Hay atardeceres bonitos.
Y luego está el de Malecón de Santo Domingo.
Me senté frente al mar mientras el cielo cambiaba de color.
A mi alrededor había personas caminando, conversando y riendo.
Yo solo observaba.
Pensé en todas las veces que había pasado por ese lugar sin detenerme realmente.
Qué fácil es acostumbrarse a lo que tenemos.
Aquel atardecer me recordó que la belleza también vive en lo cotidiano.
No hacía falta viajar muy lejos.
Solo hacía falta mirar con otros ojos.