero hace unos meses cerró y solo es posible conseguir algo de dulces en la ciudad, lamentablemente por mi trabajo y el poco tiempo disponible no habíamos viajado en los últimos 7 meses.
Como me dolía verla así, sin poder comer lo que a ella más le gustaba, suspire y le dije.
—Prometo que intentaré pedirme un día libre la próxima semana para que vayamos juntas a la ciudad a comer un helado que sea bueno para ti cariño.— Esperaba hoy hablar con mi jefa para que me confirmara si podría tomarme un día. Mi niña sonrió y me dio un abrazo.
—Anne pasará a buscarte cuando salgas hoy y te llevara a casa, intentaré llegar antes de que duermas, pero por favor, portate bien— la mire fijo, últimamente estaba dando muchos dolores de cabeza a Anne, que era la niñera que había contratado para su cuidado.
Luego de unos minutos más despidiéndonos, me dirigí hacia el Hotel The Atlantic plaza, llevaba unos 4 años trabajando para el hotel en la parte administrativa. Me preocupaba coordinar las reservaciones de nuestros huéspedes y aquellos que reservaban para eventos importantes.
Editado: 07.01.2026