Amara
Luego de la llamada a Cami me concentré en lo único que podía en ese momento. Mi trabajo. Respondí correos, revisé planillas, confirmé reservas y resolví problemas menores como si todo estuviera en orden. Tenía el pulso acelerado y seguía trabajando en modo automático.
Como si el mundo no se hubiera detenido horas antes. Como si Sebastián Montenegro no caminara por los mismos pasillos que yo. Pero lo hacía.
Sentía su presencia incluso cuando no lo veía. Era una sensación constante, incómoda, como una presión en el pecho que no me dejaba respirar con normalidad. Cada vez que escuchaba pasos acercarse, mi cuerpo se tensaba sin que pudiera evitarlo.
—Amara.
La voz de Carolina me sacó de mis pensamientos. Estaba frente a mi escritorio, con una carpeta bajo el brazo y esa expresión que usaba cuando quería pedirme algo.
—Sebastián pidió un informe detallado de todas las reservas y eventos de los próximos tres meses —dijo—. Quiere revisarlo hoy.
Hoy.
Asentí despacio.
—Lo preparó de inmediato.
Carolina dudó un segundo antes de continuar.
—También quiere que participes en la reunión privada de esta tarde.
Sentí un golpe directo en el estómago.
—¿Privada?
—Sí. Tú, él y yo. Quiere que revisemos en conjunto el informe y las reservas.
Sonreí, esperaba parecer lo más profesional posible, aunque por dentro solo quería gritar y salir corriendo, mi corazón comenzaba a latir más rápido de lo normal.Trate de tranquilizarme para que no se diera cuenta de mi inquietud.
—Perfecto— dije en voz lo más tranquila que pude.
Mentí, hoy era al parecer el día perfecto para eso.
Carolina me dio una mirada pensativa, como queriendo preguntar algo. Aunque ella no era de Sunnyreach se que puede saber un poco de mi historia con Sebastián, esa que muchos divulgaban como si supieran realmente qué fue lo que sucedió, finalmente me se dio media vuelta y salió de mi oficina y yo solté el aire que no me había dado cuenta estaba atrapado en mis pulmones, mientras me preguntaba cuántas versiones de mi pasado habrían llegado ya a sus oídos y qué pedazo de mi historia con Sebastián se llevaría ella fuera de esa oficina.
Las siguientes horas se me hicieron eternas, me refugié en el trabajo como si fuera una armadura. Me concentré en cada número, cada detalle, cada observación, todo para que quedara perfecto. Si tenía que enfrentarme a Sebastián, lo haría desde la seguridad que me entregaba mi trabajo, no desde el caos que me provocaba.
A las cinco en punto, Carolina apareció nuevamente frente a mi despacho.
—¿Lista? —me preguntó mientras observaba la carpeta que traía en su mano.
Nunca lo estaría, pero de todas formas asentí y me puse de pie con el informe ya terminado. Intenté caminar lo más lento posible; no quería verlo, pero esto era algo que no podría alargar trabajando en la misma empresa donde él era el dueño.
EL PUTO DUEÑO.
Mientras caminábamos por el pasillo, Carolina rompió el silencio con una voz fingidamente casual. —Oye, Amara... se dice mucho en la oficina, pero ¿es verdad que conocías a Sebastián de antes? —Me lanzó una mirada de soslayo, cargada de una curiosidad que intentaba disimular—. Parecen tener una historia... interesante.
Me tensé, pero mantuve la vista al frente. —Solo somos viejos conocidos, Carolina. Nada más —respondí con una frialdad que esperaba que fuera suficiente para zanjar el tema.
—Ya, pero para ser solo "conocidos", el ambiente se siente pesado cuando están cerca —insistió ella, deteniéndose un segundo antes de abrir la puerta de la sala—. Solo tenía curiosidad por saber cómo terminó todo entre ustedes.
Me detuve en seco y la miré a los ojos, marcando una distancia clara. —Mi vida personal antes de entrar a este trabajo no te corresponde, ni a ti ni a nadie en esta empresa. Estamos aquí para presentar un informe, ¿no?
Carolina asintió levemente, dándose cuenta de que había cruzado una línea. Me dio una última mirada pensativa, como queriendo preguntar algo más, pero finalmente se dio media vuelta y entró en la sala.
La sala de reuniones era más pequeña de lo que recordaba. Elegante, sobria, con una gran mesa de madera oscura y ventanales que dejaban entrar la luz del atardecer. Sebastián ya estaba allí cuando entramos. De pie. Impecable. Seguro.
Sus ojos se clavaron en los míos y yo solté el aire que nuevamente no me había dado cuenta estaba apresando en mi pecho, sintiendo cómo el oxígeno quemaba al entrar, mientras el peso de su presencia desarmaba cada una de las barreras que acababa de levantar afuera.
—Amara —dijo Carolina—, entra, toma asiento.
Tomé asiento frente a él y dejé la carpeta sobre la mesa. Sólo entonces levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron y sentí ese choque silencioso que nunca aprendimos a evitar.
—Amara, Carolina, gracias por venir —dijo, con un tono neutro, distante.
—Un gusto, Señor Montenegro—respondí.
Carolina comenzó a hablar de cifras, proyecciones y cambios administrativos. Yo explicaba cuando correspondía. Sebastián escuchaba con atención. Demasiada.
—El manejo de reservas está bien estructurado —dijo de pronto—. No hay errores relevantes.
Lo miré, sorprendida.
—Gracias.
Asintió apenas.
—Se nota que conoces este lugar.
—Llevo 5 años aquí —respondí cortante—. He aprendido a anticiparme a los problemas.
Sus labios se curvaron levemente. No creo que Carolina se haya dado cuenta, pero yo conocía a la perfección todo su rostro y no podía pasar desapercibida esa mueca.
—Siempre fuiste buena anticipándote.
La frase cayó pesada entre nosotros. Carolina nuevamente no se dio cuenta del comentario de Sebastián y siguió hablando, ajena a la tensión que se había instalado.
—Sebastián quiere implementar algunos cambios en la administración —continuó y pude notar que lo nombraba por su nombre, como si se conociesen más de lo que demostraban—. Y considera importante que tú Amara estés involucrada.
Editado: 07.01.2026