Hay lugares donde el tiempo parece detenerse.
Eso fue lo que sentí cuando llegué a Playa Rincón.
No tenía prisa.
Me senté frente al mar y dejé que la brisa hiciera su trabajo.
Escuché las olas durante varios minutos sin mirar el teléfono.
Me di cuenta de que paso demasiado tiempo pendiente de todo, menos del presente.
Ese día decidí regalarme algo muy sencillo: tranquilidad.
Respiré profundo.
Observé el horizonte.
Y comprendí que no siempre necesito hacer algo extraordinario para sentirme feliz.
A veces basta con escuchar el mar y agradecer por estar viva.
Cuando me fui, llevaba arena en los pies y una paz que no cabía en ninguna fotografía.