El trayecto de vuelta a casa fue un desierto de palabras.
Christian conducía con una mano en el volante y la otra buscando la mía sobre la palanca de cambios. Durante cinco años, ese gesto había sido mi ancla. Hoy, era un grillete. Miré por la ventanilla, viendo cómo las luces de la ciudad se difuminaban en rayas de neón, deseando que el coche no se detuviera nunca, que pudiéramos seguir conduciendo hasta que el mapa se acabara.
Pero llegamos. Entrar en nuestro apartamento es siempre como entrar en un museo. Todo está en su sitio, impecable, silencioso. Christian cerró la puerta a nuestras espaldas y el eco del cerrojo retumbó en mi estómago como una sentencia.
Él no esperó ni a quitarse la chaqueta.
—Inés... sobre lo que dijo Valeria —empezó, acercándose a mí. Su voz era suave, esa voz de "vamos a arreglarlo" que tanto adoran nuestras familias—. Sé que te pilló por sorpresa. A mí también. Pero me he quedado pensando en el camino... y quizá no sea una idea tan loca.
Me detuve en seco, de espaldas a él, con los dedos entumecidos sobre el bolso.
—¿Una boda, Christian? ¿De verdad? —Mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
—No lo veas como un compromiso forzado —dijo él, rodeándome con cuidado, como si yo fuera una figura de porcelana a punto de estallar—. Piénsalo. Queríamos hacerlo. Estábamos felices, teníamos planes... Luego pasó lo que pasó y nos detuvimos. Nos quedamos congelados en ese invierno, Inés. Tal vez Valeria tenga razón. Tal vez celebrar nuestro aniversario con esa boda que dejamos pendiente sea la forma de decirnos que hemos sobrevivido. De cerrar el círculo.
Me giré para mirarlo. Sus ojos brillaban con una esperanza desesperada que me partió el alma. Él realmente creía que un vestido blanco y un banquete con treinta primos podían borrar el silencio de las ecografías y las noches de llanto en el suelo del baño.
—No se puede cerrar un círculo que está roto, Christian —le dije, intentando que mi voz no temblara—. Valeria quiere casar a la Inés de hace tres años. Esa mujer quería una boda cuando "se le notara la panza". ¿Te acuerdas? Eso fue lo que te dije.
Christian retrocedió un paso, como si le hubiera dado una bofetada física. El nombre de nuestro hijo nunca se menciona, pero su ausencia llenó el espacio entre nosotros como un muro de hormigón.
—Lo recuerdo cada día, Inés —susurró, y por un momento vi la grieta en su armadura de hombre maduro—. Pero no podemos quedarnos a vivir en ese día para siempre. Yo te amo. Te amo más que entonces porque hemos pasado por el infierno juntos. ¿No es eso lo que cuenta? ¿No merecemos un poco de luz?
—No es luz lo que Valeria ofrece, es un simulacro —respondí, sintiendo cómo la claustrofobia me cerraba la garganta—. Ella quiere una foto familiar perfecta para colgarla en el salón de tus padres. Quiere que "volvamos a la normalidad". Pero no hay normalidad a la que volver. Yo no soy la misma. Mi cuerpo no es el mismo. Y nosostros...
Me callé. La palabra "roto" flotaba en el aire, invisible pero letal.
Christian se acercó de nuevo y me tomó de los hombros. Sus manos eran cálidas, pero yo solo sentía el peso.
—Dile que sí, Inés. Solo... intentémoslo. Hagámoslo por nosotros, por ellos. Si nos casamos, tal vez la gente deje de mirarnos con lástima. Tal vez tú vuelvas a sonreír como en las fotos de aquel verano. Solo quiero que seas feliz, es todo lo que pido.
Es todo lo que pido.
Esa frase me golpeó con fuerza. Él no pedía mucho, solo que yo fuera feliz. Pero pedirle felicidad a alguien que está roto es como pedirle agua a un pozo seco. Al mirar a Christian, vi a toda la familia detrás de él: a Valeria con su juicio, a mis padres con su ilusión, a sus padres con su orgullo.
Si decía que no, era la mujer fría que despreciaba el esfuerzo de un marido ejemplar. Si decía que sí, me estaba enterrando viva en una mentira para que el resto del mundo pudiera dormir tranquilo.
—No puedo, Christian —susurré, zafándome de su agarre—. No puedo darte esa noche. No puedo fingir que somos algo más que dos desconocidos que comparten una tragedia.
Él se quedó ahí, bajo la luz fría del pasillo, mirándome como si no me conociera. Y por primera vez, no hubo una palabra protectora, ni un abrazo de consuelo. Solo hubo un silencio roto por su respiración agitada.
—A veces —dijo él, con una amargura que nunca le había escuchado—, siento que no es que no puedas, Inés. Es que no quieres. Es que te gusta más estar en la oscuridad que intentar caminar conmigo hacia la salida.
Se dio la vuelta y se encerró en el despacho, dejándome sola en la entrada.
Me quedé allí, en la penumbra, sintiendo el peso de ser la "villana". Él quería salvarme y yo acababa de rechazar su mano. Pero mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas, sentí una pequeña y terrible chispa de alivio. Había dicho la verdad. Y la verdad, aunque cruda, era lo único que me hacía sentir que todavía tenía un rastro de vida dentro de mí.
(Flashback)El olor a pintura fresca siempre me pareció el olor de las segundas oportunidades.
Teníamos veinticinco años, una casa que olía a madera nueva y un bote de pintura color "niebla de mañana" abierto en medio de la habitación más pequeña del pasillo. Christian se había quitado la camiseta y tenía una mancha grisácea justo en la punta de la nariz que lo hacía parecer un niño jugando a ser adulto.
Yo estaba sentada en el suelo, protegida por unos plásticos, observando cómo él deslizaba el rodillo con una precisión casi religiosa. Cada pasada era un ladrillo más en la fortaleza que estábamos construyendo.
—¿Crees que sea demasiado gris? —pregunté, acariciando mi vientre, donde apenas empezaba a notarse esa curva que tanto habíamos esperado—. Tal vez deberíamos haber ido por algo más... no sé, ¿amarillo?
Christian dejó el rodillo en la bandeja y se giró hacia mí. Sus ojos brillaban con una luz que hoy me parece dolorosa de recordar. Se acercó, arrodillándose frente a mí, y puso sus manos todavía húmedas de pintura sobre mis rodillas.