Sus ojos se cerraron lentamente a medida que el rostro de Patterson se acercaba al suyo, perdiendo poco a poco aquel azul intenso que la había mantenido cautiva durante los últimos segundos. La respiración de Patterson quedó suspendida entre ambas, tan cerca que Natasha pudo sentirla sobre sus labios antes de que, por fin, sus bocas se encontraran.
Patterson se acomodó mejor sobre la cama y, con un pequeño movimiento, invitó a Natasha a ponerse frente a ella. En cuestión de segundos quedaron de rodillas, una frente a la otra, con una cercanía que hacía imposible fingir que aquello seguía siendo un simple experimento. Las manos de Patterson permanecieron en las mejillas de Natasha, sosteniéndola con delicadeza, mientras las de ella se aferraban a la cintura de la rubia, como si necesitara comprobar que realmente estaba allí.
El primer contacto fue apenas un roce, una especie de reconocimiento. Ninguna se apresuró a separarse. Sus labios permanecieron unidos durante unos segundos, quietos, descubriendo aquella sensación que durante tantos años había parecido imposible. Entonces Patterson ejerció una suave presión con los dedos sobre las mejillas de Natasha, haciendo que sus labios se entreabrieran apenas. El gesto tomó a Natasha por sorpresa, pero solo durante un instante. Comprendió la invitación y respondió sin pensarlo demasiado.
Cuando sintió el roce de Patterson contra sus labios, una corriente cálida le recorrió el cuerpo. Natasha respondió al beso con la misma intensidad y llevó una de sus manos hasta el rostro de Patterson, acercándola todavía más. La rubia correspondió de inmediato, y aquel intercambio dejó de sentirse como una prueba para convertirse en algo mucho más instintivo, más profundo y, sobre todo, demasiado esperado.
Natasha la acercó por la cintura, reduciendo hasta el último espacio entre ellas. Patterson se dejó llevar y profundizó el beso, mientras ambas descubrían una forma de tocarse que, aunque nueva, parecía extrañamente familiar.
No fue un beso tímido ni una exploración inocente. Tampoco fue un simple intento de averiguar qué podían sentir. Fue un beso cargado de todo aquello que habían callado durante años, de miradas que habían durado demasiado, de abrazos que nunca parecieron suficientes y de una cercanía que siempre habían llamado amistad porque era más fácil que admitir lo demás.
Y cuando finalmente se separaron apenas para recuperar el aliento, ninguna de las dos parecía necesitar ya una explicación científica.
Natasha mantuvo los ojos cerrados durante un instante, todavía sintiendo el calor del beso en los labios. Después apoyó suavemente la frente contra la de Patterson y dejó escapar una pequeña sonrisa.
—¿Tenemos un resultado? —preguntó Natasha con su frente apoyada sobre la de patterson
—Eso me lo tienes que decir tu, la que anda con activaciones emocionales eres tu, yo se lo que siento desde hace muchisimo tiempo —confesó la rubia
Natasha abrió los ojos y la miró.
Había algo diferente en la expresión de Patterson. Ya no estaba la inseguridad de antes ni aquella necesidad de esconder lo que sentía detrás de una explicación científica. Solo había una honestidad tan desnuda que a Natasha le costó apartar la mirada.
Las palabras se repitieron en su cabeza mientras intentaba asimilar lo que Patterson acababa de confesarle. No había sido solo ella descubriendo algo nuevo. No había sido una confusión provocada por una broma en un hospital ni una reacción pasajera después del miedo de perderla. Patterson llevaba todo ese tiempo sintiendo algo por ella.
Y, de pronto, demasiadas cosas comenzaron a encajar.
Las miradas que habían durado un segundo más de lo necesario. La manera en que Patterson siempre parecía saber cuándo algo no estaba bien aunque Natasha no dijera una palabra. Los abrazos que nunca parecían querer terminar. La forma en que se preocupaba por ella con una intensidad que a veces rozaba lo irracional. Aquella reacción en la clínica. El miedo en sus ojos cuando creyó que podía perderla.
Natasha sintió que el pecho se le apretaba, pero esta vez no por miedo.
Era alivio.
Un alivio tan profundo que casi dolía.
Porque había pasado demasiado tiempo creyendo que aquellas cosas solo tenían sentido dentro de la amistad y ahora descubría que quizá habían estado hablando el mismo idioma todo ese tiempo, simplemente sin atreverse a llamar a las cosas por su nombre.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
Patterson sonrió con cierta timidez.
—Desde hace demasiado tiempo, Tash.
Y aquella vez Natasha no necesitó otra teoría para entenderlo.
—Las mejores amigas no se besan.
Natasha dejó escapar una pequeña risa.
—Entonces me parece que tenemos un problema
Patterson abrió los ojos y la miró. Había algo vulnerable en su expresión que Natasha no había visto muchas veces, algo que no tenía nada que ver con la mujer capaz de encontrar una solución para casi cualquier problema.
—Un problema bastante serio —murmuró Patterson—. Porque llevo años queriendo hacer eso.
La confesión hizo que el corazón de Natasha volviera a acelerarse.
—¿Años?
Patterson asintió, todavía sin apartarse.
—Muchos.
Natasha levantó una mano y apartó con suavidad un mechón del rostro de Patterson, acomodándolo detrás de su oreja. El gesto era tan sencillo, tan familiar, que justamente por eso consiguió que algo se estremeciera dentro de ella. Había hecho aquello cientos de veces sin pensar. Ahora podía sentir cada pequeño movimiento de sus dedos.
—Me lo estás haciendo muy difícil.
—¿Qué te estoy haciendo difícil?
Natasha dejó escapar lentamente el aire.
—Esto.
Señaló vagamente el pequeño espacio que todavía existía entre ellas.
—Estoy haciendo un esfuerzo enorme para no volver a besarte.
La sonrisa de Patterson apareció despacio.
—No tienes que esforzarte tanto.
Antes de que Natasha pudiera responder, Patterson volvió a acercarse y la besó.