Lo que Solíamos Ser

Love in the Dark

Inés

​Hace exactamente dos horas y catorce minutos que Christian se quedó dormido.

​Lo sé porque el ritmo de su respiración cambia. Pasa de ser un sonido suave y consciente a un murmullo rítmico, profundo. Antes, ese sonido era mi lugar seguro. Era la confirmación de que el día había terminado y que, sin importar lo que hubiera pasado allá afuera, estábamos juntos. Ahora, su respiración pausada solo me recuerda que él puede encontrar la paz en esta habitación, mientras yo me estoy ahogando.

​Estamos en la misma cama, bajo el mismo edredón de lino que elegimos juntos hace dos años, pero bien podríamos estar en continentes distintos. Un océano de sábanas blancas y palabras atragantadas se extiende entre su espalda y mi pecho. Alargo la mano, rozando apenas el algodón de su camiseta. Él se remueve en sueños y, por puro instinto, su brazo busca el mío para rodearme la cintura y atraerme hacia él.

​Me dejo abrazar. Me quedo inmóvil, rígida, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío. Y de pronto, las lágrimas empiezan a quemarme los ojos.

​No es rabia. Ojalá lo fuera. Si Christian fuera cruel, si me hubiera levantado la voz, si me hubiera traicionado de alguna forma ruin, odiarlo sería el camino fácil. Empacar mis cosas y dar un portazo sería un acto de justicia, un cliché perfecto de supervivencia. Pero no lo es. Christian es un buen hombre. Es el hombre que me prepara el café exactamente como me gusta cada mañana, el que todavía me compra flores los martes sin motivo, el que me sostuvo cuando el mundo entero se nos vino abajo hace dos años.

​Ese es el verdadero infierno. ¿Cómo dejas a un buen hombre? ¿Cómo le explicas que su amor, ese mismo amor que alguna vez me mantuvo a flote, ahora se siente como un ancla atada a mis tobillos?

​Giro la cabeza hacia la mesa de noche. El reloj marca las 3:17 a.m. El silencio de la casa es ensordecedor. Es un silencio que tiene textura, que se pega a las paredes, que se acumula especialmente en el pasillo, justo frente a esa puerta que ambos hemos acordado tácitamente mantener cerrada. Él cree que si no hablamos de ello, la herida eventualmente cerrará. Él cree que si me abraza lo suficientemente fuerte, mis piezas rotas volverán a unirse.

​No entiende que, de tanto intentar sostenerme, se está cortando las manos con mis bordes afilados.

​Me deslizo despacio, centímetro a centímetro, para liberarme de su abrazo sin despertarlo. El aire frío de la madrugada me golpea la piel cuando salgo de la cama, pero por primera vez en todo el día, siento que mis pulmones se llenan de verdad. Me abrazo a mí misma y lo observo desde los pies de la cama. La luz anaranjada de la farola de la calle se filtra por la persiana, dibujando sombras sobre su rostro cansado. Se ve mayor. Me pregunto cuántas arrugas alrededor de sus ojos son culpa mía.

No puedo amarte en esta oscuridad, pienso, tragando el nudo que me cierra la garganta.

​Lo he intentado. Dios sabe que lo he intentado. He fingido sonrisas hasta que me dolieron las mejillas, he correspondido a sus besos mientras mi mente flotaba a kilómetros de distancia, sintiéndome como un fantasma habitando mi propio cuerpo. He intentado ser la Inés de la que él se enamoró, la Inés de antes de que la vida nos pasara por encima. Pero ella ya no está. Murió en una sala de hospital, y la mujer que volvió a esta casa es alguien a quien ni siquiera yo misma reconozco.

​No puedo seguir pidiéndole que viva con un fantasma. Y no puedo seguir fingiendo que estoy viva solo para no romperle el corazón.

​Me doy la vuelta y camino descalza hacia la cocina. El suelo de madera cruje suavemente bajo mis pies. Mientras me sirvo un vaso de agua en la penumbra, tomo la decisión. Ya no es una idea difusa, ni un escape momentáneo. Es una certeza fría y pesada que se instala en mi estómago.

​Tengo que irme.

​Va a destruirlo. Va a destruirme a mí también. Pero quedarse aquí es simplemente sentarnos a esperar que se nos acabe el aire.

(Flashback)

​Tenía diecisiete años la primera vez que entendí que el amor podía sentirse como un refugio y, al mismo tiempo, como una sentencia de por vida.

​Fue en la casa de mis abuelos, durante la fiesta de San Juan. En mi familia, esas celebraciones no son eventos, son invasiones. Éramos treinta o cuarenta personas bajo el mismo techo: tíos discutiendo sobre política, abuelas intercambiando recetas y primos corriendo por el jardín. En medio de ese caos, apareció la hermana mayor de Christian, Valeria.

​Ella ya estaba saliendo con mi primo Mateo, uniendo nuestras genealogías mucho antes de que nosotros supiéramos qué hacer con las nuestras. Y esa tarde, Valeria trajo a su hermano menor.

​—Inés, este es Christian —dijo ella, con esa sonrisa de suficiencia que siempre ha tenido, como si supiera de antemano el guion de nuestras vidas—. Vigílalo, que es muy callado y se me pierde.

​Lo miré y, por un segundo, el ruido de los platos y las risas de fondo se desvaneció. Christian no era como los chicos de mi instituto, que siempre intentaban ocupar demasiado espacio. Él estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta de la cocina, con una cámara colgada al cuello y una mirada que parecía pedir permiso para existir.

​—No muerdo —le dije, intentando sonar más segura de lo que me sentía.

—Lo sé —respondió él, y me dedicó una sonrisa tímida—. Solo estoy intentando decidir si este lugar es una fiesta o un motín.

​Nos escapamos al muelle viejo, el único sitio donde los gritos de mis primos no llegaban. Nos sentamos en el borde, con los pies colgando sobre el agua oscura, mientras el olor a salitre y a madera mojada nos envolvía.

​Christian me habló de sus padres, de cómo su madre guardaba cada dibujo que él hacía y cómo su padre le había enseñado que "un hombre no es el que más grita, sino el que más aguanta". Me habló de Valeria, su protectora, su sombra. Yo le hablé de ser hija única, de la presión de ser el centro de todas las miradas en una familia que no sabía lo que era el silencio.



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#1 en No ficción

En el texto hay: drama

Editado: 25.03.2026

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