Lo que siempre fuimos

La Palabra

Los pasillos de la clínica se sentían fríos e interminables.

Patterson corría por ellos sin importarle que sus compañeros la llamaran a sus espaldas. Apenas podía escuchar sus voces entre el eco de sus propios pasos y el zumbido constante de las luces fluorescentes sobre su cabeza. Solo había una cosa en la que podía pensar.

Natasha.

En cuanto tuvo conocimiento de que la misión había terminado, salió disparada hacia la clínica. Sabía dónde estaría la persona más afectada. Sabía que tenía que llegar hasta ella.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Patterson deseó con todas sus fuerzas haberse equivocado.

La misión había parecido sencilla.

Natasha se infiltraría entre el grupo de personas que intentaría cruzar la frontera. El objetivo era descubrir la verdad detrás de aquella organización migratoria que, bajo una fachada aparentemente legítima, ocultaba una red de personas corruptas. Patterson había diseñado un pequeño collar con un chip GPS integrado. Natasha lo llevaría durante todo el trayecto y ellos podrían seguir cada uno de sus movimientos.

Cuando las cosas se complicaran —porque, tarde o temprano, siempre se complicaban— entrarían en acción.

El plan era perfecto.

No había nada que pudiera salir mal.

Eso había pensado Patterson.

Hasta que recibió la llamada.

Mientras corría, su mente regresó al momento en que le había entregado el collar a Natasha, horas antes, en el laboratorio del FBI.

Recordaba perfectamente la forma en que lo había sostenido entre los dedos, intentando aparentar que aquello no significaba nada más que un simple dispositivo de rastreo.

Natasha había levantado una ceja al observar el pequeño dije.

Era un corazón.

Patterson todavía podía recordar su propía sonrisa nerviosa mientras intentaba justificar una elección que ni siquiera ella había sabido explicar del todo.

Había pasado horas pensando en el diseño. Podía haber utilizado cualquier otro objeto. Una estrella. Una placa. Algo discreto, funcional, prácticamente invisible.

Pero había escogido un corazón.

Y cuando Natasha le preguntó por qué, Patterson simplemente se encogió de hombros.

—No es tu estilo, lo sé.

Las dos sabían que Patterson jamás elegía algo porque sí.

Ahora, mientras avanzaba por aquel pasillo con el corazón golpeándole contra las costillas, solo podía pensar en una cosa.

La unidad que buscaba no era donde estaban los pacientes críticos. Tampoco era el área destinada a quienes necesitaban aislamiento ni aquella en la que las visitas estaban restringidas. Natasha estaba en urgencias.

Patterson lo supo en cuanto dobló la esquina y se encontró el caos habitual del lugar.

Las camillas estaban separadas unas de otras por cortinas de tela demasiado delgadas para ofrecer verdadera privacidad. Desde cualquier punto del pasillo podían escucharse conversaciones entre médicos, familiares y pacientes; diagnósticos pronunciados en voz baja, preguntas repetidas, llantos contenidos y el sonido intermitente de las máquinas.

Patterson apenas registró nada de aquello.

Siguió avanzando entre las camillas, buscando desesperadamente un rostro conocido.

Probablemente estaba exagerando.

Era perfectamente consciente de ello.

Nadie le había dicho que Natasha estuviera en coma. Nadie había mencionado que estuviera en peligro de muerte. Solo sabía que la misión había terminado y que Natasha había acabado en aquella clínica.

Aun así, Patterson corría como si le hubieran anunciado la peor noticia de su vida.

Algunas personas se volvieron para mirarla. Un enfermero incluso tuvo que apartarse para dejarla pasar. Patterson escuchó a alguien decir algo a sus espaldas, pero ni siquiera se molestó en descubrir qué era.

A esas alturas, no le importaba.

Que la miraran. Que pensaran que estaba loca.

Que sus compañeros creyeran que había perdido completamente la cabeza.

Natasha era su amiga, su mejor amiga, y Patterson llevaba años utilizando aquellas palabras como una explicación suficiente para todo lo que sentía por ella. Era normal preocuparse de esa manera después de haber compartido tantas misiones, tantos secretos y tantos momentos en los que una había tenido que confiarle la vida a la otra.

Al menos eso era lo que Patterson se repetía cada vez que se descubría buscando a Natasha entre una multitud, cada vez que un mensaje suyo conseguía cambiarle el humor o cuando la preocupación se volvía insoportable ante la posibilidad de que algo pudiera sucederle.

Pero la agente especial Patterson sabía que había algo más.

Mucho más.

Patterson estaba enamorada de Natasha Zapata.

Y quizá lo peor no era haberlo entendido finalmente, sino saber desde hacía cuánto tiempo lo había sabido y cuánto esfuerzo había dedicado a fingir que aquello podía seguir llamándose amistad.

La busqueda había terminado cuando por fin tuvo en frente a Natasha escuchando al medico con atención. En realidad sin poner cuidado a lo que le decian, simplemente asentía para que el doctor se callara y la dejase en paz. Patterson vio aquello y en su momento al borde del colapso logró brotar una sonrisa de sus labios y un suspiro de alivio al ver a Natasha entera.

—Solo debe tomar estos analgesicos para el dolor y hacer curaciones por unos cuantos días —indicaba el doctor —no es una lesión grave, el fuego logró alcanzar una parte de su abdomen algun objeto caliente que la tocó, sin embargo no es de preocuparse; va sentir molestia y ardor.

Patterson veía la escena con atención.

Aquella escena, tan propia de Natasha, consiguió arrancarle una sonrisa a Patterson.

Hasta ese momento había sentido el pecho apretado y una angustia que no había conseguido controlar desde que recibió la noticia. Ahora, al verla allí, entera, consciente y aparentemente más molesta por las explicaciones del médico que por la herida, pudo finalmente dejar escapar el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo. Un suspiro de alivio escapó de sus labios mientras observaba a Natasha desde la entrada del cubículo.



#297 en Fanfic

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Editado: 06.09.2026

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