La luz de la mañana entró por la ventana con una crueldad que solo el sol de invierno posee.
Me desperté con el brazo extendido, buscando por inercia el calor del cuerpo de Inés. Mis dedos rozaron la sábana fría y lisa. Abrí los ojos de golpe. El lado izquierdo de la cama estaba perfectamente hecho, como si nadie hubiera dormido allí, como si el beso desesperado de anoche en la cocina hubiera sido solo una alucinación producto de mi fiebre emocional.
—¿Inés? —llamé. Mi voz salió rota, una súplica que el silencio de la casa me devolvió de inmediato.
Me levanté tropezando con mis propios pies. Recorrí el pasillo, entré en el baño, en la cocina... nada. El olor a lavanda todavía flotaba en el aire, pero era un olor rancio, un rastro de algo que ya no estaba. Volví al dormitorio y entonces lo vi: el armario estaba entreabierto. Faltaban sus maletas, faltaba su abrigo largo, faltaban los marcos de fotos que solían estar sobre su cómoda.
Se había ido mientras yo dormía. Se había ido aprovechando la tregua que mis propios labios le habían dado.
Me senté en el borde de la cama, hundiendo la cara en las manos. Sentía una náusea física, un vacío en el esternón que me impedía respirar. ¿Cómo podía haberme dejado así? ¿Acaso no recordó nada de lo que dijimos anoche? ¿Acaso no sintió cómo se aferraba a mí?
"¿No te acuerdas de las razones por las que me amabas, Inés?", le pregunté al aire, aunque sabía que nadie respondía. "¿Tan rápido te has olvidado de quiénes éramos?"
Me levanté y caminé hacia la cocina. Allí, sobre el mármol donde horas antes nos habíamos deshecho en un beso de despedida que yo confundí con un reencuentro, había una nota. Una simple hoja de papel blanco con su caligrafía elegante y temblorosa:
Christian, no me busques hoy. No podría soportar mirarte a los ojos y decirte que, a pesar de lo de anoche, nada ha cambiado. Me duele demasiado quedarme. Por favor, deja que el silencio haga el resto.
Arrugué el papel en mi puño. Sentí una rabia sorda, una impotencia que me quemaba la garganta. ¿Cómo podía pedirme silencio cuando yo lo que quería era gritar su nombre hasta que las paredes se agrietaran?
Fui hacia el ventanal y miré hacia la calle. Me imaginé a Inés caminando por la acera, cargando con sus maletas y con el peso de cinco años de promesas rotas. Me pregunté cuándo había empezado ella a ensayar este adiós. ¿Había sido hace un mes? ¿Hace un año? ¿O fue aquel día en el hospital cuando yo decidí ser fuerte y ella decidió empezar a morir?
Me quedé allí, de pie en medio de nuestra casa perfecta, sintiéndome como un extraño en mi propia vida. Todo a mi alrededor hablaba de "nosotros": el sofá que elegimos, el color de las paredes que ella sugirió, el vacío de la habitación del fondo que yo todavía esperaba llenar.
¿No recuerdas cuando éramos invencibles? ¿No recuerdas cuando prometimos que nada nos separaría?
Pero mientras miraba la cama vacía, entendí la verdad más amarga: Inés no se había olvidado. Se acordaba demasiado bien. Se acordaba tanto que no podía soportar seguir viendo mi rostro y recordar, segundo a segundo, todo lo que habíamos perdido.