El sonido de la cafetera es lo único que mantiene la cordura en esta casa a las siete de la mañana.
Es un rítmico borboteo, un recordatorio de que el mundo sigue girando aunque el mío se haya detenido en el pasillo, justo frente a la puerta del despacho donde dormí anoche. Me quedo de pie frente a la encimera, observando cómo el vapor sube y se disipa en el aire frío de la cocina. Hago el café de Inés como si fuera un ritual sagrado: dos partes de leche, media de café, nada de azúcar. Un mapa de sus gustos que me aprendí de memoria hace cinco años y que sigo siguiendo al pie de la letra, esperando que algún día el sabor le devuelva las ganas de quedarse.
Escucho sus pasos. Son ligeros, casi inexistentes, como si tuviera miedo de dejar huella en el suelo que ella misma eligió.
Entra en la cocina envuelta en esa bata de seda gris que le regalé por su último cumpleaños. Se ve traslúcida, como si la luz de la mañana pudiera atravesarla. No me mira. Se sienta en la banqueta de la isla y apoya la barbilla en su mano, mirando hacia la ventana, hacia un punto en el horizonte que yo no alcanzo a ver.
—Buenos días —digo, dejando la taza humeante frente a ella.
—Gracias, Christian —murmura. Su voz es un hilo de seda que se rompe al contacto con el aire.
Me quedo ahí, con el trapo de cocina en la mano, buscándola. Estudio la curva de su cuello, la forma en que sus dedos rodean la taza buscando un calor que yo ya no parezco capaz de darle. Mi mayor miedo no es que deje de amarme; mi mayor miedo es que, cada vez que me mira, no vea al hombre que la hizo reír en aquel muelle a los diecisiete años. Temo que lo único que vea sea el reflejo de la luz blanca de aquel hospital. Que yo sea, para ella, el recordatorio viviente del día en que el monitor se quedó en silencio.
—He hablado con Valeria —suelto, rompiendo el pacto de silencio de anoche. No puedo evitarlo. Soy un hombre de soluciones y el silencio me parece una enfermedad—. Le he dicho que no nos presione con lo de la boda. Que no es el momento.
Inés levanta la vista. Sus ojos están apagados, como cenizas después de un incendio.
—Nunca va a ser el momento, Christian. Ella no lo entiende. Nadie lo entiende.
—Yo lo entiendo —insisto, dando un paso hacia ella, acortando la distancia que ella se empeña en estirar—. Entiendo que duele. Entiendo que esa habitación... que lo que perdimos... nos cambió. Pero sigo aquí. Sigo siendo el mismo Christian que te prometió que nunca tropezarías. Déjame sostenerte, Inés. Solo eso.
Ella deja la taza sobre el mármol con un sonido seco.
—Ese es el problema. No puedes evitar que tropiece si ya estoy en el suelo, Christian. Y no puedes ser el mismo. Ninguno de los dos lo es.
Me duele el pecho.
La veo levantarse, dejar el café a medio terminar y caminar hacia la salida.
—Inés —la llamo. Ella se detiene, pero no se gira—. Si esta es la forma en que vamos a vivir... como extraños que comparten una cocina... dímelo. No me dejes a ciegas.
Ella guarda silencio un segundo. Puedo ver cómo sus hombros suben y bajan con una respiración pesada.
—No sé cómo vivir, Christian. Solo sé cómo sobrevivir. Y creo que lo estamos haciendo por separado, aunque durmamos en la misma casa.
Se va. El eco de sus pasos desaparece hacia el dormitorio y yo me quedo solo con dos tazas de café que se enfrían sobre el mármol. Siento una urgencia terrible de entrar ahí, tomarla por los hombros y pedirle lo que dice la voz que no dejo de escuchar en mi cabeza: Si esto se va a acabar, si de verdad me vas a dejar, no lo hagas así. No me dejes en este frío. Dame una última noche de verdad, no de reproches. Ayúdame a recordar quiénes éramos antes de que el gris lo cubriera todo.
Pero no lo hago. Me limito a lavar las tazas, a limpiar la encimera y a ponerme la corbata para ir a trabajar, fingiendo que soy el hombre maduro y estable que mi hermana admira y que mis padres respetan.
Soy un actor en una obra que se quedó sin guion, sujetando las paredes del escenario para que no le caigan encima a la mujer que amo, sin darme cuenta de que ella ya ha salido del teatro hace mucho tiempo.