Lo que quedó entre nosotros

Capitulo 6

Amara

El silencio de la casa siempre me recibe igual.

No importa cuántas veces cruce la puerta, siempre hay un segundo exacto en el que el mundo se apaga y quedamos solo Emily y yo. Sin ruidos externos. Sin máscaras. Sin pasado… o al menos eso intento creer.

Dejé las llaves sobre la encimera y me quité los zapatos con cuidado. El cansancio se me instaló en los hombros apenas bajé la guardia. Había sido un día largo. Demasiado.

—Mami…

Su voz llegó suave desde el pasillo, todavía adormecida.

—Aquí estoy, amor —respondí de inmediato.

Emily apareció en la puerta de su habitación, arrastrando su manta rosa. Tenía el cabello revuelto y los ojos medio cerrados. Caminó directo a mí y se aferró a mi cintura.

—Soñé contigo —murmuró.

La abracé con fuerza, aspirando su olor. Ese olor que siempre me devuelve a la realidad.

—Estoy aquí —le susurré—. Siempre.

La tomé en brazos aunque ya no era tan pequeña. Aunque pesaba más de lo que mi espalda agradecía. Aunque mis brazos se quejaban. Nunca iba a dejar de cargarla si me lo pedía.

La llevé de vuelta a la cama y me senté a su lado. Acomodé el sensor en su brazo, revisé el medidor, como cada noche. Todo estaba estable.

Gracias a Dios.

—¿Hoy trabajaste mucho? —preguntó con voz somnolienta.

—Un poquito más de lo normal.

Emily me observó con esa mirada que a veces me inquietaba. Como si entendiera más de lo que debería a su edad.

—¿Te duele algo?

Negué con la cabeza y besé su frente.

—Nada que tú no cures.

Sonrió y se acomodó bajo las sábanas.

—¿Te quedas hasta que me duerma?

—Claro que sí.

Apagué la luz y me quedé ahí, observando cómo su respiración se volvía lenta y profunda. Cada noche era igual. Y cada noche agradecía tener este momento.

Cuando finalmente me levanté, sentí el peso del día caerme encima.

Me apoyé en el marco de la puerta y cerré los ojos.

Sebastián.

Su nombre volvió sin permiso.

Lo odié por eso.

Por colarse en mi mente cuando más vulnerable estaba.
Por existir todavía dentro de mí.

Me serví un vaso de agua y me senté en el sofá. El silencio ya no era amable. Era denso. Incómodo. Como si la casa misma supiera que algo había cambiado.

Me llevé las manos al rostro.

¿En qué momento pensé que estaba preparada para verlo de nuevo?

Seis años atrás, yo era otra.

Tenía diecinueve años y el corazón roto. El miedo instalado en el pecho. Un nudo constante en la garganta. Recuerdo haberme sentado en el suelo del baño, abrazando mis rodillas, temblando.

Recuerdo la prueba positiva entre mis manos.

Recuerdo el pánico.

—No puede ser —me repetía—. No ahora. No así.

Sebastián ya se había ido.
Sebastián ya había decidido.
Sebastián había cerrado la puerta.

Y yo me quedé sola.

Pasé semanas sin decirle a nadie. Usaba ropa holgada. Evitaba mirarme al espejo. Cada mañana despertaba con la esperanza absurda de que todo hubiera sido un error.

No lo fue.

Cuando finalmente se lo conté a Camila, lloró conmigo. Cuando se lo dije a mi padre, supe que mi vida jamás volvería a ser la misma.

Nada fue fácil.

Ni el embarazo.
Ni el parto.
Ni los primeros años.

Emily lloraba mucho. Yo dormía poco. Trabajaba cuando podía. A veces sentía que me rompía en silencio, pedazo a pedazo.

Pero nunca me arrepentí.

Nunca.

Porque ella me salvó.

Me obligó a ser fuerte cuando quería desaparecer. Me dio un motivo cuando no veía ninguno. Me ancló a esta vida cuando el pasado amenazaba con arrastrarme.

Y ahora…

Ahora Sebastián estaba de vuelta y en cualquier momento se iba a enterar de mi mayor secreto.

Que cuando él decidió irse sin mirar atrás, yo llevaba en mi vientre el regalo más lindo de la vida. Mi hija, nuestra hija.

Estoy segura que si tan solo la viera 1 segundo el se daria cuenta de que Emily es suya, tienen mismo color de pelo oscuro, como si fuera negro. Compartían los mismos ojos verdes y piel clara, si hasta Emy hacía los mismos gestos que él.

Me levanté del sofá y caminé hasta el espejo del pasillo. Observé mi reflejo con detenimiento. Las ojeras suaves. Las líneas que antes no estaban. La mujer que había aprendido a resistir.

Ya no era la chica del vestido verde menta.
Ya no era la adolescente que creyó en promesas.

Era madre.

Y eso lo cambiaba todo.

Pero el cuerpo… el maldito cuerpo no lo entendía.

Porque cuando lo vi hoy, algo dentro de mí reaccionó. Un latido antiguo. Un recuerdo físico. Un eco que no había muerto.

Y eso me llenó de culpa.

¿Cómo podía sentir algo así cuando tenía una hija dormida en la habitación contigua?

Me apoyé en la pared y respiré hondo.

—No puedes permitirte esto —me dije en voz baja—. No ahora. No nunca.

Pero el miedo no se iba.

Miedo a que preguntara.
Miedo a que investigara.
Miedo a que un día cruzara esa puerta.

Sebastián Montenegro no sabía nada.

Y yo no sabía cuánto tiempo más podría sostener ese silencio.

Porque el pasado no solo había vuelto.

Había regresado decidido a quedarse.




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