Lo que siempre fuimos

Lo que no sabíamos nombrar

Patterson sacó la bandeja del horno y sonrió satisfecha al comprobar que todo había quedado perfecto. La dejó sobre la isla de la cocina y se giró para sacar los platos de la alacena.

—Espero que te guste.

Natasha apareció detrás de ella justo cuando Patterson se estiraba sobre la punta de los pies para alcanzar los platos del estante superior.

—Yo puedo hacerlo.

—Tienes una quemadura.

—Tengo dos brazos perfectamente funcionales.

Patterson consiguió alcanzar uno de los platos y lo sostuvo contra su pecho.

—Y una tendencia preocupante a ignorar tus límites.

—¿Desde cuándo eres mi madre?

Patterson levantó una ceja.

—Desde que decidiste meterte en una misión en la que podían secuestrarte. Aunque, pensándolo bien... —hizo una pausa deliberada mientras intentaba alcanzar el segundo plato—, en lugar de tu madre, me gusta más cómo suena ser tu novia.

Natasha no tuvo tiempo de responder.

Patterson logró tomar el plato y, al bajar de puntillas, su espalda rozó accidentalmente el pecho de Natasha.

El contacto fue breve.

Pero suficiente.

Un suspiro involuntario escapó de los labios de Natasha.

Patterson perdió ligeramente el equilibrio y el plato estuvo a punto de resbalar de sus manos. Natasha reaccionó por instinto y rodeó su cintura para sostenerla.

—Cuidado —susurró.

Patterson quedó inmóvil durante un segundo.

Las manos de Natasha seguían alrededor de su cintura.

Y ninguna de las dos pareció recordar inmediatamente que debía apartarse.

Patterson bajó la mirada hacia las manos que la sujetaban y después levantó lentamente los ojos hasta encontrar los de Natasha.

—Sí —murmuró—. Gracias.

Natasha tardó un instante en darse cuenta de que todavía la estaba sosteniendo.

Retiró las manos con cierta torpeza.

—No quería que tiraras los platos.

Patterson sonrió.

—Por supuesto.

—¿Qué?

—Nada.

La rubia dejó los platos sobre la isla y tomó una respiración discreta antes de continuar preparando la mesa.

Natasha permaneció detrás de ella unos segundos más.

Patterson le indicó que se sentara, aunque en cuanto Natasha lo hizo se arrepintió un poco de haberlo hecho. El calor de las manos de su amiga había abandonado su cintura y el frío del apartamento ocupó inmediatamente su lugar.

Intentó no pensar demasiado en ello.

Patterson sirvió la comida con la misma precisión con la que hacía prácticamente todo. Incluso calculó la cantidad exacta que Natasha acostumbraba comer, como si llevara aquella información almacenada en algún rincón de su memoria. Colocó el plato frente a ella y después fue hasta la alacena para sacar un par de copas.

—Puedes tomar agua. Yo necesito vino.

—Puedo tomar vino también —se quejó Natasha.

Patterson la miró por encima del hombro.

—Tienes medicina que tomar.

—Puedo empezar mañana.

—No.

—Eres insoportable.

—Soy responsable.

Natasha tomó el vaso de agua que Patterson acababa de servirle y le dedicó una sonrisa resignada.

—Eres insoportablemente responsable.

—Y gracias a eso estás aquí comiendo.

—No arruines tu argumento recordándome que casi muero.

Patterson hizo una pequeña mueca.

—No era mi intención.

La sonrisa de Natasha se suavizó.

—Lo sé.

La cena transcurrió de una manera mucho más amena de lo que cualquiera de las dos había esperado. Natasha terminó contándole a Patterson, con pelos y señales, todo lo que había ocurrido durante la misión: desde el momento en que había comenzado a infiltrarse hasta cómo había terminado atrapada en aquel sótano.

Le habló del calor, del humo, del instante en que pensó que no conseguiría salir.

Pero también habló de las mujeres que habían logrado rescatar.

De sus rostros.

De la sensación de saber que, a pesar del peligro, todo había valido la pena.

Patterson la escuchó sin interrumpirla más de lo necesario. De vez en cuando hacía alguna pregunta, pero la mayor parte del tiempo simplemente permanecía atenta, con los ojos puestos en Natasha.

Cuando la historia terminó, ambas permanecieron unos segundos en silencio.

—Me alegro de que estés aquí —dijo Patterson finalmente.

Natasha levantó la mirada de su plato.

—A mí me alegra que tú estés aquí conmigo.

Aquella frase le cayó a Patterson directamente en el pecho.

Sonrió, intentando disimular cuánto había significado escucharla.

—Es lindo tenerte aquí. Tener a... —hizo una pequeña pausa, buscando una palabra que no revelara demasiado— a alguien con quien platicar después de un día tan difícil.

Natasha sostuvo su mirada.

—Me encanta escucharte.

Patterson sonrió.

—Aunque hable demasiado.

—Especialmente cuando hablas demasiado.

—Eso es peligrosísimo. Podría interpretar eso como una invitación para seguir hablando.

—Ya lo hice.

Patterson soltó una risa.

—Entonces no te quejes después.

Natasha sonrió y volvió a llevarse el tenedor a los labios.

*****

La copa de vino permanecía en la mano de Patterson mientras ambas entraban en la habitación de Natasha. La rubia la dejó sobre la mesa de noche y comenzó a organizar todo lo necesario para curarle la herida, siguiendo cuidadosamente las indicaciones médicas que había leído varias veces durante el camino.

Acomodó un par de almohadas detrás de Natasha para que pudiera recostarse sin ejercer demasiada presión sobre la zona afectada.

—¿Así está bien?

Natasha se acomodó entre las almohadas y le sonrió.

—Perfecto.

Patterson asintió y tomó nuevamente las indicaciones médicas. Las leyó una vez más, aunque probablemente ya podía recitarlas de memoria.

Natasha la observó en silencio durante unos segundos.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Por qué no me miras?

Patterson se quedó quieta.



#298 en Fanfic

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Editado: 06.09.2026

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